El alzamiento

Aún no se ha fracasado. Aún hay esperanzas. Aún, todos a una. Aunándonos. Alzándonos.

Avatar de Adrián E. BelmonteLas crónicas del Otro Mundo

Cuando te precipitas por un pozo invisible en el cual era imposible caer. Cuando te sumes en un diccionario en el cual las únicas palabras que aparecen resultan sombrías, y tan solo eres capaz de encontrar sinónimos de vocablos que nunca te gustaron, una hueste de soldados cuyos nombres comienzan inexorablemente por el cruel prefijo des- tales como desazón, desesperanza, desesperación, desmoralización, desánimo… Cuando la depresión te gana la batalla en cualquiera de sus vertientes, con su avanzadilla como estado anímico o su colonización como patología diagnosticada, habiendo capitulado ante la misma antes siquiera de concebir levantarte en armas contra ella. Cuando solo hay oscuridad, una eterna caída hacia ninguna parte; solo hay una persona que ni siquiera es capaz de captar ninguna imagen que no sea un abismo en tinieblas, con un silencio monocorde como único sonido en el mundo.

Eso es hundimiento.

Cuando al despegar los párpados por…

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Falso fulgor

Fui directamente a mi mesa escritorio y entresaqué de mis papeles un cuento que había escrito meses atrás. Aún no le había puesto título. La verdad es que me había resultado imposible encontrar una palabra que resumiera todo el contenido del manuscrito. Pero tras la visión de mí mismo envilecido por la mecanicidad robótica de mis musas anteriores, concentré todos mis esfuerzos en inaugurar mi nueva ambición vital con la búsqueda de un nombre para mi redescubierta historia.

“Falso Sol” se transformaría en el orientador de mi rumbo literario. Desde aquél se desplegaban todas mis ilusiones, todos mis anhelos, y cada uno de mis sinsabores.

El cuento se fue transformando en una novela donde la narrativa dejó paso al aguijón de la pericia en la utilización del lenguaje, al buen oficio de hilvanar diferentes historias en una sola que condujera a los potenciales lectores al placer de la inmersión en otras pieles, con otros ojos, sobre diferentes suelos.

Al parecer, desde mi perspectiva actual, creo que no me entregué lo suficiente en la seducción de palabras envolventes, sino que fui directamente al meollo de la historia, para abrirme de par en par ante los pretendidos anhelos de las mentes, acompañadas de sus respectivos sentimientos, que pudieran integrarse en mi proyecto de búsqueda del propio conocimiento.

“Falso Sol” intentaba narrar, repito, desde mi rocambolesca concepción de la vida, la historia de un ser humano abatido por las circunstancias de esa vida y por los efectos que sus acciones desarrollaban en la de los demás. En cierto sentido, mi cuento-novela-confesión de un desconocido era un círculo vicioso, una cadena interminable de casualidades con el mundo real.

Nunca pensé que “Falso Sol” llegara alguna vez a ser publicado. Pero debía cumplirse esa suerte de oferta-demanda espiritual y anímica y tuve que plegarme ante la exteriorización de mi creación y la preparación ante el shock de la comprensión o aborrecimiento de los demás.

Mis expectativas fueron superadas con creces. Recibí elogios y rechazos a partes iguales. Incondicionales de mi estilo y exabruptos directos con referencias a mis objetivos literarios. De todo un poco, aquí y allá. Aunque poca gente entendió el mensaje auténtico que tuve en mente transmitir cuando rematé los últimos capítulos, plenamente parabólicos.

Mi editor estaba pletórico. Un trabajo de novel no se había destacado tanto como el mío, y aunque nunca fue un superventas, se distribuyeron un par de ediciones. Esto le animó a seguir creyendo en mi capacidad literaria por algún tiempo.

Compartía yo con él parte del no poder creérmelo, al principio. Inmerso, como siempre, en el mar de dudas, acabé por plegarme a la realidad de que era leído con esperanzas varias, y aquellos lectores me daban, con su anonimato, nuevas fuerzas para seguir intentando el resurgir de mi propio existir, recién estrenado. Mas cometí un error, imperdonable confianza en lo desapercibido de la amalgama de mis miserias: Fue un error pensar que los lectores no serían cómplices de mis experiencias, y no llegué nunca a sospechar que hubiera alguien que pudiera sentirse totalmente absorbido por la historia, pero he aquí que alguien se sintió identificado con ella, con la mía propia, sin él saberlo.

Los sueños pueden ser avisos. Pronósticos de lo inimaginable. Pero, más que eso, pueden ser reflejos de lo extrañado, de lo reciclado por nuestras neuronas, de lo rozado por la realidad de la vigilia. Y quizás en algún instante, sin estar persuadido, había dejado que mis córneas fueran atravesadas por la luz reflejada por la imagen de lo inverosímil, y aquello se quedó grabado en mi subconsciente. Y en los sueños nocturnos, los que antaño me permitían la evasión de lo inaceptable, afloró el elemento de la pesadilla. Y los espejos cortantes me devolvían mi recuerdo sangrante, y con él convivo desde su vuelta.

Soñé con Vladis, y con Vladis llegó la angustia del perseguido.

Yo, víctima de mi propia monstruosidad.

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11 de enero de 2016

“La única vez que soñé contigo fue hace unos años. Estaba en el salón de actos del instituto en el que estudié secundaria, y no sé el motivo, pero me subía al escenario, y comenzaba a cantar “HEROES”. Recuerdo a mi padre, como hace siempre, grabándome desde un lateral del escenario, y te recuerdo a ti, entre la multitud que me escuchaba, en primera fila. Levantaste los dos pulgares hacia arriba, y vi tu rostro diciéndome “Lo estás haciendo bien”. Cuando me desperté, se lo conté a mis padres, y me dijeron que algún día, ese sueño se haría realidad.

Me has cambiado la vida. Gracias por todo lo que has hecho por mí.

RIP David Bowie.”

-Rev Silver-

 

 

A las 8:00 de la mañana de hoy, día 11 de enero de 2016, de camino al trabajo, detuve mi automóvil y llamé a casa para despertar a mi hija y así “se pusiera las pilas” en su preparación de vuelta al colegio tras las vacaciones navideñas. Pero la voz que escuché al otro lado de la línea telefónica no fue la de ella, sino la de mi hijo que, muy compungido, me preguntaba si ya me había enterado de la noticia. Ante mi respuesta negativa, pues a esas horas aún no me había conectado al mundo, me dio la malanueva de la muerte de David Bowie. Creí no haber entendido bien y tuvo que repetirme el nombre dos veces. Le dije que se calmara y me despedí de él, buscando la noticia en internet con mi teléfono inteligente.

No era un falso rumor. Era cierto. Y durante unos minutos me invadió la tristeza más amarga.

El día 9 de enero fue el cumpleaños de mi hijo y el día 8 estuve comprándole el regalo que tanta ilusión le haría: El nuevo álbum de Bowie, “Blackstar”. Y no solo eso, me atreví a grabar una felicitación en vídeo para el Maestro, pues el día 8, un día antes del de mi hijo, era el cumpleaños de Ziggy Stardust, sabiendo que, lo más seguro, nunca la recibiría. Pero yo dejaba constancia de mi admiración por su obra y por su persona.

8, 9 y 10 de enero del 2016. Tres fechas que quedarán marcadas en mi historia.

Como el día en que compré mi disco favorito del Duque Blanco, “The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars”, día que entró su música de manera plena en la vida de mi hijo, que se empapó del disco y se convirtió en su “fan número uno”.

Después vendría todo lo demás, cuando lo demás está impregnado de la genialidad artística de mi hijo… Rev Silver.

 

 

 

 

 

 

En un nanosegundo

No había solución más extrema que la aniquilación de los que ostentaban el poder.

No cejaría en el empeño de verlos a todos muertos.

La Élite terminaría fagocitándose a sí misma.

Y respiraría el mundo. El mío. El de todos. Y los derechos serían hechos.

Porque todos serían iguales.

Menos yo.

Porque cargaría sobre mi conciencia la exterminación de la ralea inverosímil.

Y pensando, en un nanosegundo, en todo ello, me costaba respirar.

En un nanosegundo