No voy a decir que se lo merecía, pero lo que hicimos con él era parte de algún tipo de justicia, no sé aún si divina o humana, pero que contrariaba otras leyes del Universo, desconocidas, creo, para la mayoría de los mortales de este planeta.
Martin Sheo se disponía a aparcar su coche en el garaje particular de la módulo-residencia. Abrió el contacto de ignición y las ínfimas explosiones nucleares que movían el vehículo empezaron a reducirse paulatinamente hasta hacerse nulas. Dirigió el telemando eléctrico hacia el magneto de la plaza de estacionamiento y se produjo la atracción acompañada del deslizamiento sobre el pulimentado piso, yendo a parar frente a un digitocartel que señalaba el ensamblaje perfecto y la identificación del ocupante del automóvil.
Sheo no tenía más que bajarse del mismo e introducir su tarjeta de claves en una ranura del digitocartel para accionar el seguro antirrobo. Recogió el portadocumentos que estaba sobre el asiento trasero. Los alumbradores del recinto se apagaron de pronto y un haz de energía dirigido surcó, durante milisegundos, el espacio que había entre la puerta de salida y Martin Sheo.
Los dos minutos siguientes estuvieron llenos de silencio. La llegada de otro automóvil accionó de nuevo la claridad.
Lo que antes fue un alto consejero, ahora no era más que un muñeco de carne sin vida.
He intentado no mirarla a los ojos, pues todos me decían que no debía hacerlo. He intentado no sentir aversión hacia ella, porque los demás me aconsejaban castigarla con mi indiferencia. Pero ella estaba allí, retándome con su mirada apagada, pero penetrante, sabedora de que, por mucho que intentara esquivarla, ella, paciente desde el principio de los tiempos, vencería mi terca osadía de no irme con ella.
Le asustó la grandiosidad de aquel recinto. Todo era descomunal.
El par de estatuas abstractas que representaban ambientes del lugar más recóndito y enimático de la Galaxia. El espejo bifacial, que girando y girando, multiplicaba hacia todos los rincones la luz de los reflectores cenitales que, a modo de estrellas de gran magnitud, formaban constelaciones arbitrarias. La piscina central, que a modo de lago artificial, albergaba en su seno las especies más sórdidas de acuátiles. Y la pirámide transparente del fondo, con un asiento en su centro interno, desde donde se invitaba, al que esperaba, a la evasión de la realidad gracias a los videohologramas integrados en las cuatro paredes triangulares, respondiendo a los impulsos oníricos del usuario.
Pero prefirió esperar de pie, sin moverse, registrando, a modo de biorradar, cualquier cosa que se moviera. La Sala de Recepción estaba también surcada por una cinta transportadora en la que se suponía que uno debía montarse para acceder al interior del palacio. Y de súbito, el sentido del moverse de aquélla cambió, por lo que se quedo a la expectativa de recibir en cualquier momento a su anfitrión.
El decorado cambió en segundos: Las estatuas levitaron hasta desaparecer tras dos aberturas del techo, el espejo detuvo su movimiento y se esfumó ante los ojos del reflejado, el líquido del estanque se dejó tragar, con toda la vida natátil, por la gran boca en que se convirtió su fondo, dejando su lugar a piezas que replicaban al resto del mosaico del firme. La pirámide quedó intacta en su construcción, pero no en su posición, pues se movió lateralmente hasta dejar el asiento sobre la cinta y dar la impresión de que toda ella resbalaba hacia él.
Cuando se situó en su perpendicular virtual, se detuvo, y una de sus paredes se hizo portezuela, dejando en una vista lateral el sillón. Él no creyó jamás en la magia, salvo en la que creaba la propia mente; por eso, cuando una forma difuminada fue llenando el espacio interior del asiento, y se fue corporeizando, sabía que los viejos trucos para impactar nunca perdían su efecto. El cuerpo fue irreconocible hasta materializarse completamente. Cuando fue sólido, algo lo iba irradiando a medida que un supuesto pedestal giratorio recorría un ángulo que permitía enfrentarlo cara a cara. Una sonrisa dibujada en un rostro arrugado y la total fulguración del interior de la pirámide insufló el habla a aquella figura.
-¡Saludos! Soy Lurcinckus, y está usted aquí para que yo le haga conocer… ¡La Muerte! 
El metal se endurecía dentro de mi cuerpo y, en la trascendencia del momento, me olvidé de recordarle que tenía poco tiempo para terminar lo que había venido a hacer.
Seguía sin sorprenderme la ausencia de sangrado. Ni una gota en su hoja mellada, ni en mi camisa, ni en mi piel. Los jirones de ésta se entrelazaban y se fundían para volver a ser una tersa continuidad.
Sus ojos desorbitados eran señal inequívoca de que no esperaba aquella reacción. Aún así, siguió asestando cuchilladas en mi torso, a la par que gritaba mi desgracia, que no era más que la suya, pues en cuanto se entumeciera su antebrazo se lo quebraría, y astillaría sus huesos como palillos.
Minimicé el efecto que mis próximas palabras iban a causar en mi inepto asesino. Se permutaron en mi conciencia con un millar de posibles reacciones y el resultado de la incógnita era siempre el mismo por lo que, además de hablar, actué.
-¿No creerías que me habían enviado para perdonarte? Tu defensa será ineficaz y estéril. ¡Muere!
La hoja de acero se detuvo en la concatenación de impactos.
Y entonces, las dos partes de su antebrazo derecho en dos colgajos, y el otro brazo, seccionado desde el hombro.
Las rodillas picudas clavadas en el suelo y el cráneo aplastado en sus zonas temporales. Los ojos vaciados de su humor y los carrillos estirados cual goma de mascar.
Y un lamento, su último lamento, más bien un farfullo, un arrastre de palabras sin sentido, que sustituían lo que podría haber sido una mirada de petición de clemencia. Sin comprensión de su significado.
Y, de pronto, una ola de sentimientos golpeó mi enervación. Y creí comprender todo el dolor que aquel ser, destruido ya, debía de sentir.
Y multipliqué ese dolor por mil sufridores como aquel al que estaba a punto de exterminar, en defensa propia.
Y mis manos taparon mis oídos y sienes, pues era insoportable el latigazo eléctrico que atravesaba todo mi cuerpo.
Y recordé. Y hui de aquella fantasía inventada por mi psiquis en un arranque de autoprotección.
Y volví a la realidad.
A tu cara.
A tu desalmada sentencia, sin atisbo de misericordia.
Y el dolor infinito que había imaginado segundos antes era una burla, una nimiedad, comparado con el que sentí en el momento culminante y real, cuando se quebró mi corazón y mi alma, al escuchar de tu boca las peores palabras.
-Ya no te amo.