Mi sangre,
sabia savia que sabía
sembrar mi vida,
que yo saboreé
hasta que se escapó sombría.
El pincel resbalaba suavemente por la tela color marfil. Acariciando sus poros, para que se acostumbrara a su textura. Memorizando las arrugas casi inapreciables. Sintiendo sus mates, sus posibles brillos. Preparándose y preparándola. Para evitar la sorpresa ante la traición. Ya cercanas sus manchas de pintura.
Me encaré al bodhisattva, con mis ojos fijos en sus labios, esperando la respuesta, que deseaba que nunca llegara, sonriendo por mi triunfo ante el público selecto, el que había absorbido su última enseñanza, de la que yo pretendía burlarme, y me quebré interiormente cuando sin mover un músculo facial me transmitió la verdad inconclusa sobre mi inexistencia.
Al siguiente lapso desapareció, junto con los otros.