Dijo enterrar el Hacha de Guerra para siempre.
Pero solo había echado un puñado de tierra encima.
-Tolerable, únicamente tolerable.
-Pero, señor, las condiciones de interacción probabilística han sido mejoradas en un noventa por ciento, sin tener en cuenta que todos los componentes activos de la reacción han sido totalmente regulados según las normas vigentes.
-Sigo diciendo que todo esto entra dentro del margen de tolerabilidad. En ningún momento he desechado la información dada por los informes pertinentes de las pruebas realizadas, pero aun así éstas no son totalmente perfectas.
-Me causa usted desasosiego. ¿Qué les voy a decir a los diseñadores, proyectistas y operadores del experimento?
-Sólo que cuentan con mi reservada felicitación y que continúen intentándolo. Según todas las reglas de la versatilidad humana, lo comprenderán… Cuando logren llegar a la perfección extrema, me rendiré a los pies de sus colaboradores y a los suyos propios, pero por ahora…
-No se puede mejorar más el rendimiento de mis hombres ni la capacidad de funcionamiento de los sistemas de proceso. Lo siento, debe aceptar las cosas como son.
-¡No, no y no! Si sigue en su actitud tenga por seguro que haré todo lo posible por convencer al Consejo de Seguridad del fracaso del proyecto.
-¡Maldita sea! ¿No ve que está errando en sus conclusiones? Es la opinión de cincuenta hombres contra la de uno.
-Sí, pero la de ese uno, un servidor, pesa más en esta sociedad que la de cincuenta mediocres esclavos del progreso. Lo siento. Otra vez será. Ya verá cómo logra superar resultados y dentro de poco nuestra nación tendrá, gracias a ustedes y a mí, la única arma bioquímica que consiga reducir al cien por cien la población civil y militar del enemigo. Ánimo, que todo llegará.
-Está bien, por esta vez claudico ante sus convicciones. Como usted pide, probaremos otra vez. Gracias por recibirme. No dude que ganaremos esta guerra fatal y el mundo será nuestro. Le saludo, mi general.
Habían trabajado a marchas forzadas. Toda la familia. Codo con codo. Turnándose en las horas de vigilia. Aprovechando el frescor de la noche para avanzar. Y mientras, escuchando obsesivamente las noticias radiofónicas. Y todos, agradeciendo al cabeza de familia su actitud conspiranoica. Porque ahora ya estaban preparados para el final. Aunque, predecían entusiasmados, que sería el principio de una nueva vida en común. En el refugio. Para siempre. Hasta que desapareciera la radiación gamma en el exterior. En el resto de la Tierra.
Me he enterrado rápidamente, antes de que allanen la tierra con sus orugas apisonadoras. Dejando que el minúsculo tubo me traiga el aire del exterior, tomado a mínimos sorbos, controlando al mismo tiempo las arritmias de un corazón desbocado. En la oscuridad, siendo llenados mis agujeros corporales por la insalubre arena.
Me pregunto cómo hacer para no hacer notar mi rastro, con los últimos arañazos en la última arena que cubrirá mis manos. En una tumba.
Y de pronto, al no poder contar con el sentido de la vista, la vibración creciente me avisa del acercamiento paulatino. Las grandes planchas, que lo aplastan todo, serán mi salvación. Mi respiración sufrirá una conmoción por más de dos minutos. Pero no importa. Me he entrenado demasiado tiempo en el arte de la asfixia. Para este momento.
Los tapones de cera maleable en mis orificios nasales filtran milisegundos de olor nauseabundo. Pero es el mejor sistema. Enterrado con los otros. Rodeado de cadáveres. Y los enterradores-aplastadores me sobrepasarán. Y cuando me alcance la última plancha tendré cinco minutos para recomponerme del aplastamiento y seguirles para poder yo aplastarles.
El comandante debe de estar haciendo su cronometraje. Para que el plan surta efecto.
Seguro que a los noventa y tres desperdigados en el campo de exterminio nos está pasando la misma idea por la cabeza: Este pequeño sacrificio vale la pena. Todo vale la pena por la venganza. Los nuestros, vengados con justicia.
Está claro que la Historia la escriben los vencedores de las guerras, y en los períodos de paz, los que detentan el poder y el dinero. Algunos investigadores, como David Irving, controvertido autor, escriben sobre la Otra Historia.
Hitler no levantó el movimiento nacionalsocialista en Alemania gracias a un capricho electoral, sino gracias a la gente, la misma que le dio, en su gran mayoría, su apoyo incondicional hasta el último día.
Una vez en el gobierno, aboliría la guerra de clases del siglo XIX para crear una Alemania con igualdad de oportunidades para obreros e intelectuales, para ricos y para pobres.
“El cargo de Presidente del Reich se une al de Canciller del Reich. En consecuencia, los poderes de que disponía el presidente del Reich pasarán al Führer y Canciller del Reich, Adolf Hitler. Él mismo nombrará asu sustituto.” (Decreto Ley del gabinete de Hitler, 1-8-34). En un plebiscito celebrado el 19 de agosto, el noventa por ciento del pueblo alemán votó en favor de la nueva ley.
El 6 de marzo de 1936 militarizó la Renania alemana violando el nuevo Tratado de Versalles. El pueblo alemán se quedó muy impresionado por los métodos de Hitler, quien a finales de 1936 recibió otro apoyo contundente del voto popular en las urnas, y esta vez la proporción era de noventa a uno a su favor.
Hitler manifestó la intención de convocar por toda Alemania y Austria el 10 de abril para confirmar la reunificación de Austria con el Reich. Ésta era la pregunta: “¿Acepta a Adolf Hitler como nuestro Führer y, por tanto, acepta la reunificación de Austria con el Reich alemán como se efectuó el 13 de marzo de 1938?” El 99,08 % confirmaron su apoyo.
Las mujeres le tendían a sus hijos, un acto sencillo que era la mayor muestra de respeto que se podía dar a un dirigente, como Hitler señaló a sus ayudantes.
Éste era el escudo que protegía a Hitler en 1939: Era un dictador por consenso; a un asesino jamás le habrían perdonado ni comprendido. Esta férrea solidaridad entre el Führer y el pueblo persistió hasta el final, a pesar de lo que han fingido las generaciones posteriores.
(Extracto de EL CAMINO DE LA GUERRA, de David Irving)
David Irving, nacido en Essex, Inglaterra, en 1938, es hijo de un oficial de la Royal Navy. Se formó en la Universidad de Londres, donde cursó estudios de física, ciencias económicas e historia política, y en 1959 pasó a trabajar en la región de Ruhr como obrero con el objeto de perfeccionar su alemán. Después de tres años de investigaciones publicó su primer libro, La destrucción de Dresde, la obra más completa que existe sobre el ataque aéreo aliado, en el cual perecieron en una noche más de cien mil personas de la población civil. Posteriormente publicó otros cinco importantes estudios sobre diversos aspectos de la Alemania nazi, y en 1977 dio a conocer el más famoso y discutido de sus libros, La guerra de Hitler, al que siguieron El rastro del Zorro, una gran biografía del mariscal Rommel, y El camino de la guerra.
Tercos sinsabores de los nuevos tiempos
Espantadores de moscas invisibles
Restituidores de las masacres infames
Cansinos aduladores de los impresentables
Gimiendo al unísono por falta de aire
¿Pa’ qué? ¿Pa’ qué?
Saltando jerarquías de mando inasumibles
Bordeando precipicios carentes de fondo
Vistiendo santos ya vestidos
Vallando una propiedad que es de todos
Vigilando las lenguas vivaces pero sin músculo
¿Pa’ qué? ¿Pa’ qué?
Batallando en una guerra sin enemigo respetable
Horadando en los cerebros ya petrificados
Jamaseando la verdad incógnita
Liberando el excremento el espíritu enfermo
Allanando las cumbres inalcanzables
Y todo, ¿pa’ qué? ¿pa ‘ qué? ¿pa’ quién?
Rodilla en tierra, miré a los ojos de una de las víctimas de esta guerra absurda y cruel. Tras un breve lapso, miré a esos mismos ojos a través de la mirilla de mi fusil. Tras otro breve lapso, pensé en mí y acaricié el gatillo. En el último lapso, el comandante del pelotón miró a mis ojos y asintió. ¡Fuego!