La muerte corta

El despertar de cada mañana era horrible.
Tenía la sensación de que sería el último día de su vida. Y por eso se quedaba en la cama, después de apagar la alarma del despertador, unos minutos más, deshaciendo la postura fetal, acostumbrándose a resucitar de la muerte corta que había sido el sueño, notando cómo le asaltaba la lucidez para enfrentar la nueva jornada.
Soportando el choque mental que suponía observar su cara en el espejo del cuarto de baño, segundos antes de mojarla con el agua helada, reaccionando, con incredulidad, al primer escalofrío que recorría su aletargado cuerpo.
Y se vestía, con parsimonia, atento al placer que le producía el roce de las telas con su piel, para llevárselo consigo en su registro conceptual de las cosas buenas de la vida.

Fotografía de Archimaldito

Regresó

 

Regresó a la cueva de la que procedía, donde se escuchaba su voz más alta, donde su espíritu inspirador eclipsaba el desánimo que le embargaba fuera de ella, donde la oscuridad no era más que luz en su memoria. Donde volvía a ser libre porque no era ya él. Donde su ego, ensalzado por los demás allá afuera, dejaba de tener sentido allí dentro, cuando no escuchaba su propio corazón porque allí , en el núcleo de la verdad, no lo necesitaba. Y durmió, para no volver a despertar, o para despertar para siempre.

volcanic-cave-1511138

¡Despierta! ¡Despierta!

Cachetearon su cara para despertarla de una larga pesadilla de cuatrocientos años.

   – ¡Bienvenida! Te buscaremos un cuerpo adecuado.

   – ¿Qué pasó con el que tenía?

   – Lo descongelamos hace doscientos años para curarte el cáncer y, tras fracasar, no aguantó el proceso de recriogenización. ¡No intentes mirar hacia abajo porque sentirás vértigo y terror al vacío!

   – Creo que me gustaba más la otra pesadilla.

 

42-16853020