Hoy un te quiero. Mañana un te amo. Al día siguiente un te adoro.
Nunca un te libero.
Hoy sé que soy alguien porque alguien no me llamó por mi nombre.
Encontré fascinante que no se riera de mí mientras me miraba. Me insultaba cuando hacía como si no estuviera.
Personalmente agradecí que fuera como era, y no me molestaba que me ignorara mientras era.
Tal como a mí fue, fue para mí que fuera mientras era.
Cachetearon su cara para despertarla de una larga pesadilla de cuatrocientos años.
– ¡Bienvenida! Te buscaremos un cuerpo adecuado.
– ¿Qué pasó con el que tenía?
– Lo descongelamos hace doscientos años para curarte el cáncer y, tras fracasar, no aguantó el proceso de recriogenización. ¡No intentes mirar hacia abajo porque sentirás vértigo y terror al vacío!
– Creo que me gustaba más la otra pesadilla.
Él, el Amo, envidiaba las posesiones del que menos tenía.
Y a mí, otro más de sus siervos, me explotaba con saña.
Y la gran arcada me sobrevino. Y me acució a actuar. Pero, antes, pregunté, para intentar perdonar:
-¿A cuántos kilos de humanidad está dispuesto a fagocitar?
Y él, el amo, volvió a burlarse:
-¡Edmundo! ¡Es el mundo tremebundo sin igual!