Matando el tiempo, dejando las millonésimas de segundo para el final.

Fotografía: Jesús Fernández de Zayas
(Dedicado al Doctor Javier Cabrera Darquea, difusor, para el mundo, de los Gliptolitos de Ica)
Craso error. Aspiraba polvos para estar inspirada pero expiraban sus neuronas, acercándose a la nulidad de su ser, en un cuerpo que supuraba maldad, pues la genialidad, si alguna vez había existido, se negaba a manifestarse, y el carácter se agriaba, y el espíritu se marchitaba con los altibajos artificiales de esa adrenalina fallida.
Una y otra vez, pulsando el botón de cambio de canal, sin dejar quieto el dedo, sin tener tiempo a fijar la mirada en ningún fotograma de ninguna de las películas que emitían en su momento, sin llegar a escuchar las risas enlatadas de ninguna de las series programadas en ese momento, en ese momento cuando el momento no existía porque no daba oportunidad para ello. Hasta que pulsó el botón con más significado, el del apagado. Y de vuelta a pulsar el cambio de programa, en ninguna emisión, en la nada. Y fija su mirada en la pantalla en negro se preguntó qué diferencia había: Ninguna.
Sus dedos índice y pulgar, los de la mano derecha, jugaban con los agudos, medios y graves de aquella mesa de mezclas, y por mucho que el sudor de su frente acompañara los nervios del incipiente comienzo de la prueba de sonido, no lograba hacer mínimamente soportable al oído humano aquella voz chirriante y lacerante.
Por muy buen técnico de sonido que fuera no podría conseguir que el resto de los humanos del planeta entendiera ni una palabra del primer discurso del invasor.
Ni con un número infinito de ecualizadores podría hacerse entendible la sentencia de muerte de aquel megalómano personaje hacia toda la especie humana.
(Dedicado a mis compañeros de profesión)