Confidencias

 

 

 

Image

Si vienes, descubrirás un mundo que creías que ya no existía.

Estamos entre montañas, en un paraíso inencontrable en los mapas, porque así lo hemos querido quienes lo habitamos. Si vienes, debes jurar, sobre la Biblia, que no lo darás a conocer a nadie. Si incumplieses tu palabra…

Ten en cuenta que podría estar diciéndote maravillas desde ahora hasta el amanecer de mañana y, aun así, no tendría bastante tiempo para relatártelas todas. ¡Es tanto lo que ganarías con el cambio de vida! Si vienes, te quedas a vivir, te lo aseguro.

Recuerda que has sido tú el que me has preguntado mi edad nada más verme, porque mi aspecto te ha delatado algo especial que no ves en nadie en esta tienda, así que te ruego que tengas la valentía de afrontar el reto que supone hacer caso de las señales que estoy lanzando involuntariamente a tu entendimiento.

Te contaré, entonces, algo de los doscientos treinta y tres que somos. Pocos, lo sé.

Como que Antonio, el leñador, trabaja para la comunidad cortando los árboles que, con su infinita paciencia y sabiduría, descubra como enfermos y que, pidiéndoles permiso e implorándoles perdón, den su visto bueno para ser sacrificados. Después los transporta, en su humilde camioneta, hasta Juan el serrador, quien los convierte en tablas para edificar nuestras casas. Debo decirte que tanto Antonio como Juan pertenecen a estirpes de oficios que se remontan a cientos, o quizá miles de años, y que las viviendas levantadas, desde entonces, siguen en pie, sin verse podridas sus maderas, salvo algunos escasos remiendos, gracias a la buena mano de nuestros carpinteros, la familia Estébanez, también de centenaria raigambre.

Que esa leche que tenéis en la ciudad, que viene en ladrillos de papel duro, y que es tan impura como vuestro aire, allí no existe. Va en un cántaro de latón de veinticinco litros, y te la echa Segismundo con su cazo, también de latón, en todos los potes que quieras. Y podrás hacer mantequilla sana en tu casa, batiendo su nata a mano, con el tenedor de madera, hasta que te duela el brazo.

Y beberás esa agua cristalina que sale de los caños de la Raimunda, nuestra fuente de manantial, tan fría como la mirada de la bodeguera Matilde, que te calmará la sed cuando el sol del verano te ase los hombros cuando recojas la cosecha del año.

Allí podrás ver cómo las truchas nadan en aguas cristalinas, sin espumas ni colores sospechosos. Y al par de espabilados que las pescan con las manos, como si fueran osos.

No pongas esa cara. Pues claro que tenemos osos. Y lobos. Pero te aseguro que no molestan. ¿Y sabes por qué? Pues porque no son molestados. De vez en cuando el Pacheco suelta a posta alguna de las ovejas que se le haya enfermado, para que los de la manada se la atraganten, y así dejen tranquilas a las demás. Ni de terneros ni de corderos tenemos bajas preocupantes. Vive y deja vivir, es lo que he tenido que decir a alguno de los canes que me enseñaba feroz sus colmillos, mirándolo fijamente hasta que se iba por donde había venido con el rabo entre las patas y la cabeza gacha.

Y si no vuelves a tu civilización, disfrutarás de las incomodidades propias de la supervivencia: Tendrás que levantarte todos los días antes del amanecer y dirigirte, con los zuecos de madera, a tus surcos y echar tus semillas, y tener la voluntad de ver crecer tus plantas, con sus frutos, que te darán para comer y para trocar con los demás. Ya te diría de quién no fiarte, pero te adelanto que Indalecio, el zapatero, es un truhán que siempre intentará engañarte con sus tomates, con la monserga de que se pudrirán antes que tus patatas. Pero son buena gente. Te ayudarán hasta que te puedas valer por ti mismo. Hasta que consigas autoabastecerte.

Nunca te sentirás solo. Eso lo puedes tener claro.

Aunque si llegaras a querer enamorarte de alguna de las buenas mozas del lugar, te recomiendo acercarte a la orilla de nuestro río, a un kilómetro de la plaza principal, y única del pueblo, porque allí estarán arrodilladas, supliendo a sus madres en el trabajo de lavanderas, dejándose los nudillos en las olas de la tabla de lavar mientras frotan y refrotan las prendas de la casa después de embadurnarlas con ceniza y arena, y las verás sonrojadas por el esfuerzo y por los chismorreos sobre los mozos que aún quedan solteros. No visten ropas de princesa, pero sus cabezas relucen por su inocencia y sus corazones por su ternura. No hay ninguna mujer que no haya hecho feliz al hombre que se precie de ser hombre.

Y todos ellos, honrados trabajadores de la tierra y el río. Como lo serás tú si te ilusionas con la perspectiva de que te duelan los costales cada noche y que a la mañana siguiente veas que las llagas que te sangran en las manos estarán dando su fruto en la madre tierra.

A la matanza semanal se dedica Bartolomé, con los buenos cuchillos que le proporciono yo, traídos de otros pueblos, y la buena mano que tiene Alberto para afilárselos, y las viandas del puerco son repartidas a los que necesitan tener más fuerzas para la jornada, o a los pocos niños que hay, para que crezcan fuertes y poco flojos.

Sí, los muy traviesos tienen escuela, ahora regentada por el maestro Pablo, que vino hace sesenta años para establecerse. Seguro porque alguien le estuvo contando como te estoy hablando ahora yo a ti.

Los libros siempre son los mismos y ya han pasado por muchas manos, pero siguen pudiéndose leer y enseñando. A veces tanto, que algún zagal quiere conocer más, por su natural curiosidad, y nos abandona cuando tiene resistencia y entendimiento.

¿Los inviernos? No son tan fríos como quisiéramos. Tampoco son demasiado calurosos los veranos, ahora que lo pienso detenidamente. Es verdad que, como te dije, el sol pega de justicia en agosto, pero tampoco creas que nos falta el aire o que andamos todo el día encharcados en sudor. Nada de eso. Y los inviernos lo mismo. Le da rabia a la chiquillada ver las montañas a lo lejos blancas como la nata y se quejan de que no han tocado nunca la nieve. No saben, porque nunca se lo decimos, que llegará un momento de su vida en que sí la tocaran, porque cuando tienen fuerza y entendimiento, si deciden no marchar, los llevamos hasta las cumbres en alguna de las vacaciones permitidas por el maestro Pablo. ¡Y cómo disfrutan! Pero vuelven con el juramento de que no lo contarán a los más pequeños para guardar la sorpresa y descubrir sus sonrisas al notar el frío en sus naricillas.

No creas, estamos casi todo el día laborando la tierra y las aguas pero también nos explayamos en reuniones fraternas que no tengan que ver sólo con la matanza del cerdo. Y es en ellas donde también se respira el aroma del amor y de la amistad. Somos sinceros y no nos escondemos nada. ¿Para qué? Si al final todo se sabrá. En un lugar tan arropado, el aire circula puro, en un ciclo infinito, por nuestros pulmones.

Image

Vale. Puedes decirme algo en contra de lo que te estoy relatando. Seguro que sí. Pero para nosotros será una virtud. Te lo aseguro. No atesoramos muchos bienes materiales. Vivimos con lo justo y me traigo algunas cosas para vender en esta ciudad y así poder llevarme otras que necesitamos para trabajar. Porque el trabajo nos da salud. Y con la salud damos amor a los demás. De eso tenemos mucho. A pocos escucharás quejándose de alguna dolencia. Y si la tienen es por algún percance puntual que curamos rápidamente con las hierbas de Serene. ¡Qué mujer más fabulosa! Y sus hijas, que siguen sus pasos, qué mágicas son con sus mezclas y emplastes.

¿Cómo no voy a conocer a todos por su nombre?

Por su nombre y por sus defectos y por sus bondades, y por sus secretos, si los tuvieran.

No, no soy cura. No lo tenemos ni falta que nos hace. Ya tuvimos una mala experiencia con uno que llegó para convertirnos, pues decía que éramos paganos y que iríamos al infierno si no nos arrepentíamos de nuestros pecados. Pero acabó yéndose porque nadie iba a verle para contarle esas supuestas faltas del alma. ¿Y quieres saber por qué? Pues porque no tenemos pensamientos ni raros ni impuros ni realizamos actos de los que tengamos que arrepentirnos, pues todo lo pensamos bien antes de hacerlo. Además, nos conocemos desde hace tantísimos años que casi sabemos más de los demás que de  nosotros mismos.

Me preguntaste mi edad y no voy a decírtela, porque creerías que te intento embaucar para atraerte por algún interés oculto. Ya la sabrás si vienes.

No creas. No voy por ahí contándolo al primero que me cruzo en el camino.

Ya he recorrido ese camino tantas veces que puedo ir y volver con los ojos cerrados, pero me ha asombrado tu curiosidad tan sana. Sé que le caerías bien a  Matilde, porque en su corpachón se esconde un corazón enorme, aun siendo tan solterona como es. Si no fuera una mujer tan fría, tendría a todos los merecedores a sus pies. Pero bueno, esa es otra historia.

¡Vaya! Paréceme que ya toca que me atiendan.

Piénsalo. Hasta dentro de unas cuantas semanas no volveré a pasar y habrás perdido una oportunidad preciosa. Ahora no me iré hasta que haya conseguido todos los encargos de esta lista, porque la de nuestro pueblo no es como esta tienda, pues en la nuestra no se vende nada, sino que se presentan ante los demás lo que hemos recolectado, o pescado o matado el día o la semana anterior, llevándonos a cambio lo que nos interesa de lo que presentan los otros. Pero los útiles no podemos fabricarlos, aunque Alberto el afilador, que es muy manitas, nos arregla lo que el tiempo estropea o lo que estropeamos nosotros por nuestro desconocimiento.

Y siempre vuelvo, te lo aseguro, porque es necesario que lo haga, aunque no lo decidimos con fecha pensada de antemano. Así que no sé cuánto tendrás que esperar para volver a ver mis barbas. Ni siquiera sé si seré yo, después de tantos años, el que venga. Porque a veces me da un pequeño dolor en la rodilla izquierda y cuando conduzco se me agrava. Espero que no vaya a más porque me temo que llegará el momento en que las chicas no puedan aliviarme con sus ungüentos.

Puede que te dé por repetir mi historia, a tu manera, a tus conocidos. Da igual. Aunque lo intenten por todos los medios que tenéis ahora en vuestro mundo tan moderno, jamás lograrían encontrar el sitio del que te he estado hablando. Y quizás te tomen por loco.

Sé, mi querido amigo, que estás solo. Que no pierdes nada si lo dejas todo.

No, aún no te voy a decir cómo y por qué lo sé. Pero sientes que tengo razón y eso es lo que importa.

Volverás a ver el azul del cielo, el verde de las plantas, y el rojo de la sangre de tus heridas,  como quiso el Creador que los vieras, porque mi mundo, ese que algunos llaman rural o rústico, tiene sus colores tan purificados como la primera vez que la luz del sol iluminó este planeta.

Si quieres te vienes conmigo en ese furgón que ves ahí.

Perdona un momento. Creo que deberíamos entrar. Ya han atendido a las dos personas que estaban delante de mí y creo que me toca. Pasa, pasa tú primero. Pero recuerda, chitón ahí dentro.

-¡Sí, amigo! ¿Ya es mi turno? ¡Le digo ahora… !

 

Image

 

 

Anuncios

Reproche

   Mis padres me habían repetido, una y otra vez, que no tendría ninguna oportunidad. Que me querían y que por eso me decían la verdad. Para que la verdad no me defraudara cuando me encontrara con la cruda realidad. Yo les agradecía su tesón para echar mis sueños por los suelos.

   Pero esta, como las otras veces, se han equivocado: Esta vez sí que estoy en la cápsula. Y tras varios meses de acondicionamiento, podré comunicarme con ellos, para decírselo. Que no debieron haberme infravalorado.

   Ahora se quedarán, para siempre, solos. Porque de esta misión no se vuelve. Y tendrán que asimilar mi triunfo.

   Ellos seguirán siendo ciudadanos de su insulsa Tierra. Yo, una pionera en mi enigmático Marte.

Image

JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. PRIMERA PARTE. CAPÍTULOS 11 Y 12

 

PRIMERA PARTE

XI

 

   Datos a recordar: Veintiún elegidos en el Centro de Lanzamiento GENESIS. Dos de ellos a los gobiernos de dos de las tres máquinas que reposan sobre el puerto principal. La tercera está comandada por un humanoide específicamente instruido. Los integrantes de los tres grupos científicos estrechan la mano que les despide desde el presente.

   A una altitud de 11.100 metros sobre el nivel del mar, el cielo terrestre se ve surcado por los pioneros. La cota ha sido elegida como medida de prevención ante condiciones de espacio negativas. Lutmos, Mitshu y 236-CITER influyen en el funcionamiento de los transportadores situando las coordenadas. No hay tiempo para realizar pruebas de despegue. Un último vistazo a los pasajeros y los manipuladores del tiempo avisan para que la quietud se haga dueña de las naves.

   Los dedos índices de los pilotos transmiten trasvase energético a la consola de control.

   Merdik Lamaret es el único ente vivo que los ha visto marchar. Observa detenidamente el pedazo de cielo ocupado, segundos antes, por las tres máquinas del tiempo. El deseo de suerte es lanzado con lágrimas en los ojos y abandona GENESIS.

   Los dados han sido lanzados.

 

 

XII

 

   -¡Presidente! ¡Presidente!

   Merdik Lamaret vuelve en sí y muestra disconformidad con la realidad.

   -¡Vive Dios! ¿Qué ocurre?

   El módulo de descanso se halla invadido por artificios destructivos.

   -Repito: ¿Qué ocurre?- los codos se clavan en el espaldar ergonómico de la lámina de suspensión.

   -Levántese. ¡Aprisa!

   -¿Quién es usted?

   Como respuesta recibe el frío silencio de las catorce presencias extrañas que se hallan en su habitación. El frío brillo despunta en los cascos de combate.

   -Señor. Es un secuestro… ¡Ugh!

   El ayuda de cámara recibe un fuerte culatazo que desploma su conciencia.

   La espera se hace interminable. No se dice nada mientras es retirado el cuerpo del fiel Francesco. No se dice nada mientras Lamaret es obligado a erguirse mediante un doloroso contacto físico en las axilas. Los hechos hablan por sí solos.

   Una hueca carcajada se deja oír desde la caja de resonancia formada por uno de los escalofriantes cascos. La visera empieza su proceso de desmaterialización y los rasgos se muestran claros y contundentes.

   -¡Mayor Seedus!

   -Lamaret, escuche con atención lo que tengo que decir. Quiero que todo sea según las normas: A la autoridad suprema en funciones de Tierra, comunico a las 8:24 AM, en huso horario unificado, del 14 de Mayo del 3122, según calendario terráqueo integrado, que novecientas ochenta y cuatro unidades de combate orbitan su exosfera en acción de mutilación reticulocomercial. Se exige a la autoridad suprema en funciones de Tierra, que coopere con el Mayor Thomas Seedus, Comandante Ejecutivo. Y ahora, ¡brindemos!

   Son repartidos pequeños recipientes cilíndricos en los que se ha vertido un líquido muy peculiar. Cuando el último de ellos es entregado a Seedus, éste dirige sus incipientes ojeras a los temblorosos párpados del prisionero. Cuando Merdik posa el borde del receptáculo en su labio inferior, no logra captar ningún olor característico que le permita averiguar la naturaleza de la celebración que está a punto de ingerir.

   Todos, absolutamente todos los presentes, esperan que se haga efectivo el primer trago. Seedus está exultante.

   -Esto… Esto… Esto es… ¡Esto es agua!

   Thomas Seedus ha estado soñando con este momento desde hace tiempo.

   -¿No le parece irónico? ¿O es que acaso no cree que nos pueda ser de utilidad? Estoy convencido de que no habría torturado su mente durante esos pocos segundos de desconfianza si hubiera sido yo el primero en el brindis. Ahora gritaré a los mil vientos mi bienaventuranza.

   -¡Por la Tierra!

   Lamaret observa que las manos de los otros asen los, para él, desconocidos métodos de persuasión. Los digitopulsadores no perdonarían no ser acariciados. Y levantando su mano derecha, con honda consternación, secunda el brindis.

Salvo

Habían trabajado a marchas forzadas. Toda la familia. Codo con codo. Turnándose en las horas de vigilia. Aprovechando el frescor de la noche para avanzar. Y mientras, escuchando obsesivamente las noticias radiofónicas. Y todos, agradeciendo al cabeza de familia su actitud conspiranoica. Porque ahora ya estaban preparados para el final. Aunque, predecían entusiasmados, que sería el principio de una nueva vida en común. En el refugio. Para siempre. Hasta que desapareciera la radiación gamma en el exterior. En el resto de la Tierra.

Image

JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. PRIMERA PARTE. CAPÍTULO 7

PRIMERA PARTE

VII

    Sede de la Confederación del Planeta Tierra. Veintinueve seres pensantes. Unos están ante sendas computadoras personales en una ruidosa habitación donde entusiasmos y desánimos se funden al enfrentarse lúdicamente contra el ordenador asignado. Se reclinan en anatómicos que se adaptan a la configuración esqueleto del usuario. Otros se mantienen de pie con poco esfuerzo, pues se creen ingrávidos dentro del mundo virtual que los sensores aplicados a sus sienes crean para liberar a la mente del cuerpo. Se abre una puerta y un SINDRA anuncia que faltan ocho minutos exactos para el encuentro. Algunos de los presentes han acabado por mirarlo con cierto odio, ya que no aguantan que cada dos minutos alguien les repita, invariablemente con el mismo tono, la misma monserga. Otros lo miran con indiferencia, como preocupándose más de su entramado cibernético que de sus palabras. Y los más, ni le dedican el honor de mostrar interés, pues ya están inmunizados a la voz átona del robot.

   Cuando pasan los ocho minutos de distracción infantil amenazada por otras tres visitas del ser artificial, todos están relajados y serios, de pie, ante la compuerta que suponen se abrirá de inmediato para que cruce su umbral Merdik Lamaret y los tres sabios que quedan por llegar a la cita.

   En efecto, a los pocos segundos entra en la sala Sendal Twil, cosmopaleontólogo, seguido de Julius Ansterdool y Mars Neotza, químico general y físico macronuclear, respectivamente.

   Cada uno de los treinta y dos científicos ha sido convocado personalmente por Merdik Lamaret, y son los representantes elegidos por la comunidad científica de cada uno de los cincuenta sectores. Cualquier miembro de la Confederación de los Mundos puede llamar a su presencia a los colaboradores que estime necesario por motivos que puede mantener, si lo desea, en secreto frente a sus colegas.

   -Buenas tardes, señores.

   Cuando Lamaret se sienta, todos se sientan en sumo silencio. Las computadoras parecen no existir dentro de la estancia. Ahora sólo hay una semicircunferencia formada por los científicos, y su centro está ocupado por el congresista terrestre.

   -Me alegra mucho verles.

   -A nosotros también, Excelencia- dice Hesir Cel, sociólogo, que añade tajante-: Háblenos pronto y claro.

   -No hay mucho que decir que ustedes no sepan todavía. La cuestión es: ¿Están dispuestos a ayudarme, dentro de lo posible, para acabar con el caos que nos acecha terriblemente?

   Mars Neotza se reclina en su puesto de forma frenética.

   -Usted mismo lo ha dicho, el caos nos acecha, pero aún no se ha producido.

   -Y espero que no se llegue a tal extremo jamás, ¿oye usted? ¡Jamás!- con orgullo.

   -Creo que ya sé a dónde quiere ir usted a parar- interviene de nuevo el sociólogo.

   -No lo dudo, pero, ¿sabe cuál es el objetivo final?

   -No, por ahora no- recatadamente.

   -Deseo que ese por ahora abarque un tiempo más bien dilatado.

   -Imagino que no nos habrá reunido para burlarse de nosotros. Sepa que…

   -Por favor, le ruego guarde silencio- cortante y desafiando; reflexiona rápidamente y mirando a todos los que le semirrodean, suaviza voz y rasgos-. Bien, el agua es el centro de los intereses interplanetarios, como sabemos, desde que la Tierra empezó a tomar parte del gran complejo cósmico.

   -Se refiere, claro está, a la Confederación- aclara sus dudas Shaodan, matemático estadístico.

   -Sí, eso quiero decir. No hay ningún culpable de la situación creada. Podría pensarse que el problema nació desde el principio. La anexión del planeta azul fue el detonante. ¡Eso es ridículo! Así lo he manifestado en multitud de oportunidades.

   -Pero es un aliciente para buscar la causa genérica- comenta Cel evitando a Lamaret, mirando a cambio a cada uno de sus colegas.

   -¿Cuántos planetas se han aprovechado de esta causa y de su efecto?- llamándole la atención.

   -Un porcentaje importante, debo reconocer.

   -El problema, señores, es la sobreadaptación. Demasiados planetas se han adaptado de forma ejemplar a la entrada en sus naturalezas del preciado compuesto que se supone es el H2O.

   -¿Olvida que algunos planetas ya contaban con ese…- Twil, ridiculizando- preciado compuesto?

   -¡Señores, por favor! Se supone que ustedes son científicos. Gente que busca la verdad del Cosmos con el uso de la razón, cada uno especializándose de manera que se llegue a la profundidad de cada una de las partes del conocimiento. Han vivido muchos años, todos los que tienen, con una sociedad, una cultura, una economía, una civilización, ya formadas antes de que ustedes nacieran. Cada uno en su planeta, ha podido ahondar en las causas de la formación de dichas civilizaciones, han indagado en sus pasados, en sus presentes y en unos posibles futuros. Y todos saben que la Tierra y planetas similares han jugado un gran papel en el Universo desde hace algunos siglos. Los demás han aceptado tanto la intromisión del agua, y todo lo que conlleva, en sus vidas, que pretenden olvidar su origen y adueñarse de su génesis, como si fueran los auténticos poseedores del invento desde el principio. No quieren recordar que sus planetas, por sí solos, no tienen las condiciones necesarias para la formación instantánea de H2O, y que no son más que meros importadores. Es como si quisieran robar la patente. Y de lo que no se enteran es que nadie tiene dicho privilegio. Se ha dado que la Tierra y otros pocos produzcan agua. Ellos no tienen responsabilidad sobre tal hecho. Cuando la Tierra decidió exportar o conceder licencias de producción artificial a otros mundos, ¿cuál fue el agradecimiento por repartir el beneficio de su particularidad? La envidia y el odio anexo. Algunos mundos se creen dueños absolutos del privilegio de pedir y pedir y pedir. Se han sobreadaptado tomando como una cosa natural el no aguantar con lo que artificialmente producen, y tomando lo suyo sólo para ellos, y lo de los demás, también para ellos. O todo o nada. Y la Tierra se seca. Y otros también sufren las fatales consecuencias de dar a cambio de nada. La Confederación no se da cuenta que la culpa no es de la Tierra ni de ningún otro mundo. El problema ha sido la mala distribución de esta riqueza. Está bien, está bien, el pago de nuestra inclusión en la Unión ha sido, es y será, el aporte de agua a los que no tienen. Pero, señores, hay que moderarse tanto en la aplicación de los derechos como de las obligaciones.

   -Yo estoy de acuerdo- levantándose y hablando en alto, Mitshu rompe su discreción.

   -Usted es humano, ¿lo olvida?- el instanceo Sen Te, astroarqueólogo, recrimina.

   -Entiéndanlo. Les necesito para que todo siga como hasta hace poco. Para la paz, pues sepan que grupos armados y políticos desestabilizan con sus acciones lo que ellos creen es una supremacía del Planeta Azul, cuando en verdad atacan a su propio sistema de convivencia; para que la normalidad que tantos esfuerzos les costaron a nuestros antepasados, siga reinando en nuestras tierras. Reconozco, y no me pidan que les diga más, que soy uno de los presuntos responsables del posible final fatal.

   -¿Y bien?- Lutmos intenta despertar conciencias.

   -Necesito que aúnen esfuerzos en tratar de que todo lo que he dicho no sea en vano. Está en juego mucho más que mi olvidado honor y el de los habitantes de la Unión.

   Anticipándose a cualquier comentario, Lutmos tantea de nuevo:

   -Le escuchamos, ¿cuál serían nuestras misiones en su plan?

   Lamaret calla durante algunos minutos esperando que se disipe el tenso ambiente. Todos callan con él. Cuando decide tomar de nuevo la palabra, lo hace con voz premeditadamente agravada.

   -Durante los próximos cinco días, quiero que se queden en la Tierra los extraterráqueos, y que sigan en sus respectivas ciudades mis comundanos. Me pondré en contacto con ustedes uno a uno y les propondré sus objetivos.

   -Pero, Excelencia, ¿no podría…?

   Antes de que el profesor Mitshu termine su petición, Lamaret deja atrás la compuerta de cristal que le separa de las dos docenas y media de mentes. La sesión ha terminado y, sin embargo, todos se quedan boquiabiertos y mirándose mutuamente sin saber lo que les espera.

JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. PRIMERA PARTE. CAPÍTULO 6

PRIMERA PARTE

 VI

   -¡Teletransmita!

   -A la orden, señor.

   En la pantalla holográfica, un rostro mostraba quebranto.

   -¡Mierda! Seedus, tengo malas noticias. Lamaret es un viejo zorro. Ha repelido el ataque frontal de Pee. No va a reducir producción ni exportación.

   -¿Cómo lo sabe?

   -Filtraciones.

   -¿Qué clase de filtraciones, almirante?

   -De toda confianza- Kras intimida, no se deja intimidar.

   -¿Y qué dicen sus fuentes? Si me permite preguntárselo.

   -Dentro de tres cuartos de hora, reunión secreta, supuestamente, claro está, de ciertos valores de la Confederación, para tratar el problema de la deshidratación de la Tierra.

   Seedus no puede por menos que reflexionar sobre todo el cúmulo de casualidades que han hecho esgrimir acciones en la misma dirección a hombres que ni siquiera se conocen.

   -¿Sabe algo más, almirante?

   -No, solamente le aviso que se mantenga alerta.

   -Por supuesto, señor. ¿Y qué se decide sobre nuestros proyectos?

   -¿He sugerido algo nuevo?

   -No.

   -Entonces, lo que tenga que ser, será. Sigamos adelante.