A veces, olvido el dolor. Ese martilleo incesante en mis palpitaciones. Ese ruido de fondo que me bloquea en mi apreciación del entorno. Mas cuando está conmigo, me preparo para curar las heridas del prójimo, cuando estas no son sangrantes sino lacerantes. Pues el dolor me hace empático, y el ardor en mis ojos, y en el estómago, me hace adivinar las raíces de los sufrimientos que traen consigo las injusticias y las necedades de los que oprimen.
No digo nada, solo observo. No hablo, no debato, no opino, no porque no tenga recursos dialécticos suficientes ni un fondo cultural que refuerce cualquiera de mis afirmaciones. Simplemente observo y acato las normas de los que mandan. Y así me va bien.
En mi juventud quise estudiar Arte Dramático pero mi padre prefirió pagarme estudios universitarios en dos carreras que nunca terminé. Mi amor por la interpretación y la música me han llevado, más de treinta años después, a hacer convivir esta vocación con la de escritor literario, en mis apariciones en más de treinta salas de Madrid, realizando uno o dos números musicales acompañados por mi teatralidad cómica, por mi vestuario fuera de normas estéticas, y por mi voz y bailes inesperados, reinterpretando, a mi manera, algunos clásicos de la música moderna, o leyendo poesías o microrrelatos propios en algunos epicentros de la literatura en Madrid. Aparezco en ellos cuando menos se espera y nadie sabe nunca qué voy a hacer encima del escenario.
Yo, como artista underground, siendo más preartista y postartista que actor, o cantante, o escritor, o rapsoda o performer conocido en el maistream, tengo mis inquietudes y saben los que me han visto, y sufrido, actuando, que publico una pequeñísima parte de todo lo que hago, para no saturar al personal (debido a esa enfermedad que tengo llamada hipercreatividad, de la que no quiero curarme nunca). Mi profesión no me permite dedicar todo el tiempo que quiero a mi vocación artística, pero no desisto en vivirla con muchas emociones, por si acaso salta la liebre y me descubre un productor de Hollywood o de Málaga. Soy Archimaldito.
Desde lo más insano de mi corazón me desespero en la sinrazón. Tengo miedo de fallarme. Tengo terror a huir otra vez para excusarme.
Soy frágil, en el fondo soy frágil. Nada hábil, nada tierno ni agradable. Y no merezco nada que no tenga, como una vida donde adormezco, y aunque a veces me crezco, sufro parálisis de autoestima, sufro y lucho con mis inseguridades, tantas que ya no sé dónde están los aciertos.
Voy a llorar otra vez. Voy a suplicar otra vez. Voy a tener que vivir la pesadilla otra vez. Y me pregunto cuándo acabará el ciclo infinito, porque no sé salir de la espiral del desánimo.
Tanto desamor, tanta hipócrita maraña de sentimientos, tanta podredumbre de pensamientos. Necesito respirar, aun sabiendo que al hacerlo me enveneno. Necesito lidiar con mis neuronas y luego desconectar.
¿Cuál es la persona más famosa (para bien o para mal) que has conocido?
Algún día, cuando me toque escribir mis memorias, éste será el título del libraco, que no se venderá más que en formato físico, palpable y olible, donde narraré todas mis anécdotas vitales, tantas que los lectores ni saldrán de su asombro ni las considerarán ciertas.
Y sitios increíbles, y personas honorables unas y nauseabundas otras, tendrán cabida en la biografía de éste, vuestro servidor de nadie soy, Archimaldito, artista underground de performances y cantos varios, activista por los derechos humanos y animales, escritor y creador de sueños, pionero de la Modarchimaldita, payaso conceptual, carente del sentido del ridículo, activador de mentes y de dementes.
Tengo un tesoro en mi mente… No se trata de nada físico ni material o palpable. No se trata de creer en algo por fe o convencimiento. No se trata de poseer la verdad ni de ser un iluminado.
Relativo: Adjetivo. Discutible, susceptible de ser puesto en cuestión.
La Paz es relativa. La No Paz, que no tiene por qué ser guerra, es relativa. Pero la Guerra es también relativa. Las víctimas, los criminales de guerra, los causantes de esas guerras, son relativos. Las finalidades de los conflictos armados, que siempre suelen ser ocultas, son relativas.
Y los medios de comunicación ayudan a ese relativismo. Y las redes sociales. Y los lobbies, y los políticos… etc, etc, etc. Pero lo que más ayuda a ese relativismo son la estupidez, el egoísmo y la irresponsabilidad humanas.
Reiniciar, restaurar, restablecer la humanidad en la Humanidad es posible, pero llevaría implícito un precio muy caro: el Exterminio.
Quizás sea necesario. Porque seguirán pasando siglos y siglos y no habremos aprendido nada de nuestros continuos errores.
Yo estoy empezando a no fiarme de lo que ven mis ojos ni de lo que escuchan mis oídos, porque no sé cuánto es cierto de lo que llega a mi ser.
La Extinción llegará por no discernir la Verdad en la Realidad.
Pero mientras, los humanos se encargan de ayudar a que llegue El Fin.
Soy un hipócrita por supervivencia. Soy egoísta por supervivencia. Pero soy Humano y estoy empezando a perder la esperanza.
Ucronía: Reconstrucción lógica, aplicada a la historia, dando por supuesto acontecimientos no sucedidos, pero que habrían podido suceder (RAE, 1992).
El 23 de octubre de 1940, Francisco Franco y Adolf Hitler se reunieron en Hendaya, con el objeto de intentar resolver los desacuerdos sobre las condiciones españolas para su entrada en la guerra del lado de las potencias del Eje. Hitler consideraba a Franco un general sin carisma ni presencia física y, por supuesto, muy alejado del perfil de la Nueva Raza que quería extender por el mundo. La reunión fue un fracaso y Franco pensó que su suerte había acabado y que Hitler prefería a un loco como Mussolini para conseguir sus objetivos globales y, por ende, que su papel en la Historia iba a dar un cambio radical. No se hicieron esperar mucho sus malos presagios, pues mientras estaban reunidos en esa especie de paripé institucional y militar, las tropas germánicas se dispusieron a las puertas de las capitales más importantes de la Nueva España. Franco se había cubierto las espaldas con contactos anteriores entre la aristocracia europea para preparar un plan de huida si las relaciones con el III Reich se tensaban. A Hitler no le gustaban los privilegios adquiridos por nacimiento y, menos aún, la supervivencia de los privilegiados por encima de los trabajadores y trabajadoras que estaban impulsando el desarrollo del mundo en la realización de su Utopía. Por eso odiaba, sin ocultarlo, a reyes, duques y aristócratas mentecatos varios que poblaban Europa. Los consideraba auténticos parásitos y, en su fuero interno, anteponía el carácter de supervivencia de los judíos frente a las inútiles familias que pretendían vivir de las arcas estatales de los diferentes estados anexionados y no anexionados. Juan III debía quedarse exiliado o morir y, por supuesto, su primogénito, que arrastraba una tara psicológica no debería pisar jamás España. Dejó que Franco hiciera el trabajo sucio aniquilando los últimos bastiones de la República y no pensaba ayudarle más, como lo hizo en la masacre de la Operación Rügen de 1937 en Guernica. Prefería concentrar sus esfuerzos en luchar contra los resistentes y despiadados finlandeses, noruegos y rusos. Por eso, a su vuelta de Hendaya, los generales fieles a Franco, como el Ministro del Ejército, José Enrique Varela, y el de Gobernación, el coronel Valentín Galarza, así como el propio hermano de Franco, de los que recibió Hitler informes de la Gestapo sobre su espionaje y mercenariado a favor de los británicos comandados por Churchill, entregaron los poderes a Heinrich Himmler durante su estancia en España, que transcurrió entre el 19 y el 24 de octubre, mientras Hitler se reunía con el «payaso gordinflón» Franco, para que el III Reich entrara en posesión del que adivinaban sería un estado fallido con el ridículo Francisco Franco Bahamonde en la cúspide del poder. Dos meses después, toda España estaba bajo el poder del III Reich y, un año después, el 24 de diciembre de 1941, se quiso sellar oficialmente la adhesión a la Nueva Patria con la mismísima presencia de El Führer, en todos los hogares que ya tuvieran el nuevo invento importado de Berlín, la televisión (para el que Alemania fue pionero en marzo de 1935), y en todas las salas de cine, teatros y paredes de grandes edificios que permitieran una proyección y megafonía de alta calidad. Ese fue el Primer Dircurso del Führer en Navidad.
A veces pienso que cometí un error trayendo a este mundo nuevas vidas, personificadas en mis dos hijos. A veces siento pena, tristeza y todos los símiles posibles, al ver hacia dónde va nuestra civilización y, por ello, a veces, siento también vergüenza y remordimientos de estar viviendo como humano. A veces no confío en nadie, ni en nada de lo creado por alguien. Creo que todo está manipulado para convencerme de que estoy viviendo de prestado, como si tuviera que aceptar lo estipulado, lo aceptado por la mayoría, lo impuesto por los poderes visibles e invisibles y siento, aún más, la desazón absoluta y las ganas, el impulso, de desaparecer para siempre. Me obsesiona el tiempo, el paso del tiempo y la vaciedad de mi vida. La desaparición paulatina de las personas que amo, el recuerdo de lo que nunca volverá, la voz de mi padre que, cuando vivía, la sentía enérgica y desafiante, pero que ahora añoro por su dulzura en los buenos momentos. Y mis hijos crecen y se van alejando de mí, creando sus propias vidas de supervivencia en este planeta. Y huyo y me desdoblo mentalmente en el trabajo, en mi cotidianeidad, para no volverme loco y vacío. Sobrevivo el día a día con la esperanza de que algo muy bueno le va a alegrar la vida a los seres que quiero. Y mientras, escucho música. Mucha música. Y escribo. Para plasmar mis demonios, para lanzarme a otros mundos inexistentes pero en los que me gustaría estar. El día a día. Contando, mentalmente, los ciento ochenta segundos que me debe llevar el lavarme los dientes. Y mientras lo hago, canto. Y canto mientras leo, mientras barro, mientras limpio mi cuerpo de polución, mientras camino o conduzco hacia el trabajo, mientras piso un escenario, y cuando me bajo de él, mientras miro a los ojos a mi amada, mientras limpio de vaho mis gafas o los cristales del coche, mientras paseo el carro de la compra por el supermercado, mientras escribo esto, y mientras me estoy durmiendo, a la vez que veo destellos dentro de mis párpados cerrados, a la vez que escucho mi respiración en la distancia. Hola.