En Paz

   El rumor se hizo rugido. La fricción se hizo fuego. El escarnio había llegado. Siempre, invariablemente, ocurría lo mismo. Era bien aceptado que cualquier intención pacificadora era semilla sin terreno en el que crecer.

    -¡Que sean los demás quienes opinen! No los influya con su charlatanería. Es usted muy locuaz, pero, al fin y al cabo, completamente vacío. Pero ha cometido un gran error: No contar con nuestra aquiescencia. ¿Para qué tanta palabrería, tanto ridículo rito y burocrática hipocresía, si al final las guerras declaradas son guerras efectivas?

   Janos Hendricks se encontraba esplendoroso, satisfecho de su inminente obra. Se dijo a sí mismo que había llegado el momento de hacerles tragar sus palabras a los que ejercían de defensores de ideas que ni ellos mismos creían, a los que tachaban de inverosímiles las propuestas de esta paz forzada que tenía próxima en sus manos, y a todos los burócratas desmadejados les iba a demostrar que enarbolar el estandarte de la hipocresía diplomática no era buen asunto, sobre todo cuando la conveniencia empujaba a apoyar iniciativas que en otro tiempo no hubieran patrocinado ni por asomo.

   Ceñudo, se rascó con gravedad su prominente apéndice nasal, y mascó la respuesta como si tuviera que deglutirla para ver si era digerible para él y para los intereses que debía salvaguardar. Y cuando rumió y rumió, soportando el mal sabor de la bilis de rabia que se le acumulaba en la garganta, presentó su dictamen ante aquel público ávido.

   -¡De verdad, quiero que me dejen en paz, retirarme a descansar eternamente! No quiero más luchas, más políticas, más ambiciones. He perseverado por la armoniosa conjunción de las ánimas de todos nosotros, todos vosotros, y la infección del poder se ha extendido demasiado, repeliendo, haciendo cero, mi trabajo. Estoy agotado, desesperado, sin intenciones vitales… Déjenme tranquilo. No busco conspiraciones. No pido perdones, clemencias, expiaciones. Busco morir, conmigo mismo.

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Premonición

   Los niños presentían con sus siete sentidos lo que estaba a punto de ocurrir. Era una pena que a medida que iban madurando en edad biológica y cognoscitiva, la mitad de las sensaciones se fueran nublando. Por eso se aprovechaba esta ventaja infantil al máximo en todas las variedades del saber. Se daba por cierto que los hogares con niños eran pequeños mundos con suerte.

El desintegrador de residuos funcionaba a la perfección. Anushka lo manejaba con destreza. Era una cuestión de familiaridad con las nuevas tecnologías, que dejaban paso continuamente a nuevos métodos de aprovechamiento al límite de lo que la Naturaleza ofrecía al hombre. El viejo axioma de que la materia ni se crea ni se destruye había dado lugar a que surgiera alguien que lo desmintiera.

Tras terminar con sus tareas domésticas, se dirigió al cuarto de su hijo. Y creyó que ocurría lo peor. El niño, aunque continuaba con los ojos cerrados, tenía el cuerpo encharcado en sudor y los oídos sangrantes. Intentó despertarle pero no lo logró. No tuvo más remedio que acercar el captador de anomalías fisiológicas a la frente del niño. Respiró con satisfacción. No estaba enfermo. No sufría ataque alguno. Era la tarifa que tenía que pagar por sus dones de clarividencia.

Esperó a que remitiera la sangración y que se empapara de sudor el paño que iba aplicando sobre el cuerpo menudo de Insavik. Después, tocó su hombro y los párpados recogidos mostraron dos globos oculares manchados de un azul de cielo. Y como si ese cielo contuviera una tormenta de verano, dos regueros de lágrimas se dejaron caer por la inocente carita.

Anushka preguntó. Insavik respondió. Anushka no quiso escuchar.

Cara a cara

   He intentado no mirarla a los ojos, pues todos me decían que no debía hacerlo. He intentado no sentir aversión hacia ella, porque los demás me aconsejaban castigarla con mi indiferencia. Pero ella estaba allí, retándome con su mirada apagada, pero penetrante, sabedora de que, por mucho que intentara esquivarla, ella, paciente desde el principio de los tiempos, vencería mi terca osadía de no irme con ella.

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Pseudocantante

Se filtró la noticia de que iba a sacar un nuevo disco, mucho más impactante, en estilo, que el anterior. Alguien del grupo o de la productora, seguro, se estaba sacando un sueldo extra con esa exclusiva. Por ello, y sin que sirviera de precedente, obligó a su manager a convocar una rueda de prensa, que con el tiempo que tenía para prepararla -casi un mes- sería, con toda seguridad, multitudinaria. Y entonces impactaría al mundo, declarando que era otra, y no ella, quien cantaba en todos los temas, y que así había sido desde el comienzo de su carrera.

-De veras, esos sonidos salen de unas cuerdas vocales orgánicas. Todas las modulaciones, tonos y timbres proceden de una garganta… humana.

En el supermercado

En un arrebato de sinceridad, Ana Sofía le dijo a la cajera:

-Señorita, con todo el respeto que me merece su uniforme, y sabiendo que ya me ha cobrado la compra de hoy, me gustaría que llamara, por favor, al encargado.

La señorita Almudena, pues así se llamaba si había que hacer caso del letrero con imperdible que le afeaba la camisa de trabajo, miró a Ana Sofía de mala manera y no respondió a sus requerimientos.

-Señorita… -tuvo que entornar los ojos para enfocar el nombre escrito en cursiva- … Almudena. Por favor, le ruego, con todo el respeto, que pare, durante un instante, la cinta sobre la que tiene este amable señor sus productos de cosmética, y se digne en llamar por megafonía a su encargado.

La señorita Almudena hizo oídos sordos a la petición, pues la cinta transportadora no se paró y el emperifollado y bien rasurado cliente terminó con toda normalidad su compra al estampar su rúbrica en el recibo de la tarjeta de crédito con la que pagó sus afeites.

Almudena entonces, y solamente entonces, cuando pudo comprobar que no había más clientes en la calle que desembocaba en su caja, limitó el acceso de posibles mediante una cadena que impedía el paso de carritos. Ana Sofía la observaba impaciente y gesticulante, pidiéndole que se diera prisa, se componía la coleta de cola de caballo para estar más presentable ante el jefe de aquella impertinente.

-Señorita, le agradezco su atención. Le agradezco, de corazón, que me atienda con tanta prontitud y, sobre todo, le agradezco que no haya hecho una escena.

Almudena se alisó la falda, se la ajustó a la cintura, se recolocó el identificativo e, imitando a su interlocutora, se estiró el pelo y le dio una vuelta más a la goma que se lo cogía por detrás. Y habló.

-¡Mamá! ¿Cuántas veces tengo que decirte que, por mucho que llames al encargado y le pidas de rodillas que me despidan, no volveré a casa? ¡No, no y no! Y dile a papá que tampoco lo intente él mañana, porque no voy a estar. Me cojo el día libre y me voy con mi novio al parque de atracciones, para mezclarme en una multitud donde no me encontréis y no me avasalléis con vuestros ruegos de viejos solitarios.

-Pero ¡hija! ¡Por favor!

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