En una mano, el corazón, y en el corazón, una mano.
El pincel resbalaba suavemente por la tela color marfil. Acariciando sus poros, para que se acostumbrara a su textura. Memorizando las arrugas casi inapreciables. Sintiendo sus mates, sus posibles brillos. Preparándose y preparándola. Para evitar la sorpresa ante la traición. Ya cercanas sus manchas de pintura.
Me encaré al bodhisattva, con mis ojos fijos en sus labios, esperando la respuesta, que deseaba que nunca llegara, sonriendo por mi triunfo ante el público selecto, el que había absorbido su última enseñanza, de la que yo pretendía burlarme, y me quebré interiormente cuando sin mover un músculo facial me transmitió la verdad inconclusa sobre mi inexistencia.
Al siguiente lapso desapareció, junto con los otros.
A doscientos veinticinco kilómetros por hora no sientes el viento contra la cara, no sientes ni la cara, ni el cuello rigente, ni los brazos con los músculos a punto de llegar al límite de rotura en su tensión.
Sólo sientes la mirada del otro conductor, un segundo antes de que le quites la vida, de que te quites la vida.
En la mesa imperial. Cinco a cada lado. Con los antebrazos paralelos, a ambos lados de las carpetas de trabajo. La mirada, sin atisbo de sentimientos.
Bien trajeados, féminas y caballeros, pero con colores, como sus miradas, neutros. Rasurados ellos y enlacadas ellas.
En silencio, me miraron cuando flanqueé la entrada del despacho.
No me saludaron. Me esperaban y no cambiaron su neutral actitud.
Uno de ellos, el que parecía más joven, echó el asiento hacia atrás con un rápido movimiento de posaderas. Y se puso en pie, apoyándose con los diez dedos sobre la mesa de caoba. Y sonrió. Un pequeño instante dejó ver el blanco de sus dientes, antes de que su labio superior, adornado con un bigote bien recortado, casi no se moviera cuando en un tono, también neutro, me dijera:
– Está usted despedido.
Caí desmadejado desde la altura inverosímil. Caí descontrolado desde un pensamiento incierto. Caí tantas veces que perdí la cuenta. En el abismo de la incertidumbre, con un umbral del raciocinio inalcanzable. Pero cada vez que caí, volví a levantarme, para saborear el placer inmenso de vislumbrar tu gesto, que traicionó siempre tu intento de ser mi enemigo, porque cada vez que caí por tu culpa, te perdoné por tu culpa.
Nunca se sabe cuándo un texto va a recibir la aprobación de los lectores. Yo, que escribo mucho, escribí este relato el pasado 10 de septiembre, en un momento de inspiración que apareció, como casi siempre en mi caso, en un flash repentino, que me hizo escribirlo de un tirón, sin pausa, sin reflexión apenas.
Lo publiqué, inmediatamente, en la página web http://www.cortorelatos.com y recibió el primer comentario positivo, que me animó a compartirlo en otra página, http://www.mundopalabras.es, y los lectores que me han dado su beneplácito se han ido sumando poco a poco, por lo que me animo ahora a compartirlo en éste, mi blog, para que quede constancia de que a veces, la inspiración puntual y fortuita puede ser símbolo del éxito.
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