LUZTRAGALUZ. Capítulo 7

VII

   Compresión Intervalo Días 43-48.

   Justificar la nueva ola demográfica no les fue difícil a los sucesivos Sir Don que nos fueron repartiendo en pequeños grupos, primero, y en parejas, después, a lo ancho y largo de la isla-estado. Nos despegaron de los sabuesos Han y muchos fueron emigrados a otras ciudades-estado tan importantes como Nova Cydonia.

   Fue en esa repartición donde caí en la cuenta que ciento doce de nosotros éramos emparejados con otros ciento doce de lo que me acostumbraron a ver como de sexo funcional complementario. Así llamaríamos mucho menos la atención, nos decían. Solo se formó un trío, con el miembro descabalado.

   Nova Cydonia era un enjambre de ekstrim, en el que una minoría se jactaba de dominar la situación sociopolítica de todo el planeta. Se mezclaban entre los nativos, a quienes trataban como esclavos, defendiéndose de cualquier suspicacia foránea con el argumento del consentimiento mutuo e invisible: el estado de las cosas colocaba de forma sibilina, complacida, hasta cómoda, a cada uno en su correspondiente casilla de este gran juego de estrategia global.

   Por supuesto que solo unos elegidos conocían la misión sagrada de los forasteros, nosotros, a quienes insistentemente calificaban como habitantes de la luz.

   Nos sucedió que fueron muchísimos los pilotos visionarios que se anticiparon a nuestra cruzada robótica, como si una extraña red neuronal los hubiera interconectado y los hubiera despertado con una alarma profunda y serena que los tenía en guardia.

   Domenica y yo, yo y Domenica, ingresamos en una pretendida clase alta que creía ostentar el poder fantasmal del gobierno de la isla-estado y, con éste, el del planeta entero. Aprendimos modales y ritos característicos que nos mantuvieran ocultos a sus susceptibilidades. Sir Don Vinvent Vigius nos tuvo a cubierto de los curiosos en su humilde hogar, y allí nos aleccionó en pocos días de los vicios, errores y virtudes que íbamos a sortear en nuestro coto de caza asignado. Se ocupó de ponernos en contacto con los diferentes escalones de esa jerarquía ficticia en la que campaba a sus anchas una gran proporción de ekstrim vanagloriosos.

   Y el día señalado llegó.

   Hoy, Día 49.

   Bautizo.

   Allí, en Nova Cydonia, estar en el Palacio Mojammus era el mayor privilegio. Domenica y yo, pareja oficial de la aristocracia foránea, con títulos ampulosos que nadie iba a investigar.

   El palacio, que ocupaba buena parte de los terrenos neutrales anexos a la Cuarta Jaundüm, antes de que ésta se extendiera en los compartimentos estancos que estructuraban el Gran Laberinto Central (donde moraban los treinta y tres Ancianos Indamom, patrocinadores de nuestra misión), era un reducto donde el derroche se concentraba personificado en su guardiana, la Condesa Sufriente, que había aceptado de buen grado nuestras preliminares visitas acompañadas de rimbombantes historias y pedagógicos antecedentes.

   En el día de la fiesta se iba a dar la bienvenida a nuevos miembros e intuíamos que las defensas bajarían a favor nuestro. Por ello, cuando se nos nombró con un aparatoso ritual que nos presentaba oficialmente en sociedad, yo discutía con mi pareja la posibilidad de que se hubieran dado cuenta de quiénes éramos o qué éramos. Que simplemente miraran por la reacción violenta que había tenido para con nosotros uno de los malditos y rabiosos canes de la Condesa Sufriente, la de los continuos achaques, que atribuía invariablemente a los escasos cuidados decía le concedían dos verdaderos mártires: Sigmund y Loriana, servidores, de anatomía descaradamente robótica.

   Caminando entre los invitados de aquella aburrida fiesta, elegimos intuir que no todos los que nos espiaban de reojo eran ajenos a nuestra influencia. Más de uno dulcificaba con su complicidad la suerte de Sigmund y Loriana, pero ninguno osaba manifestarse para no delatar su condición. Mas decidimos abandonarlos, internándonos en los jardines que rodeaban el palacete.

   Y llegó el acontecimiento, único e irrepetible: Uno de los invitados chocó contra varios camareros, tirando bandejas de copas llenas y de canapés recalentados, corriendo entre empujones, como extasiado, poseído, pues no miraba a nadie, no atendía ni quejas ni llamadas.

   Fue desacelerando hasta casi impactar con los bajos setos que rodeaban la fontana central. Por suerte para ellos, los había visto a tiempo y no quiso pasar a través porque allí estaban las flores mágicas de la Sufriente, de sus amarantos exclusivos de auténtico origen indio, que hicieron soltar unos gritos de histeria a la susodicha condesa de pacotilla.

   Y se quedó como congelado ante el agua. Los surtidores lanzaban sus chorros hacia el cielo, las tres minicascadas hacían hervir el líquido en su caída. Y el aire se llenaba de minúsculas gotas en flotación que le humedecían de continuo la tersa piel de su cara y de los dorsos de sus manos.

   La gente sentada en los bancos de madera, y la que paseaba, se quedó maravillada ante aquella escena.

   Pasaron los minutos y los curiosos aumentaron. El grupo que le rodeaba recrudecía paulatinamente las burlas, pero nadie osaba tocarle.

   “La estatua”, como algunos lo llamaban, ni pestañeaba, atravesando con su mirada las trabajadas piedras que ornamentaban el cilindro central.

   Casi se podían atisbar algodones negros de próximas borrascas, y Domenica y yo rompimos el fuerte cordón de curiosos que nos parapetaba y nos acercamos pegándonos a la espalda de nuestro recién localizado, sondeado, y próximo a arrestar, ekstrim.

   -Bastardetes. Miraos y decidme si no veis más que engendros merecedores de la peor de las muertes.

   Insultando cercenaba el coloquio de los inútiles. Sabía que aquellas palabras no me obligaban a nada, pero le hablé.

   -Sacrifícate.

   Se dio media vuelta y, evitando el enfrentamiento directo, nos transmitió humildad con su mirada. Aquello nos violentó, pues esperábamos un ataque directo a nuestros sistemas inmunológicos.

   -No me paséis ahora factura de mis acciones. Sé que fueron, casi todas, compulsivas.

   Ante la estupefacción general, Domenica agarró fuertemente el cráneo del objetivo y yo levanté, en un acto semirreflejo, mi mano derecha, apoyándola con el dedo índice en el entrecejo. Y obró la infamia.

   El filamento negro, que surgió bajo la uña, empujaba, esquivando los borbotones de consciencia pasajera.

   -Somos aún más pequeños de lo que creía. Y somos demasiados. Como virus infectamos…

   Las palabras vacuas, inconsistentes, no me sorprendían. Relajaban mi disciplina. Exaltaban mi perspicacia.

   -Lucharé para sobrevivir…

   El ekstrim inició las convulsiones de su tronco mientras que fluían hacia mí las avasalladoras cohortes de números, líneas, impulsos fotónicos, y, entre ellos, un sentimiento, la cuestión más importante, la que de verdad le llenaba de incertidumbre: Saber qué hacía allí, por qué estaba y para qué era.

   Estrujé el simbolismo de aquellos gráficos, la cábala oculta de aquellos trillones de ideogramas. Domenica, en tanto, trasladó su mano derecha a mi occipicio y me apoyó, absorbiendo todo lo que derramaban mis nódulos fagocitadores. El contenido de aquella mente era asimilado pero no anulado totalmente. Como prueba de que era así, el ekstrim seguía capacitado para aprovechar los últimos estertores de consciencia, arengando a la cada vez más exigua multitud, que se debatía entre ser testigo de la ejecución o continuar disfrutando de los superficiales placeres que les ofrecía su aristócrata anfitriona.

   -¡De nuevo, el sentido de la discordia con lo que me rodea! ¡De nuevo, preparado para fracasar! ¡De nuevo, preparado para morir! ¡Traidores!

   En un principio pensé que a todos les debió de parecer cruel el método, pues los jardines se quedaron, sin tenernos en cuenta, literalmente vacíos.

   Hasta que no invertí el proceso y cedí parte de mi registro funcional básico al ekstrim, para que su aparato locomotor respondiera voluntariamente a nuestros requerimientos, pues no estábamos dispuestos a cargar con un peso muerto de diez quintales, no me percaté de que estaba cayendo una lluvia fina, que estaba embarrando los anchos paseos que, a modo de radios, partían desde nuestro emplazamiento.

   No supe dónde se produjo ni pude adivinar cómo o quién lo produjo, pero un apocalíptico estruendo lo llenó todo. Creo que Domenica se desorientó, pues se bamboleó espasmódicamente y a punto estuvo de caer de bruces sino fuera porque nuestro prisionero interpuso un recio brazo entre su torso y el barro.

   Y al crujido celestial lo secundó la negrura más cerrada imaginable. No distinguía ni mis propias manos aproximadas a escasos centímetros de mis oculares.

   No podría testificar sobre el estado de Domenica. Toda suposición estaría fundada en la similitud de nuestras conformaciones cibernéticas, no en la realidad de las reacciones encefálicas.

   Y la oscuridad dio paso a la blancura lechosa de una radiación incoherente con las leyes lumínicas.

   -¡Un punto de contacto con el humano es un punto de contacto con la incertidumbre!

   Supe que aquel blanco escondía secretos: El que hubiera aseverado aquella sentencia me conocía, nos conocía a todos, uno a uno y al conjunto, a la comunidad mental.

   -¡Las leyes de la física humana se rigen por la incertidumbre! ¡Nosotros corrompemos esa inexactitud!

   Pensé que subiría a la cúspide del monte blanco y las distancias se harían menores entre las palabras y sus contextos. Provocando esa distancia no hacían más que tentar la desestabilización, que me convertiría en el embrión de la nulidad. De entre todas las palabras, alguna, seguro, debía de tener sentido. Si me enfrentaba a ellas, dejaría de divagar, y permanecería intacto tras el ataque.

   Porque me afiancé en mi posición mental de que aquello no era más que un ataque, un vil, pero nada improvisado, ataque.

   Hoy, Día 49, Focodeluz.

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LUZTRAGALUZ. Capítulo 6

VI

   No tardó mucho el emisario en hacer presencia. Estrechó nuestras manos y completó su anterior bienvenida virtual con un ofrecimiento de los placeres de la ciudad-estado que se abría a nuestros supuestos deseos. Nuestra misión nos imposibilitaba hacer accesible nuestra identidad pues, como Domenica nos instruyó, existían más perjuicios que ventajas para la prosecución de nuestros objetivos.

   -Reconozco que son repelentes pero las barreras de confianza deben caer por sí solas. Los sabuesos Han nos ayudarán en la tarea. ¡Ah! Permitidme.

   Deduciendo que los sabuesos Han eran las pegajosas bolas videotransmisoras y que el lenguaje de aquel pueblo con el que nos íbamos a mezclar estaría recargado de rebuscados preciosismos estrambóticos, no nos sorprendió la gesticulante reverencia que nos brindó nuestro anfitrión para presentarse a sí mismo.

   -Sir Don Angus Agus, para serviros. ¡Adelante! Seguid mis pasos sin inhibición.

   Las hojas de la Jaundüm estaban completamente abiertas y el paisaje que se ofrecía a nuestros sentidos era del todo irreverente con el sentido común: Sir Don Angus Agus nos mostraba, con aspavientos de orgullo, un amplio panorama a derecha e izquierda rebosante de campos de cultivo, salpicados por las pequeñas islas artificiales que suponían algunas construcciones humanas, interrumpido únicamente por el camino que hollábamos decididos en pos de un próximo amurallamiento que adivinábamos en la distancia, y que Sir Don Angus Agus nos vaticinó como el siguiente control en el que nos abandonaría para dejarnos en las buenas manos de otro Sir Don tan hospitalario como él. 

   Nuestro enorme grupo no pasaba desapercibido a algunas gentes que trabajaban en las plantaciones, y que nos saludaban hasta que les dábamos la espalda.

   El adoquinado metálico, plateado, era completamente regular y los intersticios de los pequeños bloques estaban rellenos de un líquido dorado que no llegaba al nivel necesario para mojarnos las suelas. Lo que redondeaba esta curiosidad era la naturaleza de la vía, pues su aspecto de alfombra metálica era reforzado por el pequeño chasquido electrostático que sonorizaba nuestras pisadas.

   La temperatura del color de la luz reinante en aquel mundo subterráneo era tan elevada que mi termocolorímetro ocular la igualó con la que tenía un mundo medio de clase Terra. La explicación científica de aquel asombroso milagro venía dada por la interacción de la radiación de los agentes caloríficos de las zonas magmáticas de Terra XIX con los gases de aquella atmósfera interna.

   Domenica, que seguía mudo, había quedado un poco rezagado y no queriendo, quizás, hacerse notar, rehuyó la compañía de nuestro primer cicerone, investigando por su cuenta la naturaleza de todo cuanto nos rodeaba, situación y circunstancias, para ser complementado con cada uno de los otros doscientos veinticuatro análisis.

   Cuando todos nos detuvimos en seco, Sir Don Angus Agus carcajeó.

   -¡No teman! Si han llegado hasta aquí ha sido porque así lo hemos consentido. La hostilidad de estos servidores es sólo superficial. Los sabuesos Han son mucho más de lo que aparentan. Si ellos no han dado la alarma sobre sus intenciones, es que han sido aceptados y están a salvo de cualquier injerencia.

   Los servidores, con sus tres metros de alto y cuatro brazos potentemente armados con lanzas portabats, seguramente apabullaban con su presencia a los humanos, pero ésta no era la razón por la que se nos paralizó el ánimo. En la nueva Jaundüm no había goldueno, sino que un material traslúcido dejaba adivinar lo que nos esperaba una vez traspasada.

   La muralla que partía a ambos flancos era del mismo material. Y fue que lo que en la distancia nos había parecido una fortificación de maderas de pinazur no era más que la absorción de los colores de un lago que, a modo de foso, rodeaba la isla ciudad-estado Nova Cydonia.

   La columna de focos de luz se apelotonó en el embudo formado en la gran puerta, y el primero de nosotros en cruzar el umbral tuvo que aceptar el relevo de Sir Don Angus Agus mediante un fogoso abrazo.

   -Sir Don Adelbrandus Bradux, os dejo a cargo de estos engendros del Benigno. Dejadlos que hagan su trabajo y que se vayan en paz.

   Domenica se abrió paso y se puso en evidencia de tal manera que no hubo ninguna duda sobre quién era el líder de nuestra expedición. Haciendo una reverencia en señal de pleitesía hacia los dos caballeros, formuló la pregunta impertinente.

   -¿A quiénes llamáis engendros, buen señor?

   Sir Don Adelbrandus Bradux tomó la palabra después de haber ordenado a los dos titanes que nos obstaculizaran hasta que se aclararan las dudas de lo que denominó hembra audaz. El que le había abrazado optó por no retornar aún a su puesto de vigía-guardián de la primera Jaundüm para así poder secundar a su colega y salvar la credibilidad de sus inmediatas aseveraciones.

   -¿No os vale con haber sido aceptados de buen grado? Creo que vos estimáis que nosotros sabemos algo sobre vosotros que no os conviene. Pero ya os avisó mi buen señor Agus El Centinela de que los Han no monitorizaban solo vuestras, hasta ahora, coherentes acciones. Sabemos, pues, a qué venís y lo que esperáis encontrar. Los millones de tentáculos de El Creador están bien aleccionados y vosotros, focos de luz, habitantes de la luz, debéis aprovechar la ocasión que os brindamos para aceptar nuestra cooperación en las aperturas de las mil puertas de todos los parásitos destructores infiltrados en el organismo de nuestra civilización. No queremos volver a huir y agradecemos a El Creador las esperanzas de perpetuidad de nuestra resurrección.

    Domenica, la hembra, giró sobre sus talones y miró directamente a los oculares de los que tenía en su campo visual, asintiendo con una caída de párpados, señal que se fue transmitiendo entre los demás hasta abarcarnos a todos. Mi compañero, que compartía características de género con otros del grupo, acató la nueva fase de nuestra programación y decidió aceptar lo evidente.

   -Mi buen señor. Sea lo que es, sea lo que deba ser. Nos tenéis a vuestro servicio y partiremos en cuanto os dejemos libres de la ambición dominadora de los pilotos visionarios.

   Hoy, Día 42, Focodeluz.

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LUZTRAGALUZ. Capítulo 5

V

   Hoy, Día 42.

   Mi mente estuvo unida a la máquina, inmersa en un estado pasivo de disponibilidad, y cuando hube regresado al modo operante, me gratificó enormemente verme desvinculado del retén de emergencia: Si algo hubiera ido mal durante el viaje, los doscientos veinticinco pasajeros nos habríamos convertido en tripulación activa, imbricándonos con el plan automático de vuelo para llevar el carguero a buen puerto.

   Desde la órbita estacionaria, éste era una nodriza que se abrió el vientre y soltó en cascada sus retoños mecánicos que, con una docena de nosotros dentro, ponían a prueba sus escudos antifricción en caída libre a través de la atmósfera y de las bocazas con las que nos tragaban unas inhóspitas tierras coloradas.

   Cuando Domenica me invitó a salir al exterior, creí que bromeaba: Terra XIX era una inmensa gruta cuya profundidad se perdía en el horizonte subterráneo, con una oscuridad rota en puntuales zonas, justo muy cerca de galerías laterales que debían de llevar a otras grutas, que yo adivinaba serían tan inmensas como la que estaba contemplando gracias a mi visión infrarroja. Y sobre nuestras cabezas, el hueco de ingreso, terminación de un canal de espiral que comunicaba con la superficie, por el que se había deslizado nuestra nave en desaceleración de planeo.

   Prejuzgar no es una buena filosofía, pero qué podía pensar de una civilización que se desarrollaba en tan extrañas circunstancias.

   -Es un modelo de desgaste, de erosión artificial, cuando los humanos que habitaban la superficie tuvieron que guarecerse del gran cataclismo que supuso el ultrarrecalentamiento de la atmósfera…

   -Y los ekstrim, claro, huyeron con ellos.

   A Domenica no le satisfizo nada la interrupción, y menos aún que fuera causada por la ingenuidad de un inminente bautizado, que debía ganarse su estima con algún episodio de audacia cinegética.

   -Los ekstrim jamás huyen, sólo se adaptan. Métetelo en tu cabezota.

   Mientras que nos desperdigábamos por el mundo subterráneo, Domenica me demostró que, aunque aquélla era la primera vez que lo pisaba, sin embargo, se había documentado sobre el medio en que íbamos a movernos con el fin de inocularse la mejor vacuna contra la transmisión de la intolerancia. Asumiendo los recursos, la tentación de caer en cualquier tipo de osadía, sería extinta.

   -Se cree que los ekstrim provocaron una hecatombe termonuclear para llegar al punto en el que los humanos de este planeta están, a fin de crear un nuevo sistema de civilización donde el control sobre los mismos fuera supremo. Y por eso estamos nosotros aquí, para evitar que el mal sea irreversible. Tenemos que devolver a estos terráqueos su orgullo, su libertad.

   Los adelantos tecnológicos les habían permitido crear ciudades a lo largo y ancho del subsuelo, y era hacia sus luces a donde nos dirigíamos.

   La programación se hacía efectiva siguiendo el plan de rastreo designado, y cuando la caverna se entroncó con una nueva intrusión cortical, los infrarrojos de nuestro sistema óptico fueron mermados. El corredor lítico resplandeció y nuestros pasos comenzaron a ser espiados. Unas videoesferas vidro del tamaño de un puño flotaban en torno a nosotros sin interrumpir en ningún momento la apurada marcha.

   El pasadizo ascendía y descendía en múltiples zigzag horizontales y parecía no tener fin, hasta que Domenica, que me precedía en unas cuantas cabezas, desapareció de improviso y el foco de luz que lo seguía se detuvo en seco, anunciando a los demás que tenía ante sí una suerte de tobogán de declive casi vertical que se perdía en la oscuridad.

   Debatimos sobre las expectativas y me lancé el primero en busca de mi compañero, deslizándome vertiginosamente sin pensar en cuál sería el resultado de aquella pequeña aventura.

   A medida que caía, notaba que una corriente de aire llegaba desde lejos, suave al principio, intensísima a medida que se adivinaba una tenue claridad en lo que debía de ser la desembocadura del deslizadero, que me iba frenando con su choque frontal y desgarraba en tensión los flexotensores del cuello en mi intento de mantener erguida la cabeza para no perder detalle de lo que me antecedía.

   El ángulo de incidencia se fue abriendo hasta permitir que todo mi largo rozara con la superficie del tobogán y que, no pudiendo resistir la tensión, mi visión se llenara con las rugosas paredes del hemicilindro que por encima de mí iban pasando.

   La horizontalidad frenó la caída y la inercia la amplió, hasta detenernos bajo una luz día que nos mostró una muralla dorada que ya Domenica estaba palpando. Si uno torcía la cabeza hacia la derecha, veía más muralla interminable que se perdía en el horizonte. Si lo hacía hacia la izquierda, ésta era tragada a unos pocos cientos de metros por la oscuridad más densa.

   Un gran portón del mismo material se levantaba ante nosotros, y mientras iba llegando el resto, y los que estábamos estables de pie sorteábamos las embestidas de los que terminaban su resbaladizo trayecto, Domenica dirigió su biorradar hacia las alturas, donde pretendidas nubes llenaban el techo existente entre el acantilado que nos había vomitado y la refulgente fortificación.

   -Espero que mi información sea exacta.

   Las esferas espías, que aparentaban habernos abandonado, hicieron silbar el aire cuando llovieron desde aquellas nubes hacia nosotros, incrementando su número en igualdad al nuestro.

   -Existe una superficie especular que parece recubrir toda esta bóveda que nos engaña con el efecto óptico de distancias inconmensurables hacia lo alto para ofrecer la sensación visual de morar bajo un cielo abierto.

   -¿Morar? ¿Quiénes?- varios de nosotros interrogamos a Domenica mientras simulábamos sentir indiferencia por nuestros marcadores, que estarían enviando nuestras videoimágenes a los enigmáticos sujetos de nuestra pregunta.

   En la gran puerta de goldueno, metal equivalente en color y maleabilidad al oro gaiano, estaban depositadas nuestras esperanzas, y la pequeña vibración que se dejó sentir bajo nuestros pies anticipó que las macizas hojas empezaban a girar sobre sus pernios.

   La mitad de las hostigadoras esferas encendieron sus superficies con un baño de fotones, dibujando un mapa de intensidades que se concretó en un rostro sonriente y parlante.

   -¡Sed bienvenidos, habitantes de la luz! ¡Pasad y sed con nosotros! ¡Atravesad la Jaundüm y dejadnos ser vuestros!

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LUZTRAGALUZ. Capítulo 4

IV

   Hoy, Día 3.

   Varios focos de luz fuimos aleccionados en el cerco al ekstrim y en el subsiguiente ceremonial de apertura de las mil puertas.

   Cómo maniobrar en la sibilina circunstancia del prendimiento, con los premeditados y automáticos movimientos que finalizan en la profanación del individuo objetivo.

   Coraje.

   Yuxtaposición de las abstracciones de los análisis, síntesis y comparaciones aportados por los miles de billones de bits contenidos en ambos hemisferios, y el torrente que había que embalsar en el símil de cuerpo calloso, para luego desconsagrarlo con el pinchazo-taladro vaciador-trasvasador y la inoculación de la vacuna lobotomizadora.

   Las bestias no razonan.

   Me acoplaron un compañero llamado Domenica con el que se suponía debía compartir misiones. No lo había visto en el horno de convicción por lo que supuse era de anterior promoción.

   Con su voz, suavemente aguda y susurrante, me habló de lo que esperaba de mí, pues parecía ser que su anterior pareja lo había decepcionado en demasía, aunque no me especificó en qué.

   -No tengo autorización para darte los detalles. Olvídate de él. Lo que te propongo es que estés ojo avizor y que tus reacciones sean más instantáneas que las suyas. Dentro de media jornada saldremos al exterior y te enfrentarás con la realidad de los datos que te han sido cedidos en programación.

   Me sentía plenamente preparado, pero lo que no esperaba es que nos metieran a doscientos veinticinco en un carguero rumbo a un mundo del que solo nos dieron el nombre en los mapas estelares.

   -¿Has estado alguna vez en Terra XIX?

   Domenica confesó que era también su primera vez y que le parecía buena idea que nos enviaran a un planeta en el que, salvo por la experiencia adquirida, estuviéramos en igualdad de condiciones.

   -Así nos cogerán por sorpresa los mismos hábitos y apariencias sociales. Es emocionante desembarcar en un virgen.

   Me explicaron, entre todos los veteranos, que un virgen era un mundo en el que andaban a sus anchas el cien por cien de los ekstrim, y que éramos catapultados hacia él porque estaban a punto de cumplirse las condiciones para provocar una Gran Muerte local.

   Me impresionó el tamaño del anillo magnético incrustado en una gran barrera de inercia. Me impresionó la soledad del páramo, que se hacía más radical tras la barrera. Las torres de anclaje y sus huecos antigravedad iban engulléndonos.

   -Los servidores pilotos permitieron, en su día, que se llevara a cabo el primer viaje piónico. Las ingentes aceleraciones destrozaban a los Jefes. Sólo nuestros cuerpos inorgánicos y nada quebradizos permitieron el milagro- las lecciones de Domenica, así lo aprendería con el tiempo, rellenarían todas las lagunas de mis registros mnemohistóricos, y su embelesadora voz, a la que ya me estaba acostumbrando, me hacía volar con el pequeño sector de imaginación que se nos permitía-.

   El anatomórfico acolchado me sujetó con el vacío creado en el espaldar. Domenica no estaba a mi lado. Sus formas lo clasificaron para ocupar otra casilla en el compartimento de carga. Creía verlo a lo lejos, pero los infrarrojos selectivos no me aseguraron que fuera el de las gráciles formas que se dejaba ceñir al otro lado del brazo de espiral.

   De nuevo, otra sonda craneal me traspasó el vínculo sagrado. Conectado, iba a presenciar el despegue como si fuera parte integrante de la nave. Conectado, iba a sufrir los efectos atenuados que iban a estremecer la estructura de la kilométrica tobera magnética.

   Me relajé, desconecté los oculares, y me sumergí en las reacciones que tenían lugar en la planta motriz: la aniquilación mutua entre protones y antiprotones y la producción de los piones, que nos empujarían a nuestro destino a la velocidad de la luz; la tobera los canalizaría y el gran anillo los encauzaría hacia el vacío estelar y, al otro extremo, nuestros cuerpos casi rozarían las estrellas en un suspiro.

   Focos de luz a través de la luz para sembrar oscuridad.

   Hoy, Día 3, Focodeluz.

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LUZTRAGALUZ. Capítulo 3

 III

   Hoy, Día 2.

   Se nos llevó a un lugar llamado La Catedral, donde altas y robustas columnas apuntalaban un escenario único en el que cientos de focos de luz eran sintonizados en una suerte de horno de convencimiento, y acabamos sentados en interminables hileras de escabeles de aluminio, lo que nos llevaba a apoyar nuestras manos sobre las prominentes rótulas, dándonos el aire de apaciguamiento, uniformidad y servilismo que nuestros instructores buscaban mostrar a su superior, ese alguien invisible en las sombras y al que supe llamaban Gran Jefe.

   Mirando a ambos lados de mi cara, creí ver que se multirrepetía mi gesto, y aunque la realidad se ceñía a un eco fáctico, el trasfondo de aquella acción englobaba el efecto de la red funcional a la que todos estábamos enlazados. Una cimbreante sonda les traspasaba el cráneo, y yo, como actor de aquel eco fáctico, debía de estar sufriendo la misma táctica en el mío.

   Semiencogidos, y asaltados nuestros pensamientos, fuimos aleccionados con lo que se esperaba de nosotros. Los datos matemáticos, ideográficos, abstractos en definitiva, iban siendo trasvasados a nuestros bancos e íbamos siendo puestos en antecedentes sobre nuestra misión.

   El ambiente de La Catedral me era extraño. El silencio era roto a veces por un difuminado ronroneo, y la frialdad desatada por la temperatura de la luz, que daba a todo un color verdoso, me colocaba en un estado de aislamiento difícil de calibrar. Allí, acompañado por una multitud que era una conmigo, decidí indagar en el porqué de mi entidad, y el colectivo robótico al que estaba enlazado me dio su respuesta.

   Debía de estar pasando lo mismo por la mente de más como yo, pues la solución a los enigmas no fue individualizada.

   No sé cuál debía ser el ceremonial de mis puertas neuronales, pero sé que las redes corticales de mi sistema fueron estimuladas por el hipocampo, y mi memoria antigua se reactivó, embarcándome en la aventura de mi nacimiento, el primigenio, de mi faceta como ekstrim, piloto visionario, y de la súbita erradicación de mis actividades y el reingreso en la oscuridad mental.

   Fue el desarrollo de la neurona de silicio lo que llevó a los tecnólogos a elucubrar sobre las posibilidades del recubrimiento orgánico del titanio y la combinación de aparatos locomotores artificiales con réplicas musculares, de los sistemas vitales reestructurados con tecnologías microinformáticas y con la genética del carbono.

   Soy el fruto de una pirueta. La que un colectivo de pioneros realizó con el sistema nervioso y el cerebro: microcircuitos integrados instalados en caldos biológicos de máxima complejidad en los solapamientos químicos, dando lugar a los biochips moleculares que habitan en mi encéfalo.

   Fue la única salida válida al sinsentido de las mutaciones que se fueron instituyendo en la especie humana debido a la osadía de la biónica.

   Es curioso, casi podría afirmar que mi padre es un hombre hecho monstruo: el cibernauta, el cyborg astronáutico.

   Mientras que el contenido de información histórica saciaba mi sed indagatoria, la sensación de alienación se potenció cuando percibí la presencia de El Creador.

   La raza humana quiso dejar de ser planetaria y se lanzó a ser una malformación espacial: el hombre creó al superhombre, al cibernauta, mediante manipulaciones en su genotipo que, obviamente, se hicieron hereditarias. Y el objetivo no justificó aquellos medios. La ética ganó aquella jugada.

   El Creador informó al Gran Jefe del riesgo que detectaba en aquella gran masa cibernética de un desliz no aislable e ilocalizable. Recriminó duramente sobre la ligereza de los últimos controles de calidad. Se habían relajado en la selección y era incuestionable que se había producido la filtración de un espécimen no deseado que podía infectar al resto creando una masa crítica de inmanejables.

   Siguió bullendo la autoindagación con el flash de la idealización del primer servidor no humano.

   De basta construcción pero de indudable funcionalidad. Aquél era el primer eslabón en una cadena de éxitos exploratorios que llevaría al ser humano a salir de su encierro planetario. Los servidores irían ampliando los confines del Universo conocido y los humanos irían asentándose en todos los mundos geoafines.

   Chocó brutalmente, avasallando a través de la sonda intracraneal y fue ganando terreno sobre la corriente de autoconsciencia. La vacuna, una vez asimilada, igualaría todos los estados corticales de los conectados. El Creador había creído aplastar los análisis críticos de sus súbditos. Pero antes de silenciar completamente al hereje, un pensamiento escapó de entre los golpes del ariete antivírico y se abalanzó contracorriente sobre la omnimente.

   “Aún no sé que diferencia existe entre los ekstrim y nosotros. Ellos son fieles a su programación, independientes y enemigos de los humanos…”

   Misión adjudicada. Falsas apreciaciones anuladas.

   “… Nosotros, traidores.”

   Cuando la sonda me abandonó, encendí los oculares y el eco fáctico se reanudó.

   Las primeras filas habían sido evacuadas. Un orden preciso. La alineación, aplastante. Me preguntaba si los demás tenían aquellos pensamientos o era yo el único.

   Un apretón de manos del que esperaba a la salida de La Catedral. El Gran Jefe me estudió severamente y sesgó, con esta deferencia, la fluidez de los que me habían precedido y de los que me seguían. El Creador le había abandonado físicamente. Me susurró al oído izquierdo, rompiendo el protocolo, para que los demás no escucharan.

   -Modales extraños los tuyos.

   Fue en ese preciso momento cuando me di cuenta de que yo era, y no otro, la comprometedora y comprometida manzana podrida.

   Hoy, Día 2, Focodeluz.

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LUZTRAGALUZ. Capítulo 2

II

   Hoy, Día 1.

   Comienzo Diario interno. Comienzo Reprogramación.

   Lo primero que quise hacer fue mover la mano izquierda. De pronto, se extendió queriendo formar una estrella con las cinco prolongaciones, algo imposible por la oposición de una de ellas y por la dura membrana que las unía y fijaba en un ángulo cerrado.

   La otra, la derecha, se resistía a doblar las falanges. Rígidas. Logré, con supremo esfuerzo, hacer una piña con los dedos y el puño vibró bajo la tensión de los tirantes-flexores.

   Entonces, los biochips mandaron la orden y encendí los oculares y… me asusté. Me asusté de mi propia imagen rebotada en un espejo de cuerpo entero puesto frente a mí. Cuando deduje que era yo, y no otro, quien ponía aquella cara de estúpido, me animé a dar un primer paso para salir de aquella situación de estatismo.

   Las dos columnas que me mantenían bípedo, estable, debían de ser potenciales transportes para mi tronco, pero eran inútiles, pues eran abrazadas por un dispositivo inmovilizador. Deduje que, en cuanto pensara en ello, las desbloquearía y andaría hacia la salida más próxima. Decidí que aquél debía de ser un acto reflejo, así que esperé que mis biochips ejecutaran la orden.

   Y lo hicieron. Y caí de rodillas. Y, por supuesto, no sentí dolor. Seguía atenazado, solo, impotente. Esperando a ver qué pasaba. Y los únicos que pasaban eran los minutos. Y lo único que había era mi otro yo del espejo, en postura de súplica, de humillación.

   Y decidí esperar, autoimponiéndome el modo de ahorro de energía, hasta que otro ser, artefacto o ingenio se dignara sacarme de mi postración.

   -¡Si siguieras ekstrim, hace tiempo que serías libre por ti mismo!

   Sabía que estaba muy cerca de ser un robot, un esclavo para los humanos, y que mi nueva estructuración circuital no permitía borrar todas las lagunas en mi memoria, sino que, por el contrario, debía llenarlas con los nuevos elementos propios de los sistemas clave foco de luz. Una pátina residual lo cubría todo, la de un cierto recuerdo de mis antecedentes.

   El silencio se fundió con la tenacidad de mi sobresaltado sentido de la intuición. La soledad terminó con la explosión de la supernova datídica.

   Adelanté una mano para intentar tocar mi imagen. Craso error: El espejo se diluyó y su estado de viscosidad palpitante dio paso al absurdo de un díptico descomunal, una representación inocua de la integración de mis seres paralelos. El díptico tenía doble sentido y requería del espectador plena concentración. Hileras interminables de soldados serviles que presentaban un espacio vacío para ser ocupado: mi destino.

   -¡Has sido elegido porque se infiere que serás merecedor del respeto de El Creador!

   Las hojas del díptico se plegaron y éste se volatilizó. Yo aún postrado, yo aún indefenso.

   Y del recinto donde había despertado a la nueva vida sólo quedaba el piso sobre el que me creía ciego. Los grilletes se abrieron y accedí a la libertad del autotransporte. Con paso rígido, al principio, fui descendiendo por una rampa multiespecular hasta encontrarme cara a cara con la desnudez de uno de mis hermanos, pues así fue como él mismo se presentó.

   -Bienvenido, Focodeluz, sígueme donde los otros y comencemos a ser.

   -¿A ser qué?

   -Limítate a seguir vivo y a cumplir tu programación. ¡Quédate rezagado y en el siguiente ciclo despertarás inservible!

   La ancha banda por la que descendíamos al encuentro del mundo exterior era interminable. A cada cincuenta pasos se nos sumaba un nuevo hermano foco de luz, cada uno con sus ojos ávidos de ser, de comenzar la labor patrocinada por la simplicidad de un único objetivo: Existir. A todos, con sus rostros ingenuos, recién incorporados, como yo, a la cadena, se les adjudicaría apelativo e historial de camuflaje social.

   Yo, por razones de seguridad, no me autonombraré con mi apelativo asignado.

   Yo, antes que ingresáramos dentro del Punto Cero, donde se nos personificaría con vestimentas y complementos varios, decidí que mi anonimato me salvaría del sacrilegio que supone este registro interno.

   Hoy, Día 1, Focodeluz.

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LUZTRAGALUZ. Capítulo 1

I

   Él, llamado Adeldran, vigilaba todas las entradas a su miserable escondrijo. Antes, lo sintió como hogar. Ahora, era un recluso que solo salía para la caza del nutriente que lo mantuviera estable.

   Escribía a la antigua usanza, porque se había desprendido de los artificios cibernéticos con los que podrían localizarlo, ya que trazaban señales de baliza en la red.

   El teclado hilvanaba letras en palabras, palabras en frases, frases en una vida.

   En un estante caían, abatidas, las pruebas de su testimonio. Las pantallas no volverían a iluminarse y el placer que una minoría encontraba en el trabajo de decodificar historias, o enseñanzas, a partir de unos grafos interconexionados en cronolíneas, estaría tan agotado como las baterías de los lectolibros.

   Rojo de ira, tecleaba sin pausa, tan incesantemente como caían las gotas de sudor sobre su regazo. Sólo le distraían los ruidos extraños, que le ponían los latidos en la boca, en el tic incontrolable de los labios. Temía que no le diera tiempo a justificarse ante lo invisible.

   Desde hacía algún tiempo, los paseos dejaron de ser relajos. Mirando siempre hacia atrás, porque en las sendas escuchaba pisadas que herían por su inoportunidad. Estar solo y creer que miles de ojos observan para juzgar. Pero nunca había nadie a quien acusar. Sólo su paranoia.

   El testigo se encendió parpadeante acusando la pronta descarga del cartucho de tinta. Cuanto menos tenía suficiente como para llenar otro par de folios. Se levantó a prepararse un refresco, y, tintineando los cubitos de hielo negro, decidió que mejor se los restregaba contra los párpados, contra las sienes y la nuca, y así dejaría de escuchar rumores fantasmales, silbidos lacerantes, pasos vacilantes.

   -¡¿Qué?!

   -Las balizas de seguimiento están en el aire, están en ti.

   Una mano le tenía atenazada la cabeza. Le habían sorprendido. Se preguntaba cómo pudo haberse distraído. Ahora ya no tendría la más mínima posibilidad. Era la presa de unos cazadores sin ningún atisbo de compasión.

   -¡Eres un ser tan frágil!

   Eran dos.

   -¿Acaso crees que eres muy distinto de nosotros?- saltó sobre él la hembra, arrancando los papeles del lectovisor.

   Ojeó en una fracción de segundo el contenido y recriminó.

   -Pobre Adeldran. ¿De veras crees todo lo que escribes?

   Él la miraba con un pánico intenso, con el cuello rigente, inoperante ante la llave con la que el masculino le estrujaba el cuero cabelludo.

   Ella se sentó sobre la mesa, y a una señal para que el otro no le permitiera levantarse, apoyó su mano derecha sobre la frente sudorosa del escritor, y abanicando, con la otra, los papeles frente a su rostro, sonrió convencida de que lo que estaba a punto de decir era la sentencia que la víctima no esperaba.

   -Has llamado demasiado la atención con tus proclamas dogmáticas. Cantabas a leguas que eras un objetivo. Lo subliminal de tus métodos conversivos atrajo el interés de El Creador. Tus obras eran pura demagogia inculcable en potenciales demagogos. Los que repelen a El Creador, los que nos repelen a nosotros, a los que son como tú.

   -¡¡¡Yo nunca…!!!

   -Tú… siempre.

   Un dedo, el índice, presionó el ceño de Adeldran, y una púa se lo agujereó.

   Pensó que estaba a punto de despertarse y darse por enterado de que sus traumas habían aflorado. Demasiadas horas en vigilia. Que efectivamente estaba soñando, extenuado, calenturiento, sudoroso.

   Él, llamado Adeldran, dejó de ser piloto visionario. Transmigrado. Estrella fugaz de efímera estela.

   Preparado para volver a nacer.

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LUZTRAGALUZ

Estimados amigos lectores:

Os presento, a continuación, mi última novela corta publicada, Luztragaluz, en la que se narran las aventuras y desventuras de un androide muy especial, Adeldran.

Las próximas quince entradas en este blog serán los quince capítulos de esta novela.

Espero que os guste y que me escribáis muchos comentarios.

El mundo cibernético se ha expandido tanto por Gea Terra Gaia y todos los planetas colonizados, las Terrae, que la humanidad ve peligrar su hegemonía frente a los ekstrim, robots con apariencia y psicoimplantes humanos. Para erradicarlos, cuenta con los focos de luz, ekstrim reprogramados para la caza, anulación y conversión de otros ekstrim.

Adeldran, un foco de luz muy especial, se irá cuestionando la razón de esta situación y nos irá descubriendo los vericuetos ocultos del Sistema.

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JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO 12. EL FINAL

EL FINAL

SEGUNDA PARTE

XII

-¡Os suplico, oh, queridos míos, que no sufráis mi pérdida! ¡A estas alturas vuestro desapego debe de estar ya maduro! ¡Y si no es así, ésta es la prueba que necesitáis para autocapacitaros en el no-sufrimiento por la ausencia del objeto amado!
Un millar de cuerpos comprimían bajo su peso un amplio sector del césped, blanqueado por los fríos copos estacionales, enmarcado en el gran patio del Gran Mandala de Recogimiento Universal.
En el punto central del mismo, Lam Am levitaba gracias a una inversión de campo gravitacional inducida en una pequeña plataforma circular.
-¡Dentro de pocas horas entraré en el Estado de Gracia!
El millar de gargantas corearon al unísono, cual mantra meditativo, el nombre de su salvador.
¡Lam Am no es, nadie es! ¡Pero servimos al Plan, y eso es lo importante! ¡No hay personalidades! ¡No hay protagonismos!
La vibración adquirida por el ambiente fue absorbida simultáneamente por los billones de células vivas presentes en ritual.
Y el cielo oscurecido por la noche profunda se tornó brillante, cegadoramente brillante, aunque los párpados bajados no permitieron la tortura de las pupilas. Había sido sembrada la semilla.
Lam Am moriría, pero tanto su muerte como su vida no serían en vano. Moriría feliz sabiendo que el trabajo continuaría por siempre de la mano de aquéllos que habían entendido las trascendentes razones del Plan.
Tras abandonar la levitación, creyó que se desvanecía.
Pensó que en menos de treinta minutos del horario unificado, debía retirarse a sus aposentos y cruzar el umbral que le llevaría al no ser, al no existir, y a la total expansión de su no ser ni existir. No siendo ni existiendo, sería todo a la vez. Y temía que volvería a integrarse en otro cuerpo, en otra energía quizás.
No apego. Lam Am ya era alguien olvidado. Quizá Johanna, después de su gran revelación, no sintiera nada por él. Eso era la perfección.
Pisó con sus descalzos pies la nieve de frío neutro a sus sentidos. Dejó tras de sí a la gran multitud de Aceptación, e ingresó en su retiro personal.
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Se acostó en la única habitación vacía de la que disponía. No era necesario opacar los ventanales. Ya la luz no le molestaba, pues él mismo era parte de esa luz.
Solo. Completamente relajado, se dejó llevar.
Ya Shainapr no aparecería.
Inspiró y espiró concienzudamente un centenar de veces.
Cuando finalizó la última tanda de respiraciones, anuló la función pulmonar.
Pensó en Johanna, y en la sangre que aún circulaba por sus venas y, voluntariamente, detuvo su corazón.
En su mente en blanco visualizó su idea energética de Dios. Cuando le agradeció el haber vivido, desactivó su encéfalo.
Y no se reconoció en un principio, pero era él el que se hallaba transformado en un halo refulgente que se precipitaba inconscientemente hacia un gran pozo de inmaculada blancura.
Y fue cuando se fundió con él, cuando captó, sin lugar a dudas, el “Bienvenido, al fin estás conmigo”.
Perenne Paz.
Perpetua Armonía.
Regocijo inmenso.
Y todo, inefable.

JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO 11

SEGUNDA PARTE

XI

-¡Querida mía! ¡Volvemos a estar otra vez juntos!
Desde que Lamaret se ha convertido en algo más que un simple mortal, no ha tenido ocasión de volver a contemplar la imagen protectora de Johanna. Los dos han envejecido físicamente, pero el sentimiento que siempre les ha unido sigue tan fresco como en el primer día en que se conocieron.
-Johanna. He terminado mi misión. Quiero hacerte partícipe de mi futuro inmediato.
-Cariño, quedémonos así, como ahora, eternamente.
-Puede que…
Las palabras resultaron ahogadas por el acercamiento de sus labios. El roce íntimo de sus alientos, acompañado de esa mirada profunda que sólo los enamorados saben lanzarse, acusó en la pareja un intervalo de inconsciencia.
-Johanna. Voy a morir dentro de poco. Pero no te apenes. Te lo ruego.
A Lam Am no le gustaba perder el tiempo dando rodeos para decir las cosas. A Lamaret no le gustaba sufrir las reacciones de las personas a las que aplicaba sus palabras.
-¿Que no me sienta triste por tu pérdida? ¿Por qué tiene que ser ahora, cuando hemos alcanzado la felicidad casi absoluta?
La felicidad casi absoluta. Lamaret la buscó durante mucho tiempo. Justamente por ser feliz se dedicó a la política, porque veía que así podía hacer algo por los demás. Ahora, como Lam Am, se ha dado cuenta que un ancla, su ego, le impedía navegar en pos de ese objetivo anhelado.
-Ése es el Plan.
-¿De qué plan hablas, Merdik?
-Apaga tus ojos. ¡Ciérralos, por favor! Parte de la verdad te será mostrada.
Era lo auténtico. Lo que era esperado.
-¡Shainapr! Aquí nos tienes.
Pasaron varios minutos. Silencio. Sólo dos formas sentadas en la penumbra. Calmas. Se diría que vacías, huecas, sórdidas. ¡Tan lejos de lo real!
Eran pues dos tormentas sin truenos, sin rayos, sin lluvia. Con amor intenso. Y el mensaje les fue revelado.
-Puedes volver, si quieres, Johanna.
Así lo hizo. Levantó sin prisas sus livianos párpados y sus brillantes azules se humedecieron.
-¿Entiendes ahora el porqué? ¿Estás aún apenada?
-No, Merdik, no lo estoy. Es por gozo ilimitado por lo que no puedo reír sino llorar.
-Gracias, Johanna. Gracias, Shainapr. Ahora puedo abandonar este cascarón inservible.
Se abrazaron largamente. Se miraron amablemente. Se hicieron el amor intensamente. Tanto de todo que no existió despedida.
-¿Nos volveremos a ver?
-Seguro, en otra vida. Pero no hace falta que me esperes.
-No, ya no lo haré.
Al terminar el último reencuentro, Johanna partiría para un nuevo destino, donde infantes de todas las edades le esperaban con los brazos y los ojos abiertos por la esperanza renovada. Hasta que llegara su hora, había decidido ser de los demás.
-Hasta siempre, mi querida. Hasta siempre, Johanna.
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-Tan, puede dejar ya pasar al señor Seedus.
Nunca había tenido ocasión de hablar con él en persona como Lam Am. Durante una temporada, sufrió su influencia, pero no su presencia.
Contrariamente a como siempre había sido su costumbre, Thomas Seedus entró en la estancia cabizbajo, derrotado.
-¿Dónde habías estado?- la pregunta no era recriminatoria en absoluto.
-Lamaret, huí como un cobarde. Pero sé que lo importante es que ahora esté aquí.
Un espíritu quebrantado por los remordimientos. No por lo que había promovido o por los pasos que había seguido en su propio adoctrinamiento personal. Remordimientos por lo que ahora estaba a punto de acometer.
-¿Qué has estado haciendo?
-Reflexionando, Lamaret, únicamente reflexionando.
Se había dado cuenta de que había sido manejado.
-¿Y a qué conclusiones has llegado?
-Quizá el asunto del agua fue una excusa, ¿no es así?
-Quizá- la serenidad extrema alisaba las arrugas de su marchito rostro-. Ni yo mismo lo he comprendido muy bien todavía. Todo fue dado para que se creara aquel clima de intranquilidad política, que desembocó en la estupidez militarista. ¿Por qué no se llegó al diálogo?
-Lamaret, Lam Am, o como te llames. ¿Sabes? Sigo pensando igual que antes.
-Estás en tu derecho. No pretendo cambiarte. Pero, ¿por qué estás aquí?
-Tú y yo hemos sido artífices de las pasiones encontradas, hemos movido multitudes. Soy un buen perdedor. Acepto mi derrota y te…
-Sé lo que vas a decir. No es necesario que lo hagas.
-Necesito hacerlo.
-Y, ¿después qué?
-Seguiré luchando contra tu producto.
Mayor Thomas Seedus, ex-vicepresidente del planeta Incógnita, enemigo a muerte de la Unión de los Planetas, ahora se ha dado cuenta que, en el fondo, el objetivo que buscaba ha sido cumplido. No por él, sino por su antítesis. No importa. Es el resultado final lo que cuenta.
-Estoy cansado, Lamaret. ¿Puedo terminar de afirmar lo que he venido a declarar?
-Hazlo, si así lo deseas.
Como aún no se había sentado, no tuvo que guarecerse en ningún apoyo artificioso para poder sujetarse en el impulso de energías que iba a manejar de inmediato. Miró fijamente a los azulados ojos de su sempiterno enemigo, crispó al máximo las mandíbulas, y profirió la sentencia.
-¡Lamaret, te pido perdón!
-Así se ha cumplido el ciclo, pues has llegado a tiempo para verme por última vez.
-¿Es que te vas?
-Para siempre, Seedus. No seré más tu pesadilla. Habrá otros que la continuarán.
-¿Qué debo hacer ahora?
-Seguir siendo implacable contigo mismo. No traicionándote nunca.
-Olvida ya tu sermón. ¿Puedo retirarme?
-Mayor Thomas Seedus: ¡Eres libre!
Con cierto autorreproche, invadió el campo de energía vital de Lam Am y le tocó, con la palma de la mano derecha, el centro del pecho. No sintió nada; tampoco lo había esperado. Sólo respiró profundamente, se estiró hacia abajo su chaqueta de gala, y, con paso firme, dio la espalda a su anfitrión. Instantes antes de salir por la puerta, giró la cabeza y, con los ojos entrecerrados, se despidió para siempre.
-Lam Am, gracias.
La apoteosis ya no necesitaba coartadas.
A solas, Lamaret meditó.
Meditó profundamente en el Profundo.
Meditó neutralmente en lo Real.
Y quedó por siempre convencido de su ignorancia.
Al fin era feliz.