La nave de exploración dejó paso a la cohorte de unidades de asalto.
Los habitantes, que habían confiado en los pioneros, se sintieron aterrorizados por la presencia avasalladora de los militares espaciales.
-¡Os mentimos, estúpidos! ¡Somos humanos!
Sentados sobre el corto césped, miraban al personaje que se mantenía parado bajo el gran árbol que sólo a él daba sombra. Los frutos del Inc se habían dejado caer por el peso de la madurez, y alguno de los asistentes a aquella improvisada congregación, aprovechaba la ocasión para retirar su duro cascarón y acceder a su blanca y jugosa pulpa. Comerían más tranquilos si las palabras del anfitrión no se vieran respaldadas por los grilletes electrónicos que unían sus tobillos ni por los SINDRAS de marcaje personalizado que les habían adjuntado.
-¡Sed bienvenidos y perdonad el tratamiento al que os habéis visto sujetos desde que llegasteis! Os he reunido aquí para aclarar todas las cuestiones y haceros olvidar las dudas. Cada uno de vosotros fue destinado burocráticamente a un planeta diferente como medida de adaptación individualizada. Me temo que ha sido necesario por las nuevas circunstancias a las que os habéis asomado: No hay vuelta atrás, estáis atrapados en esta localización tempoespacial. Y por eso queremos, desde ahora, haceros felices. Va a ser un poco difícil que asumáis la convivencia con vuestros seres más cercanos en el presente; por eso debéis reprogramaros y continuar nuevas vidas, figurándoos que los quince años han pasado sin traumas. Quiero deciros también, y con esto acabo por ahora, que no existen presiones de ningún tipo para con vosotros y, por lo tanto, no será censurado nuestro intercambio de aseveraciones.
La inequívoca crítica a estas últimas palabras se dejó traslucir en un silencio contundente y frío. Aún así, decidieron, entre todos, llegar hasta el fondo del enigma representado por el Presidente Azul, como también era denominado antaño.
-Excelencia, ¿qué ha ocurrido en estos últimos quince años, desde que nos enrolamos en el equipo formado por usted?- Shaodan no podía disimular su impaciencia-. Teníamos unos objetivos claros que hemos cumplido en estos, para nosotros, días. Cuando llegamos aquí, se nos deja ver que somos un estorbo.
-Querido amigo. Ustedes se fueron, y cuando lo hicieron me percaté de la responsabilidad que tenía hacia ustedes, y decidí que quizás me había excedido en mi vehemencia. Puede que esa impresión fuera debida en parte a los logros que en los siguientes años nos llevaron a convivir en paz con nosotros mismos.
-¿Y por qué no se dio cuenta antes?
-Mit, tienes razón, pero soy humano, ¿recuerdas? Y como humano, tengo mis debilidades, mis prejuicios, mis errores. En aquella época creía que, en cierta medida, estaba luchando solo contra los molinos de viento. Hoy sé que estaba equivocado. Que había gente que estaba dispuesta a escucharme y a encontrar la salida equivalente a nuestros temores.
-Pero, Excelencia, me imagino, que antes de mandarnos hacer lo que hicimos, habría estudiado todas las posibilidades- Ingar Swimitza se puso de pie, y aunque la larga túnica que le habían proporcionado no le permitía moverse con soltura, intentó acercarse al Presidente.
-Siga donde está. ¡Se hará daño con los inmovilizantes!
Sin embargo, Ingar decidió que los, para ella, simples grilletes, no eran obstáculo suficiente para que no intentara enfrentarse a su secuestrador legal. Su SINDRA de marcaje dirigió una onda activa a sus pies y las anillas se comprimieron alrededor de las extremidades. El dolor infligido fue tal, que cayó desmayada.
-¿Y a esto le llama usted adaptación individualizada?
-Es necesario, doctor Ansterdool, que sigamos unas normas de jerarquía. Hoy por hoy nadie puede acercarse a mi persona sin mi previo consentimiento, y menos, los egresados como ustedes.
-Usted sabe que no tenemos ningún poder para actuar en contra suya- manteniendo en su regazo a la desorientada Swimitza, el anciano Fortun Kong Jem empezó a darse cuenta de que algo no funcionaba en aquel modelo de farsa; su profundamente enraizado instinto se lo enseñaba, y nunca le engañaba; por algo era considerado como el mejor psicólogo del sector 25-. Creo que este mitin se está convirtiendo en un justificante para su monólogo de autoidolatría. Excelencia, ¿por qué ese giro en su filosofía existencial?
-Amigo Jem, durante mi entrevista personal con usted antes de concentrarles en Nueva Québec, aquel fatídico día de Mayo del 122, dejé bien claro mis expectativas. Ya entonces creyó conocerme lo bastante como para criticar el paso que se estaba fraguando en mi mente. Aún así, usted aceptó, pues consideró que los objetivos a cubrir eran de mayor relevancia política y social que el medio ingenuo que usted juzgaba íbamos a utilizar. Cuando ahora, le doy en cierta manera la razón, ¡también me amonesta!
Entre la limitada concurrencia, la paralizada sonrisa eterna del congegaard Aaerd Eckar anuló el anonimato con el que se había respaldado hasta el precioso momento en que dejó arrastrar pesadamente las sílabas heréticas.
-Sé… que… tú… no… e… res… La… ma… ret.
Ni siquiera en los momentos de máxima tensión en su reciente periplo espacial dejó notar su presencia. Su vida era la observación y absorción de las n realidades en las que tenía ingreso. La razón de su participación en la expedición era únicamente conocida por Merdik Lamaret. En una estricta posición de loto, se había dejado llevar por sus compañeros hacia lo desconocido. Él, a su manera, había experimentado cada una de las circunstancias que les habían bombardeado. Había atravesado el umbral de la monocompuerta de su correspondiente nave totalmente consciente. Cuando le señalaron el sitial a ocupar, lo desdeñó. Se postró para su mejor concentración y, cerrando lo ojos, escapó a la realidad circundante.
Creyeron despertarle cuando por cuarta vez tocaron su frente, para que no quedara rezagado en la evacuación de las tres máquinas, antes de que se percataran de sus arrestos. Aún así, como si de un ciego se tratara, tuvieron que guiar sus pasos entre todos los obstáculos que la nueva patria le ofrecía. Un muerto animado. Ése era el símil perfecto para representar su conducta durante los días de vaivenes que su cuerpo sufrió mientras era aseptizado, graficado, vestido, ensondado, narcotizado y, por último, pasivizado.
Cuando le colocaron arbitrariamente en posición fetal, su cara se dejó sacudir por la humedad del suelo, y la mezcla de fragancias de la negra tierra mojada y el verde pasto que le acolchaba, le estimuló hasta el límite del despertar sereno. Automáticamente, adquirió el hábito de implantarse en loto de meditación y escuchó lo que sobre aquel césped inocente se decía.
Al pronunciar palabras tan incongruentes, todos los congregados vomitaron una mirada de sorpresa. ¿Qué había articulado aquel sistema fonador comúnmente apagado? Tanto los compañeros de desventuras del ensimismado Eckar como los vigilantes y el propio Lamaret, se preguntaban si habían oído sin ambigüedades lo que aquel loco presuponía.
Ante la inútil evasión, Estey Lutmos eligió otorgar fiabilidad a ese súbito enfrentamiento dialéctico.
-¿Ha escuchado usted lo que nuestro amigo Aaerd nos ha referido?
-¿Cómo que si lo he escuchado? Estoy sumamente impaciente porque me reveles a qué viene todo esto. No entiendo cómo, estando cada uno de vosotros totalmente aislado, habéis logrado urdir esta patraña para confundir a mis colaboradores.
-Lamaret, aquí no hay nada montado. Ni siquiera sabía que este individuo pudiera hablar.
-¿Entonces?
-¡Es… tu… pi… da…per…di… da… de… ti… em… po…! Mi… en… tras… no… so… tros… nos… en… fren…ta…mos… a… nu… es… tros… mi… e… dos… hay… gen… te… que… lu… cha… por… la… to… tal… li… ber… tad… de… sus… es… pi… ri… tus… y… La… ma… ret… es… ta… en… tre… e… llos…
-¡Necio! Lamaret soy yo. ¿Qué dices?
-So… lo… te… lo… pre… gun… ta… re… u… na… vez… im… pos… tor… ¿Por… qué… y… pa… ra… qué…?- Eckar estaba tan liberado de su ego transitorio, que sus piernas, afirmadas en el piso, sostenían su envarado tronco con aire envidiablemente amenazante.
No hubo respuesta. Cada SINDRA de vigilancia personal se hizo cargo de su cometido. Las expresiones de dolor humillante de casi todas las víctimas de aquel intransigente tratamiento físico, contrastaban con la indiferencia manifestada en el, por instantes, maltratado cuerpo de Eckar. Sólo sus refulgentes ojos negros eran testigos de la actividad mental que sacudía su prodigio cerebral. La imantación que de ellos se desprendía atravesó en un instantáneo cruce de miradas, los estupefactos vidrios oculares de Lamaret. Cuando éste volvió a mirar hacia delante, fijándose dónde ponía el pie al subir al vehículo gravitacional, para la improvisada partida, se dio cuenta que su intimidad había sido violada en una vertiginosa exploración de sus memorias neuronales.
Dejándose arrastrar por su marcador de disciplina, Eckar se entregó sin resistencia a las peticiones incondicionales de lasitud.
-SIN… DRA… sin… vo… lun… tad… ha… re… lo… que… me… di… ces… te… en… tre… go… mi… cu… er… po… pe… ro… mi… in… ma… te… ri… a… es… so… lo… mi… a… Si…en… to… que… tú… no… pu… e… das… dis… fru… tar… de… e… sa… li… ber… tad… de… e… sa… a… u… ten… ti… ca… li… ber… tad…
VESTIC-28C300 analizó las palabras de aquel congegaard. Sus circuitos positrónicos no elaboraron demasiados esquemas lógicos de apertura matricial para llegar a convencerse de que la lógica del sujeto orgánico no estaba ajustada sobre bases sólidas. Sólo sabía que no debía causar daño alguno a aquel ser vivo que tenía bajo su brazo. Únicamente si sospechara que la acción de aquél perjudicara a una mayoría de seres como él, su cerebro asimóvico no hubiera sentido ningún arrepentimiento por ceñir su extremidad metálica alrededor de aquel tronco, hasta quebrantar costillas y vértebras.
Aaerd Eckar sonrió para sus adentros. Como si pudiera leer los probables pensamientos del individuo inorgánico que le transportaba como si fuera un saco de leña de santú. Cuando fue alojado en su celda individual de seguridad, miró por última vez a su vigilante y entró en trance.
El humanoide puso en funcionamiento la red fotoeléctrica de confinamiento y, cuando se presentó ante su mando para exponer su informe oral, no pudo evitar aludir al diagnóstico con el que había etiquetado a su viajero del tiempo.
-Señor, creo, si me permite decirlo, que el pobre congegaard desvaría. Aconsejaría que fuera estudiado por un neurofisiólogo, por si tuviera algún post-síndrome.
-Transmitiré su sugerencia, VESTIC. Vuelva a su puesto de vigilancia hasta nueva orden. Y recuerde: no hable con el prisionero jamás.
-Sus deseos son órdenes, señor.
-Se equivoca conmigo, señor. Nunca haré lo que me está pidiendo.
Estey Lutmos deja de lado su confianza. Lamaret lo está provocando.
-Querido amigo, ya no hay razón para segur combatiendo. Los dados fueron tirados y perdimos. Eso es todo.
-¡Dios mío! ¿Qué estoy oyendo? Si no le tuviera delante, diría que no es usted quien hace esas afirmaciones.
-No, Lutmos. Es que estoy cansado. Hace quince años las cosas eran bien distintas. Tu ausencia no te permite ser objetivo.
-Quizá justamente eso sea lo que me permite serlo. Aborrezco las palabras, sólo analizo los hechos.- Lutmos rasca su incipiente barba, imprimiendo un tono de dura crítica en sus siguientes palabras-. ¿Por qué he sido recluido aquí? ¿Y el resto del grupo? ¿Por qué esos guardias mecánicos en las puertas? ¿Por qué…?
-Rutina del ingreso a la Tierra.
-¿Desde cuándo? ¿Qué estupidez es esa?
-¡Ten cuidado, Estey! ¡Controla tu lengua! Las cosas han cambiado mucho desde la última vez que nos vimos, desde la última vez que estuviste aquí.
-De eso me he dado cuenta en alguno de los encuentros inesperados que he tenido en los saltos intermedios antes de llegar aquí. Y quiero volver, ¿lo entiendes? – por primera vez, desde su llegada a la nueva Tierra, el científico retoma el tratamiento de camaradería con el que antes trataba al Presidente-. Yo no pertenezco aún a este intervalo temporal. Debo continuar evolucionando en mi estado natural de desenvolvimiento. Esto puede convertirse en una paradoja.
-¿Por qué no lo pensaste antes de romper la no-ingerencia?
-Me arrepiento, ¿sabes?
-Creo que aún no estás acondicionado a tu nuevo hábitat. Te dejo.
-Pero, Lamaret, ¡necesito aclaraciones!
-Estey, ¡calla!- la voz de mando ha sustituido a la amigable condescendencia-. Has hablado demasiado. Espera noticias.
El borde afilado de la plataforma central estaba clavado en el suelo. Las dos bandejas de transporte que la flanqueaban estaban en vilo y cubiertas sus superficies de las pisadas fijas de las botas de gala. Los pies que se las enfundaban, con los talones juntos y las puntas separadas por un ángulo de cincuenta grados. Las piernas rectas sostenían los cuerpos embutidos en los monos bicolores de giselo. Las manos desnudas se cruzaban a la altura de las pelvis, y los ojos perdidos en la formación que se les enfrentaba.
Silencio, que se rompió por pasos acompasados y risas espontáneas. Ojeó las castrenses hileras de ambos lados. Sonrió para sí y terminó abrazando al capitán, que le había animado a que bajara sin precauciones por la superficie de aspecto resbaladizo.
A una señal de su comandante, las estatuas que adornaban su paseo, genuflexionaron en acto de reverencia al solemne huésped que les abandonaba. Tocó suelo y enfiló sus pasos hacia la fila derecha, y no con poco esfuerzo, pues tenía que erguirse sobre la punta de sus pies, apretó las manos de los que le reverenciaban.
-Gracias. Gracias. Gracias. Gracias…
No esperaba respuesta. Repitió la operación con los del otro lado.
-¡Ojalá el destino tuviera a bien unirnos en otras circunstancias! ¡Hasta pronto!
El capitán le demostró un último afecto y retrocedió dejándolo sobre el firme del planeta.
Colonizador 000001 alejó su figura unas pocas decenas de metros, los suficientes para que el campo magnético de la nave no le alcanzara. Se quedó estático observando cómo se elevaban hasta ser un punto negro contra el naranja del cielo y cómo partían vertiginosamente hacia el punto de origen, La Tierra.
SEGUNDA PARTE
I
-¿Me estás diciendo que el plan no ha funcionado? ¡Tantos esfuerzos malogrados!
-Mit, a los beneficios me remito. No hemos adelantado nada. Tres saltos, y la situación se mantiene estática. El control, de alguien a quien no podemos conocer ni señalar, no se ve alterado en ninguna de nuestras escalas. No espero milagros. Quizá ahora sí que sería el momento de volver al punto de partida y hablar con Lamaret.
-Cel, ¿y si rompiéramos la barrera?
-¿Qué barrera?
-Ya sabes: Contacto interdimensional total.
-Es un riesgo innecesario.
-Estey- por el intercomunicador-, ¿tú qué piensas?
-Estamos gastando nuestro tiempo y energías supervisando una situación que ya era previsible en nuestro punto inicial. Quizá Cel tenga razón.
El negro vacío de la noche cósmica engulle las ondas de pensamiento provenientes de los tres surcadores transtemporales.
-Podríamos ponernos en órbita de algún planeta y mandar alguna misión sonda a la superficie. Quizá así pudiéramos valorar mejor los acontecimientos. Si seguimos con el plan de no-ingerencia, nuestra actitud nos deparará únicamente lentitud en la acción a desarrollar.
-¿Qué pensáis los demás? ¿Ingar, Te, Shaodan…?- uno a uno va nombrando a los miembros de las tripulaciones, recibiendo un caluroso apoyo a la propuesta del intervencionismo.
-Entonces, ¡rumbo a la Tierra! Entonces, ¡rumbo al 19 de Octubre del 3137!
-¿Por qué justamente hacia esa fecha, Estey?
-Algo me dice que nos deparará sorpresas, Mit.
La situación que estaban a punto de encontrarse iba más allá de cualquier merecimiento de sorpresa.
La especie humana seguía compartiendo las biosferas de cientos de planetas con otras estructuras celulares basadas en principios moleculares distintos del carbono. Aún así, las circunstancias requerían que cada individuo, cada grupo, cada raza, cada especie, no pensaran más que en la supervivencia.
Habían transcurrido pocos años desde que se aceleraron los acontecimientos. El sentido del equilibrio y de la perspectiva evolutiva se había perdido. Un caos predecible, sólo eso.
En tan pocos años.
-¿En tan pocos años?- le gritó Mitshu a Hesir Cel.
-¡Debemos bajar y saber! Me volveré loca si no lo hacemos.
-Quizá debiéramos entrar en conversaciones con las autoridades actuales del planeta, querida Imagien, para discutir la situación y la relación de ésta con nuestra aparición en el presente. No me cabe en la cabeza la idea de que esto sea obra de Lamaret- proclamó a viva voz por los interfonos ambientales el buen Lutmos.
Fueron descubiertos incluso antes de entrar en contacto con los cinturones de Van Allen, pero se habían tenido reservas para provocar a los extraños visitantes: Quizá se desorientaron y habían traspasado las fronteras de los cercanos sectores de la antigua Confederación, cuyas líneas imaginarias se seguían utilizando por funcionales. Si seguían avanzando hacia la atmósfera, habría que pensar en una ingerencia extraña provocada, por lo que la desautorización por medio de claves desestabilizadoras, ingresadas en los códigos de vuelo de las naves, tendría pleno sentido.
Cuando intentaron corregir sus rumbos, era demasiado tarde. Las abejas metálicas, desprovistas de instinto, se dejaban arrastrar al panal.
En pocos segundos surcaron los cielos terráqueos, y las zonas que abarcaban con su paso dejaban sentir la alarma al ver penetrados sus respectivos espacios aéreos.
-Dejémosles actuar- el sudoroso rostro de Estey Lutmos no se crispaba ante la situación.
Cuatro unidades de escolta no dejaron siquiera que el recubrimiento exterior de los tres intrusos pasara su período de enfriamiento tras la fricción atmosférica. Se apostaron en los cuatro flancos del conjunto y, electromagnéticamente, dirigieron el rumbo hacia el espaciopuerto de alta seguridad ubicado en las afueras de un núcleo urbano desconocido a los ojos de los terrestres del pretérito.
Posicionados en máxima alerta, treinta SINDRAS de choque circunscribían con exactitud geométrica la figura triangular formada por las tres tempomáquinas. Un tercer ojo, situado a la altura del entrecejo, monitorizaba cualquier movimiento que escapara a la visión radial de los cerebros positrónicos.
Cuando las tres compuertas se inclinaron ante los inesperados anfitriones, estos adoptaron una sintomática posición de combate. Nada que temer. El contenido fue desparramándose formando una circunferencia concéntrica con la anterior.
Las leyes asimóvicas regidoras de VESTIC anularon sus funciones básicas en cuanto se enfrentó con el incongruente panorama ofrecido a sus diafragmas opticoculares. Sus veintiún acompañantes esperaban atónitos el siguiente movimiento de este particular juego. No tardó mucho en producirse; la circunferencia de humanoides se dejó atravesar por el paso enfilado de los cuerpos de diez humanos portadores de armas de registro escáner, que hicieron su trabajo diligentemente. Cuando terminaron, entró en escena alguien que los científicos no esperaban.
-Amigo Estey, ¡cuánto tiempo!
-Señor, ¿qué… qué es esto?
-Medidas de precaución.
-Presidente Lamaret. ¡Exigimos una explicación!
PRIMERA PARTE
XVI
Un largo pasillo con suelo especular. Dos piernas femeninas apoyadas en plataformas de sujeción de realce posterior. Movimientos sinuosos y mirada concentrada. Cabello ébano, piel de nácar.
Su concentración se funde con tu ansiedad. ¿Qué ves? A ti mismo sentado en una tensosilla con las manos dobladas hacia el espaldar. Entre tú y ella, cabello ébano, piel de nácar, está tu obsesión martirizante. Es sólo un hombre y está muerto. Te fijas en su pálida tez. En sus marcadas e intensas ojeras. Sí, está muerto. Cabello ébano, piel de nácar te sonríe desde el otro lado del kilométrico corredor estrecho. Cada vez más largo, cada vez más largo. Su silueta se hace difusa con la distancia, pero su cara está presente. Te sonríe. Sin altivez. Con amor. Tú odias esa autosuficiencia. Y tu enemigo, muerto en el suelo. Un guiñapo.
Te vuelves hacia atrás. Alguien está seccionando tus muñecas. Lo hace limpiamente. No sientes dolor. Sólo el calor del láser. Qué primitivo. Quieres mirar tus pies y no puedes. Están allí abajo, en la distancia. A gran profundidad. Miras de nuevo sus hechizantes ojos. Te seducen, debes admitirlo. Te sonríes de ver a tu rival en el suelo desangrándose. Te sonríes de no sentir dolor mientras te bisturizan las manos. Te da igual ese detalle. Todo te da igual mientras no te hurguen en el cerebro. Tu especie lo tiene pequeño, tu cráneo tiene poca capacidad. Eres tan inteligente que te has adueñado de la situación.
Deja de sonreír. Ahora se ríe a carcajadas. Al hombre del suelo lo ves de pie ante ti y corre para alcanzarte. Se va acercando pero no llega. Estás bien situado en tu tensosilla. Tus manos se separan del antebrazo. Ríes. Él no te alcanza. Seguirá sin hacerlo hasta que tú no distingas sus rasgos. Sólo sabes que es tu enemigo.
Cabello ébano, piel de nácar se va cubriendo con una tela de araña. Sigue riendo. A carcajadas. Dedicadas a ti.
Tom Seedus obstaculiza la carrera de tu enemigo. Le golpea la frente y su mano se hunde en ella. Boquiabierto, te mira y llora. Llora porque no sabe, llora porque no entiende. Te pide una explicación. No la tienes.
Cabello ébano, piel de nácar está encerrada en su crisálida. El hombre sigue en tu busca. Te ve, te va a alcanzar. Gritas para que se detenga. Él se arrodilla, junta las manos en señal de plegaria y mira al techo. Desde él desciende una luz que lo baña con su radiante color oro.
Ahora eres tú quien llora. La emoción te embarga soliviantando tus lacrimales. Entornas los ojos y cuando los abres de nuevo, notas pegada a tu cara otra cara. La cara de tu enemigo. Vuestras narices se rozan y notas la fragancia de su respiración. Aún no has reconocido al hombre. Tom Seedus te da la espalda y se aleja por el largo pasillo eterno. Antes de que se funda con el horizonte, explota en mil pedazos, en incontables moléculas de agua. La cara se te enfrenta, sonríe y te besa en los labios. Esa tersura, esa humedad, ese sabor… es Shainapr. Pero sus ojos… son… No, es imposible. Él dejó de existir. Pero sin duda se trata de él. Lamaret ha vuelto, Lamaret está entre nosotros. Lamaret viene a vencerte.
Lo siento, Kras, de veras.
FIN DE LA PRIMERA PARTE
Los genéticos laboraron con precisión insultante en el cuerpo del finado. Lo más íntimo de aquél había sido desconsagrado por el bien de un objetivo fútil. El más nimio detalle de las coordenadas genéticas que estaban implantadas en los cromosomas que habían diferenciado a aquel ser humano de los demás, había sido estampado en un meticuloso mapa genético que serviría para clonar célula a célula un edificio orgánico que en toda su extensión sería la copia del genuino Merdik Lamaret.
-Doctor Nair, es sorprendente. Aún no consigo asimilar cómo puede mantenerse incorrupto el cuerpo. No hemos visto necesario mantener su conservación criogénica en ningún momento- dijo el doctor Vingenstein, mientras frotaba una y otra vez sus afinadas manos.
-Yo tampoco lo entiendo. Sin embargo, las órdenes del Almirante Kras han sido bien estrictas: Una vez que hallamos conseguido desarrollar tres clones a partir de la base de datos de la que disponemos, debemos deshacernos del testigo inerte de nuestros manejos- enarcó las cejas casi sin hacer demasiado caso a sus propias palabras.
El edificio que albergaba toda clase de experimentaciones vanguardistas en busca del porqué de la existencia de la vida, se hallaba localizado en las afueras de la populosa ciudad. Como casi todas las arquitecturas de este tipo, la altura se había tornado profundidad. A veinte metros bajo la capa humífera, el organismo vacío de Lamaret era trasladado a la sección de escanerización para ser transparente a los ojos de los que buscaban su momificación. Desde tiempos ancestrales, esta inquieta costumbre había sido desechada por no hallarle sentido tradicional de ninguna clase, ni social, ni religioso. Pocas veces se hacían excepciones: El individuo a tratar podía ser requerido para ulteriores intervenciones ante posibles contrariedades en el funcionamiento de sus clones. Se pensaba que más tarde o más temprano, el cuerpo se disgregaría.
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–Tengo una buena noticia que darte: Es el momento.
–No, ahora no. Aún no he descansado lo suficiente.
–No seas niño. Está dispuesto que sea ahora y debes cumplir los requerimientos.
-¿Qué debo hacer?
-¿Ves allá abajo tu cuerpo?
–Casi no lo distingo entre tanto artilugio.
–Debes apresurarte antes de que apliquen los ultrasonidos. En cuanto lleguen a profanar tu encéfalo, todo se acabó.
-¿Sigo siendo luz, Shainapr?
-¿Acaso lo has dudado en algún instante?
–No, sólo que tengo miedo de volver al enfrentamiento con ese mundo de allí abajo. Los otros no deben sacrificarse así.
-Sólo el que voluntariamente lo decida por Amor, así lo hará. Hay muchos que vuelven. Sé que tú has manifestado multitud de entregas a esta Humanidad.
–Sí, sólo por ellos lo haré. Cuando me expandí, vieron que mis sentimientos son auténticos.
-¿Qué sentimientos? Tú no tienes sentimientos aquí.
–Bueno, quise decir mi conciencia. Parte de la Conciencia. Shainapr, ¿qué destino me espera?
–El que tú te haces continuamente. Lo que ocurrió, ocurre y ocurrirá es resultado de ti como causa.
–Shainapr, ¿volveremos a vernos?
–Antes de lo que tú te piensas.
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-Doctor, ocurre algo extraño en el panel de seguimiento. Juraría que el destello se ha movido.
-Vingenstein, le he advertido que para estar en alerta debe conservarse puro.
-¡Doctor! Se ha vuelto a repetir. Los spins de acoplamiento subcutáneo han vuelto a variar su sentido. Le ruego que deje el espectrógrafo de barrido y atienda a estas señales.
El escéptico Miho Nair atendió la súplica del susceptible Vingenstein. Con paso decidido atravesó una amplia fracción del aséptico retículo especular que sustentaba equilibradamente el conjunto de enseres electrónicos que facilitaban sus labores indagatorias. Cuando se situó junto a su colega, no pudo dar crédito a lo que estaba presenciando.
-No es posible, Vingenstein. ¡Está muerto y bien muerto!
-Pero, doctor, vea que está recuperando sus funciones rectoras.
-Lo veo, pero no me puedo permitir aceptarlo. ¡Es algo contranatural!
-Nair, tranquilícese. Debe de existir alguna falla en el sistema de rastreo. Busquémosla y calmemos nuestros pánicos.
Él, todo luz, se precipitó sobre aquella materia inerte e incólume. La suspensión vibratoria cesó y, con el brusco cambio, buscó la ensambladura correcta. En nanosegundos, volvió a sentirse perceptible y percibido. La luz que había sido se desparramó entre las finas membranas acuosas de sus tejidos. Los hematíes volvieron a jugar con el oxígeno, y las neuronas chispeaban en una catarsis de las ramificaciones que conducían los pensamientos. El soplo vital estaba reanimando lo que en los instantes precedentes no fue más que un vacuo caparazón.
-¡Vingenstein, Vingenstein! Vea esto- los ojos del momificador se salían de sus cuencas-. ¡Se está moviendo!
Era cierto. Las córneas se dejaban ceñir por la fina capa epidérmica de los párpados y ¡se estaban moviendo anárquicamente! Como si aquel cuerpo no correspondiera a un muerto sino a un durmiente, las pestañas delataban actividad ocular.
De pronto, ambos pulgares se engarfiaron. El terror estaba personificado en Nair. Vingenstein observaba inquieto, pero no histérico. Cuando éste presionó la aorta y comprendió que la sangre empezaba a circular por los canales internos de aquel organismo, decidió actuar con el riesgo de cometer una irregularidad.
-¡No me deje solo con él!- gritó Nair.
-No le hará nada; tardará en reaccionar inteligentemente.
-¡Por eso mismo! ¿Y si es como un animal descerebrado? ¿Y si me ataca?
-Doctor Nair, ¡cálmese, por favor! Que cuando vengan los supervisores no le encuentren en este estado.
-Lo intentaré. Pero antes voy a inutilizar sus posibles movimientos.
Cuando dos argollas de titanio engancharon las muñecas de Lamaret e iban a ser insertadas en estrías de acoplamiento magnético, obligando a tener los brazos en cruz, una sonrisa deformó su estático rostro.
-¿Qué ocurre aquí?- fue lo primero que improvisó nada más renacer.
Nair, con la boca entreabierta, como embobado, observaba cómo el ex-presidente terráqueo se desasía de su monocadena. Observaba como huía despavorido su fiel colaborador, y asistía impasible al erguimiento y posterior acercamiento de lo que creía era un zombi. Salió de su letargo cuando tuvo el rostro de Lamaret frente al suyo.
-¿Quién es usted? ¡Explíqueme!
-¡No es cierto! Si la brujería no existe, ¿cómo puedes estar vivo?
-Ni yo mismo lo entiendo… aún. Sólo sé que lo estoy y que tengo muchas cosas que hacer, mucho tiempo que recuperar. ¿Dónde está la salida?
-No se mueva- la voz átona de un SINDRA delató la sorprendente respuesta de las fuerzas de seguridad del Complejo Fénix. Cuatro unidades estaban apostadas en la transparente compuerta de salida, convirtiéndola en una emboscada.
-¿Por qué me hacen esto? Únicamente quiero volver a contemplar el azul del cielo. De veras.
-Señor, le queremos vivo. No complique las cosas. Señor, ¿dónde está? ¿Cómo es posible? Rastreen la zona.
–Así, Merdik. Visualiza tus átomos y oblígalos a convertirse en energía.
–Shainapr, me será imposible escapar.
–No, Merdik, te integrarás a sus átomos y atravesarás sus estructuras como si fueran agua.
-Eso escapa a la razón. ¡Dios mío! Mis fibras se han mutado en dúctiles haces de energía. Me noto, pero no me veo.
–Tal como te dije. Además, ellos tampoco te ven. ¡Traspásalos!
El invisible Merdik se lanzó contra los parapetados androides. Y el fugaz contacto entre las moléculas orgánicas e inorgánicas tambaleó los bloques internos funcionales del individuo que sufría la estampida iónica. Después, la compuerta, las paredes, y hacia arriba en cada uno de los centímetros que lo separaba de la libertad y del eterno aire hialino.
-¡Estoy a solas conmigo mismo!
–Lo lograste, Merdik. No fue tan trágico, ¿verdad?
–Y ahora, ¿qué?
–Es bien fácil. Tienes, a partir de ahora, un don que te ha sido dado por Voluntad del Supremo porque tú eres la Voluntad del Supremo. Te ha sido dada esta oportunidad porque serás otro más de los innumerables instrumentos de la Voluntad.
–Shainapr, no entiendo muchas de las cosas que me dices.
-Merdik, es dado que así sea. Que… todavía no entiendas. Sólo te pido que sigas siendo tú mismo. Actúa como el mortal que eres.
-Si soy mortal, ¿por qué he vuelto a nacer?
-Merdik, nunca fuiste arrebatado por la muerte.
-Shainapr, ¿Shainapr? ¡¡Shainapr!!
Solo. Desorientado. Jurándose a sí mismo que éste sería el último manejo que haría de su facultad recientemente adquirida. Así pudo atravesar los kilómetros de vidrio, hormigón y metal que le separaban de la naturaleza de aquel país. La poca naturaleza que seguía inmaculada.
Decidió que debía partir hacia las montañas y buscar refugio.
Y empezar de nuevo.
XIV
-¿A qué conclusión podemos llegar, Ihara?
-No hay ningún resquicio en tu planteamiento. Lo debo admitir. Pero, Julius, ahora no hay contiendas. ¿No lo notas en las comunicaciones?
Por ahora todo estaba saliendo a pedir de boca. No habían existido anomalías de vuelo ni de traslación. Las unidades de rastreo habían respondido milimétricamente. Y los vecinos no les habían molestado, pues el modelo del fuselaje no era competencia de los cruceros de combate destinados a destruir a los mercantes. Naves de recreo, habían pensado los controles militares dispuestos en las innumerables balizas de seguimiento.
-Lutmos, háblanos de lo que veis desde ahí.
-Gracias a Dios que la frecuencia en la que transmitimos está descatalogada, porque si no, oirían tus gritos hasta en la mismísima Sala de Juntas de la Confederación.
-Quizá no exista ya, ¿no te parece?- ríe a gusto Imagien Landakeer, que en estos momentos se halla monitorizada en el psicomicrófono que une su mente de humanista recalcitrante a la del afable físico.
-Mujer, no seas sardónica. Bueno, lo que he, perdón, hemos comprobado en este nivel de aproximación, sin más contacto que el visual, es que el sector, núcleo de tempestades políticas en nuestro querido año 122, se halla en un estado inoperante de comercio. No hay trasiego de bienes de ningún tipo. La dictadura de alguien a quien aún no hemos logrado desenmascarar, domina la relativa paz en la Unión de planetas.
-Y eso, ¿es bueno o malo?
-Depende. ¿Dónde está Lamaret?
Sen Te dictamina que la no interferencia aún es necesaria y solamente mediante ella se puede saber de individuos puntuales.
-De acuerdo, Sen. Lo intentaremos en el próximo salto.
-No habrá próximo salto, Lutmos.
-¿Quién lo dice?
-Creo que no será necesario, de veras. ¿No te parece que todo aparenta estar bajo control y que los miedos de Lamaret no se han hecho realidad?
-Hesir, por favor, avísame cuando os metáis en medio de la conversación. Me has dado un susto de muerte.
-El SINDRA nos…
-Hesir, se llama CITER. No hieras su dignidad.
-¡Ah! ¿Tienes de eso?- volviéndose hacia el humanoide-. Perdona, chico. Bueno, como te estaba diciendo, 236-CITER nos ha dicho que no hay cuidado en esta sintonía.
-Aún no estoy seguro de que Lamaret no tuviera razón. Llevamos pocos días inspeccionando. Sólo sé las instrucciones dadas por la, para mí, máxima autoridad hasta ahora. Y si dijo de cinco en cinco años, yo cumpliré las órdenes.
-¿Y si lo votamos? Quizá alguien quiera volver.
-Mit, me sorprendes.
-No, es lógico, Estey.
-Quizá tengas razón. Pero lo discutiremos después de la cena.