Me tocaste el sabor,
conociste el olor,
de la fruta bella, de la fruta bella.
Y quisiste, amor,
que probase el dolor,
de la fruta bella, de la fruta bella.
Me tocaste el sabor,
conociste el olor,
de la fruta bella, de la fruta bella.
Y quisiste, amor,
que probase el dolor,
de la fruta bella, de la fruta bella.
Lúdico e impúdico tu vello púbico.
Tentador y sabroso tu poto asombroso.
Y más lujuriosa tu boca carnosa,
Que la mía no puede esperar a comer ¡hermosa!
(Nota: «Poto» = «Culo» en jerga peruana)
James Loverboy era, contrariamente a lo que podría creerse por su nombre, un tímido impenitente. No salía a la calle ni para comprar el pan. Le horrorizaba tener que mantener cualquier conversación, y más aún una conversación con cualquier mujer, y se arrepentía siempre de haber dado pie a alguna con cualquier pregunta estúpida.
Muchos creían que James Loverboy era homosexual y, aunque no les hubiera importado, se preguntaban cuándo conocerían a su pareja, y se distraían haciendo conjeturas sobre el aspecto y clase social del amante, hasta el momento, imaginario.
El día que apareció en el barrio con una despampanante mujercita, muchos tuvieron que tragarse la lengua, pero otros, los envidiosos, se preguntaban cómo un ser tan apocado podía atraer a cualquier espécimen del sexo opuesto.
James Loverboy seguía, de todas formas, mostrando su acervada timidez, pues se decía que nunca en público daba muestras de conversar con su novia y, menos aún, de hacer cualquier tipo de carantoña. Era una extraña relación y todos vaticinaban que duraría poco.
Un día, el pastor de la congregación le esperó a la salida del oficio, al que no solía acudir, por lo que se deducía que la influencia femenina estaba empezando a hacer estragos en las rutinas de James, y le espetó:
-¡Querido James! Me complace verte por aquí, en tan buena compañía.
Cabizbajo siempre, hasta en presencia de su amor, respondió.
-Gracias, reverendo.
-Me alegro de que hayas acabado de una vez por todas, con las habladurías.
En un acto reflejo, James Loverboy soltó la mano de su pareja y miró fijamente a los ojos del pastor Williams.
-¿Qué habladurías?
Los dedos índice y corazón de su diestra se engarfiaron en las cuencas oculares y las vació de su contenido. El alarido fue ensordecedor, pero no podía permitirse dejarse vencer por la lástima.
Y el siguiente paso sería completamente apocalíptico para su conciencia pues, sin retirar los dedos de las sangrantes cavidades, agudizó sus fuerzas y las convergió en sus extremidades superiores para cumplir su objetivo: La profanación.
La potencia muscular que había combinado en ambos dedos y en la mano que sustentaba la base occipital de la cabeza permitió que estos llegaran a tocar lo más sagrado de aquel ser que tenía bajo su dominio. Tocó el cerebro y lo desgarró con las duras y afiladas uñas. Y aró en una parte mínima de sus circunvoluciones. Y la muerte hizo presencia. Y las lágrimas hicieron presencia. Y se sintió sucio, y desvalido, y retiró con autodesprecio sus garras.
Desencajado, con los ojos desorbitados, contempló su cruenta obra.
Temió caer en el arrepentimiento, pero ya no había lugar para ese sentimiento: Había sido consciente de todo el proceso del asesinato, segundo a segundo, movimiento a movimiento.
Y perdió el conocimiento.
Y murió un poco. Solamente un poco.