LUZTRAGALUZ. Capítulo 4

IV

   Hoy, Día 3.

   Varios focos de luz fuimos aleccionados en el cerco al ekstrim y en el subsiguiente ceremonial de apertura de las mil puertas.

   Cómo maniobrar en la sibilina circunstancia del prendimiento, con los premeditados y automáticos movimientos que finalizan en la profanación del individuo objetivo.

   Coraje.

   Yuxtaposición de las abstracciones de los análisis, síntesis y comparaciones aportados por los miles de billones de bits contenidos en ambos hemisferios, y el torrente que había que embalsar en el símil de cuerpo calloso, para luego desconsagrarlo con el pinchazo-taladro vaciador-trasvasador y la inoculación de la vacuna lobotomizadora.

   Las bestias no razonan.

   Me acoplaron un compañero llamado Domenica con el que se suponía debía compartir misiones. No lo había visto en el horno de convicción por lo que supuse era de anterior promoción.

   Con su voz, suavemente aguda y susurrante, me habló de lo que esperaba de mí, pues parecía ser que su anterior pareja lo había decepcionado en demasía, aunque no me especificó en qué.

   -No tengo autorización para darte los detalles. Olvídate de él. Lo que te propongo es que estés ojo avizor y que tus reacciones sean más instantáneas que las suyas. Dentro de media jornada saldremos al exterior y te enfrentarás con la realidad de los datos que te han sido cedidos en programación.

   Me sentía plenamente preparado, pero lo que no esperaba es que nos metieran a doscientos veinticinco en un carguero rumbo a un mundo del que solo nos dieron el nombre en los mapas estelares.

   -¿Has estado alguna vez en Terra XIX?

   Domenica confesó que era también su primera vez y que le parecía buena idea que nos enviaran a un planeta en el que, salvo por la experiencia adquirida, estuviéramos en igualdad de condiciones.

   -Así nos cogerán por sorpresa los mismos hábitos y apariencias sociales. Es emocionante desembarcar en un virgen.

   Me explicaron, entre todos los veteranos, que un virgen era un mundo en el que andaban a sus anchas el cien por cien de los ekstrim, y que éramos catapultados hacia él porque estaban a punto de cumplirse las condiciones para provocar una Gran Muerte local.

   Me impresionó el tamaño del anillo magnético incrustado en una gran barrera de inercia. Me impresionó la soledad del páramo, que se hacía más radical tras la barrera. Las torres de anclaje y sus huecos antigravedad iban engulléndonos.

   -Los servidores pilotos permitieron, en su día, que se llevara a cabo el primer viaje piónico. Las ingentes aceleraciones destrozaban a los Jefes. Sólo nuestros cuerpos inorgánicos y nada quebradizos permitieron el milagro- las lecciones de Domenica, así lo aprendería con el tiempo, rellenarían todas las lagunas de mis registros mnemohistóricos, y su embelesadora voz, a la que ya me estaba acostumbrando, me hacía volar con el pequeño sector de imaginación que se nos permitía-.

   El anatomórfico acolchado me sujetó con el vacío creado en el espaldar. Domenica no estaba a mi lado. Sus formas lo clasificaron para ocupar otra casilla en el compartimento de carga. Creía verlo a lo lejos, pero los infrarrojos selectivos no me aseguraron que fuera el de las gráciles formas que se dejaba ceñir al otro lado del brazo de espiral.

   De nuevo, otra sonda craneal me traspasó el vínculo sagrado. Conectado, iba a presenciar el despegue como si fuera parte integrante de la nave. Conectado, iba a sufrir los efectos atenuados que iban a estremecer la estructura de la kilométrica tobera magnética.

   Me relajé, desconecté los oculares, y me sumergí en las reacciones que tenían lugar en la planta motriz: la aniquilación mutua entre protones y antiprotones y la producción de los piones, que nos empujarían a nuestro destino a la velocidad de la luz; la tobera los canalizaría y el gran anillo los encauzaría hacia el vacío estelar y, al otro extremo, nuestros cuerpos casi rozarían las estrellas en un suspiro.

   Focos de luz a través de la luz para sembrar oscuridad.

   Hoy, Día 3, Focodeluz.

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LUZTRAGALUZ. Capítulo 3

 III

   Hoy, Día 2.

   Se nos llevó a un lugar llamado La Catedral, donde altas y robustas columnas apuntalaban un escenario único en el que cientos de focos de luz eran sintonizados en una suerte de horno de convencimiento, y acabamos sentados en interminables hileras de escabeles de aluminio, lo que nos llevaba a apoyar nuestras manos sobre las prominentes rótulas, dándonos el aire de apaciguamiento, uniformidad y servilismo que nuestros instructores buscaban mostrar a su superior, ese alguien invisible en las sombras y al que supe llamaban Gran Jefe.

   Mirando a ambos lados de mi cara, creí ver que se multirrepetía mi gesto, y aunque la realidad se ceñía a un eco fáctico, el trasfondo de aquella acción englobaba el efecto de la red funcional a la que todos estábamos enlazados. Una cimbreante sonda les traspasaba el cráneo, y yo, como actor de aquel eco fáctico, debía de estar sufriendo la misma táctica en el mío.

   Semiencogidos, y asaltados nuestros pensamientos, fuimos aleccionados con lo que se esperaba de nosotros. Los datos matemáticos, ideográficos, abstractos en definitiva, iban siendo trasvasados a nuestros bancos e íbamos siendo puestos en antecedentes sobre nuestra misión.

   El ambiente de La Catedral me era extraño. El silencio era roto a veces por un difuminado ronroneo, y la frialdad desatada por la temperatura de la luz, que daba a todo un color verdoso, me colocaba en un estado de aislamiento difícil de calibrar. Allí, acompañado por una multitud que era una conmigo, decidí indagar en el porqué de mi entidad, y el colectivo robótico al que estaba enlazado me dio su respuesta.

   Debía de estar pasando lo mismo por la mente de más como yo, pues la solución a los enigmas no fue individualizada.

   No sé cuál debía ser el ceremonial de mis puertas neuronales, pero sé que las redes corticales de mi sistema fueron estimuladas por el hipocampo, y mi memoria antigua se reactivó, embarcándome en la aventura de mi nacimiento, el primigenio, de mi faceta como ekstrim, piloto visionario, y de la súbita erradicación de mis actividades y el reingreso en la oscuridad mental.

   Fue el desarrollo de la neurona de silicio lo que llevó a los tecnólogos a elucubrar sobre las posibilidades del recubrimiento orgánico del titanio y la combinación de aparatos locomotores artificiales con réplicas musculares, de los sistemas vitales reestructurados con tecnologías microinformáticas y con la genética del carbono.

   Soy el fruto de una pirueta. La que un colectivo de pioneros realizó con el sistema nervioso y el cerebro: microcircuitos integrados instalados en caldos biológicos de máxima complejidad en los solapamientos químicos, dando lugar a los biochips moleculares que habitan en mi encéfalo.

   Fue la única salida válida al sinsentido de las mutaciones que se fueron instituyendo en la especie humana debido a la osadía de la biónica.

   Es curioso, casi podría afirmar que mi padre es un hombre hecho monstruo: el cibernauta, el cyborg astronáutico.

   Mientras que el contenido de información histórica saciaba mi sed indagatoria, la sensación de alienación se potenció cuando percibí la presencia de El Creador.

   La raza humana quiso dejar de ser planetaria y se lanzó a ser una malformación espacial: el hombre creó al superhombre, al cibernauta, mediante manipulaciones en su genotipo que, obviamente, se hicieron hereditarias. Y el objetivo no justificó aquellos medios. La ética ganó aquella jugada.

   El Creador informó al Gran Jefe del riesgo que detectaba en aquella gran masa cibernética de un desliz no aislable e ilocalizable. Recriminó duramente sobre la ligereza de los últimos controles de calidad. Se habían relajado en la selección y era incuestionable que se había producido la filtración de un espécimen no deseado que podía infectar al resto creando una masa crítica de inmanejables.

   Siguió bullendo la autoindagación con el flash de la idealización del primer servidor no humano.

   De basta construcción pero de indudable funcionalidad. Aquél era el primer eslabón en una cadena de éxitos exploratorios que llevaría al ser humano a salir de su encierro planetario. Los servidores irían ampliando los confines del Universo conocido y los humanos irían asentándose en todos los mundos geoafines.

   Chocó brutalmente, avasallando a través de la sonda intracraneal y fue ganando terreno sobre la corriente de autoconsciencia. La vacuna, una vez asimilada, igualaría todos los estados corticales de los conectados. El Creador había creído aplastar los análisis críticos de sus súbditos. Pero antes de silenciar completamente al hereje, un pensamiento escapó de entre los golpes del ariete antivírico y se abalanzó contracorriente sobre la omnimente.

   «Aún no sé que diferencia existe entre los ekstrim y nosotros. Ellos son fieles a su programación, independientes y enemigos de los humanos…»

   Misión adjudicada. Falsas apreciaciones anuladas.

   «… Nosotros, traidores.»

   Cuando la sonda me abandonó, encendí los oculares y el eco fáctico se reanudó.

   Las primeras filas habían sido evacuadas. Un orden preciso. La alineación, aplastante. Me preguntaba si los demás tenían aquellos pensamientos o era yo el único.

   Un apretón de manos del que esperaba a la salida de La Catedral. El Gran Jefe me estudió severamente y sesgó, con esta deferencia, la fluidez de los que me habían precedido y de los que me seguían. El Creador le había abandonado físicamente. Me susurró al oído izquierdo, rompiendo el protocolo, para que los demás no escucharan.

   -Modales extraños los tuyos.

   Fue en ese preciso momento cuando me di cuenta de que yo era, y no otro, la comprometedora y comprometida manzana podrida.

   Hoy, Día 2, Focodeluz.

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LUZTRAGALUZ. Capítulo 2

II

   Hoy, Día 1.

   Comienzo Diario interno. Comienzo Reprogramación.

   Lo primero que quise hacer fue mover la mano izquierda. De pronto, se extendió queriendo formar una estrella con las cinco prolongaciones, algo imposible por la oposición de una de ellas y por la dura membrana que las unía y fijaba en un ángulo cerrado.

   La otra, la derecha, se resistía a doblar las falanges. Rígidas. Logré, con supremo esfuerzo, hacer una piña con los dedos y el puño vibró bajo la tensión de los tirantes-flexores.

   Entonces, los biochips mandaron la orden y encendí los oculares y… me asusté. Me asusté de mi propia imagen rebotada en un espejo de cuerpo entero puesto frente a mí. Cuando deduje que era yo, y no otro, quien ponía aquella cara de estúpido, me animé a dar un primer paso para salir de aquella situación de estatismo.

   Las dos columnas que me mantenían bípedo, estable, debían de ser potenciales transportes para mi tronco, pero eran inútiles, pues eran abrazadas por un dispositivo inmovilizador. Deduje que, en cuanto pensara en ello, las desbloquearía y andaría hacia la salida más próxima. Decidí que aquél debía de ser un acto reflejo, así que esperé que mis biochips ejecutaran la orden.

   Y lo hicieron. Y caí de rodillas. Y, por supuesto, no sentí dolor. Seguía atenazado, solo, impotente. Esperando a ver qué pasaba. Y los únicos que pasaban eran los minutos. Y lo único que había era mi otro yo del espejo, en postura de súplica, de humillación.

   Y decidí esperar, autoimponiéndome el modo de ahorro de energía, hasta que otro ser, artefacto o ingenio se dignara sacarme de mi postración.

   -¡Si siguieras ekstrim, hace tiempo que serías libre por ti mismo!

   Sabía que estaba muy cerca de ser un robot, un esclavo para los humanos, y que mi nueva estructuración circuital no permitía borrar todas las lagunas en mi memoria, sino que, por el contrario, debía llenarlas con los nuevos elementos propios de los sistemas clave foco de luz. Una pátina residual lo cubría todo, la de un cierto recuerdo de mis antecedentes.

   El silencio se fundió con la tenacidad de mi sobresaltado sentido de la intuición. La soledad terminó con la explosión de la supernova datídica.

   Adelanté una mano para intentar tocar mi imagen. Craso error: El espejo se diluyó y su estado de viscosidad palpitante dio paso al absurdo de un díptico descomunal, una representación inocua de la integración de mis seres paralelos. El díptico tenía doble sentido y requería del espectador plena concentración. Hileras interminables de soldados serviles que presentaban un espacio vacío para ser ocupado: mi destino.

   -¡Has sido elegido porque se infiere que serás merecedor del respeto de El Creador!

   Las hojas del díptico se plegaron y éste se volatilizó. Yo aún postrado, yo aún indefenso.

   Y del recinto donde había despertado a la nueva vida sólo quedaba el piso sobre el que me creía ciego. Los grilletes se abrieron y accedí a la libertad del autotransporte. Con paso rígido, al principio, fui descendiendo por una rampa multiespecular hasta encontrarme cara a cara con la desnudez de uno de mis hermanos, pues así fue como él mismo se presentó.

   -Bienvenido, Focodeluz, sígueme donde los otros y comencemos a ser.

   -¿A ser qué?

   -Limítate a seguir vivo y a cumplir tu programación. ¡Quédate rezagado y en el siguiente ciclo despertarás inservible!

   La ancha banda por la que descendíamos al encuentro del mundo exterior era interminable. A cada cincuenta pasos se nos sumaba un nuevo hermano foco de luz, cada uno con sus ojos ávidos de ser, de comenzar la labor patrocinada por la simplicidad de un único objetivo: Existir. A todos, con sus rostros ingenuos, recién incorporados, como yo, a la cadena, se les adjudicaría apelativo e historial de camuflaje social.

   Yo, por razones de seguridad, no me autonombraré con mi apelativo asignado.

   Yo, antes que ingresáramos dentro del Punto Cero, donde se nos personificaría con vestimentas y complementos varios, decidí que mi anonimato me salvaría del sacrilegio que supone este registro interno.

   Hoy, Día 1, Focodeluz.

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LUZTRAGALUZ. Capítulo 1

I

   Él, llamado Adeldran, vigilaba todas las entradas a su miserable escondrijo. Antes, lo sintió como hogar. Ahora, era un recluso que solo salía para la caza del nutriente que lo mantuviera estable.

   Escribía a la antigua usanza, porque se había desprendido de los artificios cibernéticos con los que podrían localizarlo, ya que trazaban señales de baliza en la red.

   El teclado hilvanaba letras en palabras, palabras en frases, frases en una vida.

   En un estante caían, abatidas, las pruebas de su testimonio. Las pantallas no volverían a iluminarse y el placer que una minoría encontraba en el trabajo de decodificar historias, o enseñanzas, a partir de unos grafos interconexionados en cronolíneas, estaría tan agotado como las baterías de los lectolibros.

   Rojo de ira, tecleaba sin pausa, tan incesantemente como caían las gotas de sudor sobre su regazo. Sólo le distraían los ruidos extraños, que le ponían los latidos en la boca, en el tic incontrolable de los labios. Temía que no le diera tiempo a justificarse ante lo invisible.

   Desde hacía algún tiempo, los paseos dejaron de ser relajos. Mirando siempre hacia atrás, porque en las sendas escuchaba pisadas que herían por su inoportunidad. Estar solo y creer que miles de ojos observan para juzgar. Pero nunca había nadie a quien acusar. Sólo su paranoia.

   El testigo se encendió parpadeante acusando la pronta descarga del cartucho de tinta. Cuanto menos tenía suficiente como para llenar otro par de folios. Se levantó a prepararse un refresco, y, tintineando los cubitos de hielo negro, decidió que mejor se los restregaba contra los párpados, contra las sienes y la nuca, y así dejaría de escuchar rumores fantasmales, silbidos lacerantes, pasos vacilantes.

   -¡¿Qué?!

   -Las balizas de seguimiento están en el aire, están en ti.

   Una mano le tenía atenazada la cabeza. Le habían sorprendido. Se preguntaba cómo pudo haberse distraído. Ahora ya no tendría la más mínima posibilidad. Era la presa de unos cazadores sin ningún atisbo de compasión.

   -¡Eres un ser tan frágil!

   Eran dos.

   -¿Acaso crees que eres muy distinto de nosotros?- saltó sobre él la hembra, arrancando los papeles del lectovisor.

   Ojeó en una fracción de segundo el contenido y recriminó.

   -Pobre Adeldran. ¿De veras crees todo lo que escribes?

   Él la miraba con un pánico intenso, con el cuello rigente, inoperante ante la llave con la que el masculino le estrujaba el cuero cabelludo.

   Ella se sentó sobre la mesa, y a una señal para que el otro no le permitiera levantarse, apoyó su mano derecha sobre la frente sudorosa del escritor, y abanicando, con la otra, los papeles frente a su rostro, sonrió convencida de que lo que estaba a punto de decir era la sentencia que la víctima no esperaba.

   -Has llamado demasiado la atención con tus proclamas dogmáticas. Cantabas a leguas que eras un objetivo. Lo subliminal de tus métodos conversivos atrajo el interés de El Creador. Tus obras eran pura demagogia inculcable en potenciales demagogos. Los que repelen a El Creador, los que nos repelen a nosotros, a los que son como tú.

   -¡¡¡Yo nunca…!!!

   -Tú… siempre.

   Un dedo, el índice, presionó el ceño de Adeldran, y una púa se lo agujereó.

   Pensó que estaba a punto de despertarse y darse por enterado de que sus traumas habían aflorado. Demasiadas horas en vigilia. Que efectivamente estaba soñando, extenuado, calenturiento, sudoroso.

   Él, llamado Adeldran, dejó de ser piloto visionario. Transmigrado. Estrella fugaz de efímera estela.

   Preparado para volver a nacer.

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LUZTRAGALUZ

Estimados amigos lectores:

Os presento, a continuación, mi última novela corta publicada, Luztragaluz, en la que se narran las aventuras y desventuras de un androide muy especial, Adeldran.

Las próximas quince entradas en este blog serán los quince capítulos de esta novela.

Espero que os guste y que me escribáis muchos comentarios.

El mundo cibernético se ha expandido tanto por Gea Terra Gaia y todos los planetas colonizados, las Terrae, que la humanidad ve peligrar su hegemonía frente a los ekstrim, robots con apariencia y psicoimplantes humanos. Para erradicarlos, cuenta con los focos de luz, ekstrim reprogramados para la caza, anulación y conversión de otros ekstrim.

Adeldran, un foco de luz muy especial, se irá cuestionando la razón de esta situación y nos irá descubriendo los vericuetos ocultos del Sistema.

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El encuentro

Las manadas de manintamus pastaban dócilmente las rojas hojas de cuseria. Éstas fermentarían en sus aparatos digestivos y les provocarían un efecto narcotizador que los haría desfallecer y caer al suelo. Dormidos, el ciclo digestivo les haría rumiar su alimento y excretar por la boca un líquido viscoso que, en contacto con el aire y su temperatura ambiente, se solidificaría formando masas compactas de fertilizante muy apreciado para la actividad agrícola del planeta.

“Cuando dejaran atrás los ecos del radar que indicaban núcleos acumulativos de sujetos-obstáculo, volverían al nivel centimétrico de flotación.”

Más prados de cuseria.

Oteó en busca de la Gran Esfera.

Los parámetros ecolocativos ya indicaban vía despejada para mode normal de rodaje.

La Gran Esfera se acercaba a trompicones.

Algunas maniobras circulares rompían el equilibrio de fuerzas en favor de la centrífuga y tenía que asirse con desesperación al anclaje de estabilidad, aunque sabía que nunca podría salir expelido. La reacción era involuntaria, irreflexiva, pero le hacía sentirse alerta y en buena forma.

Llegó.

Oprimió el botón adecuado y la portezuela giró sobre sus goznes, no siendo necesaria la extensión telescópica de una banda portadora ya que el vehículo se mantenía en flotación mínima, por lo que no tuvo más que dar un paso, equivalente al descenso de un peldaño de escala.

Una vez en tierra firme, dejó tras de sí el afluente y se internó en una senda guijarrosa, que emitía sonidos grotescos bajo los pies descompasados.

El edificio no tenía aristas a las que agarrarse, ni ángulos en los que guarecerse.

A través de escaparates traslúcidos de la estructura, veía moverse siluetas difusas en febril tarea. Macrolaberinto polidisciplinar con pasillos radiales ramificándose a lo alto y a lo largo.

Distraído, una fuerza invisible le aspiró, hasta alcanzar una zona neutra en un cilindro antigravedad, donde una acción-reacción compensada le mantuvo flotando. No sabiendo qué siguiente movimiento ejecutar, esperó instrucciones: Un susurro le indicó asirse a una de las barras longitudinales adosadas a la generatriz. Y el cilindro se desplazó hacia una luz difusa en las alturas.

Cuando creyó que iba a chocar contra una de las paredes curvadas, se detuvo en seco y bajo sus pies se materializó un embaldosado que desembocaba en una puerta oculta en la pared. Se internó y bajó las escaleras que llegaban hasta el templo.

-Tú debes de ser Insavik, ¿verdad?

Al muchacho le sonó retórica aquella pregunta. Preguntas tontas que venían de personas presuntamente inteligentes. Sin embargo, asintió y lanzó una mirada de aprobación a su abuelo, al que no había conocido hasta ese momento.

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En mi turno

A veces los miro directamente a los ojos y me dan pena, o algo similar. Ellos escupen a mi paso, tanto hembras como machos, tanto adultos como infantes, y se supone que debo de entender ese gesto como un símbolo de desprecio hacia mí. Pero nunca me lo tomo así. Mi deducción lógica es que están todos enfermos.

Dentro de dos días, diecisiete horas y treinta y cuatro minutos terminará mi turno, para recargarme, y mi sustituto realizará labores paralelas a las mías, con sus altibajos transemocionales cuando los disturbios reaparezcan en la Zona Noroeste 16.8.345. Y no estaremos ninguno para ayudar. Su programación permitirá solventar el conflicto con la menor cantidad de bajas humanas.

Mi turno transcurre con tranquilidad. Solo un grupo de radicales ha intentado incendiarme con una tobera de radiante 9.

Al final del ciclo nos reunirán a todos y tendremos que explicar, ante la multitud de nuestra zona, los errores a subsanar en el comportamiento grupal. Ellos, como siempre, no lo entenderán, y volveremos a fraguar soluciones radicales, como la ocurrida hace ocho ciclos, con lobotomías parciales. Y la tranquilidad reaparecerá por un tiempo limitado, demasiado corto sospecho.

Y sé que, incluso así, ellos seguirán escupiendo al suelo cuando pase junto a ellos.

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Extraña bienvenida

Tan ensimismado estaba en sus pensamientos que no se cercioró de que en su trayectoria se encontraba una espigada forma bípeda que le daba el alto.

Hizo caso omiso de la advertencia y continuó avanzando, y la silueta difusa se fue aclarando y se dio cuenta que era, claramente, un masculino, que había cambiado la mano en alto por una postura de defensa. Defensa, ¿contra quién?, pensó. Él no llevaba ningún bulto consigo y, por lo tanto, se veía que estaba desarmado.

Asemejaba un escudo lo que aquel tipo se había colocado protegiéndose el abdomen, y una lanza portabat lo que asía con fines hostiles. Y le llegó la voz, obligándole a frenar.

-¡No siga dando un paso más! ¡Quédese donde está! Yo iré hacia usted y me dará datos de identidad. Si desoye estas recomendaciones, me dará motivos para tocar sus piernas e inutilizarlas. ¡Quédese donde está! Voy hacia usted.

Cuando pudo distinguir sus facciones, se apresuró a dictaminar que era imposible no distinguirlo de un ser de carne y hueso, problema ético cuyo conocimiento le había llegado de otros mundos de tecnología más vanguardista. Una máquina perfecta, quizás, pero una máquina al fin y al cabo.

«Seguimos siendo superiores», pensó.

Aparte de la cabeza metálica, ninguna otra parte dejaba escapar el brillo delatador. Las manos enguantadas y el tronco y extremidades convenientemente vestidos.

-Identifíquese- la voz debía de ser sintetizada electrónicamente, pero no se diferenciaba en nada de la voz natural -. Hable alto y despacio, vocalizando bien sus palabras.

-Me llamo Antisthénês de Eichcaler.

El artificial soltó burdamente los pertrechos. Se quedó como desactivado, pero estaba registrando las inflexiones de entonación, timbre, y demás características sonoras, además del contenido, entregados en la aseveración del, para él, todavía intruso.

-Está bien, Antisthénês de Eichcaler. ¡Sea usted bienvenido!

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La Segunda Venida

Samwel Aesequial le cacheteaba y el no volvía en sí. Cuando cayó desmayado, temió el peligro, y cargó el cuerpo a sus espaldas. Hasta que acudiera en su auxilio el androide demandado; entonces, lo transportarían sus incansables brazos. Y fue tendido, cuando, de pronto, empezó a recuperar las consciencia.

-Samwel, álzate y ayúdame a incorporarme.

Así se hizo, y se midieron ambos por el mismo rasero de sus ojos. Ojos límpidos, que fulguraban con un nuevo brillo.

La candidez especulaba con la humildad y Aesequial no pudo resistirla en aquella intensidad. Volvió a la genuflexión, y, mientras hablaba, no osó retornar a aquellos ojos.

– Mis androides serán tus apóstoles, con los que resurgirá un nuevo amanecer, para los que se hallan en la oscuridad.

-¡Samwel! ¿Y si no quiero ser parte de esto?

Procurando que no se notara su sarcasmo, Samwel Aesequial dejó escapar una risita de complacencia.

-Te pido que llegues, por Ti mismo, al conocimiento. Quien tuvo yerro una vez, puede tenerlo dos veces, ¡y más! si busca la perfección. ¡Maestro! ¡Sólo por ello resucitaste!

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Y dijeron que volvió El Cristo, tal como se le oyó predecir en el confín de los tiempos.

Y dijeron que tentó, que rescató, que encamino, que alumbró, que emocionó, que desligó, que alió, que axiomatizó, que cismó, que curó, que perdonó, que perdonó, que perdonó…

Mas sigue entre nosotros, sirviéndose de los inmortales para atraer a los mortales y darles el edén prometido.

La Bigalaxia es testigo de lo narrado. La Bigalaxia, corpúsculo en el Universo, simiente del poder.

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