LUZTRAGALUZ. Capítulo 7

VII

   Compresión Intervalo Días 43-48.

   Justificar la nueva ola demográfica no les fue difícil a los sucesivos Sir Don que nos fueron repartiendo en pequeños grupos, primero, y en parejas, después, a lo ancho y largo de la isla-estado. Nos despegaron de los sabuesos Han y muchos fueron emigrados a otras ciudades-estado tan importantes como Nova Cydonia.

   Fue en esa repartición donde caí en la cuenta que ciento doce de nosotros éramos emparejados con otros ciento doce de lo que me acostumbraron a ver como de sexo funcional complementario. Así llamaríamos mucho menos la atención, nos decían. Solo se formó un trío, con el miembro descabalado.

   Nova Cydonia era un enjambre de ekstrim, en el que una minoría se jactaba de dominar la situación sociopolítica de todo el planeta. Se mezclaban entre los nativos, a quienes trataban como esclavos, defendiéndose de cualquier suspicacia foránea con el argumento del consentimiento mutuo e invisible: el estado de las cosas colocaba de forma sibilina, complacida, hasta cómoda, a cada uno en su correspondiente casilla de este gran juego de estrategia global.

   Por supuesto que solo unos elegidos conocían la misión sagrada de los forasteros, nosotros, a quienes insistentemente calificaban como habitantes de la luz.

   Nos sucedió que fueron muchísimos los pilotos visionarios que se anticiparon a nuestra cruzada robótica, como si una extraña red neuronal los hubiera interconectado y los hubiera despertado con una alarma profunda y serena que los tenía en guardia.

   Domenica y yo, yo y Domenica, ingresamos en una pretendida clase alta que creía ostentar el poder fantasmal del gobierno de la isla-estado y, con éste, el del planeta entero. Aprendimos modales y ritos característicos que nos mantuvieran ocultos a sus susceptibilidades. Sir Don Vinvent Vigius nos tuvo a cubierto de los curiosos en su humilde hogar, y allí nos aleccionó en pocos días de los vicios, errores y virtudes que íbamos a sortear en nuestro coto de caza asignado. Se ocupó de ponernos en contacto con los diferentes escalones de esa jerarquía ficticia en la que campaba a sus anchas una gran proporción de ekstrim vanagloriosos.

   Y el día señalado llegó.

   Hoy, Día 49.

   Bautizo.

   Allí, en Nova Cydonia, estar en el Palacio Mojammus era el mayor privilegio. Domenica y yo, pareja oficial de la aristocracia foránea, con títulos ampulosos que nadie iba a investigar.

   El palacio, que ocupaba buena parte de los terrenos neutrales anexos a la Cuarta Jaundüm, antes de que ésta se extendiera en los compartimentos estancos que estructuraban el Gran Laberinto Central (donde moraban los treinta y tres Ancianos Indamom, patrocinadores de nuestra misión), era un reducto donde el derroche se concentraba personificado en su guardiana, la Condesa Sufriente, que había aceptado de buen grado nuestras preliminares visitas acompañadas de rimbombantes historias y pedagógicos antecedentes.

   En el día de la fiesta se iba a dar la bienvenida a nuevos miembros e intuíamos que las defensas bajarían a favor nuestro. Por ello, cuando se nos nombró con un aparatoso ritual que nos presentaba oficialmente en sociedad, yo discutía con mi pareja la posibilidad de que se hubieran dado cuenta de quiénes éramos o qué éramos. Que simplemente miraran por la reacción violenta que había tenido para con nosotros uno de los malditos y rabiosos canes de la Condesa Sufriente, la de los continuos achaques, que atribuía invariablemente a los escasos cuidados decía le concedían dos verdaderos mártires: Sigmund y Loriana, servidores, de anatomía descaradamente robótica.

   Caminando entre los invitados de aquella aburrida fiesta, elegimos intuir que no todos los que nos espiaban de reojo eran ajenos a nuestra influencia. Más de uno dulcificaba con su complicidad la suerte de Sigmund y Loriana, pero ninguno osaba manifestarse para no delatar su condición. Mas decidimos abandonarlos, internándonos en los jardines que rodeaban el palacete.

   Y llegó el acontecimiento, único e irrepetible: Uno de los invitados chocó contra varios camareros, tirando bandejas de copas llenas y de canapés recalentados, corriendo entre empujones, como extasiado, poseído, pues no miraba a nadie, no atendía ni quejas ni llamadas.

   Fue desacelerando hasta casi impactar con los bajos setos que rodeaban la fontana central. Por suerte para ellos, los había visto a tiempo y no quiso pasar a través porque allí estaban las flores mágicas de la Sufriente, de sus amarantos exclusivos de auténtico origen indio, que hicieron soltar unos gritos de histeria a la susodicha condesa de pacotilla.

   Y se quedó como congelado ante el agua. Los surtidores lanzaban sus chorros hacia el cielo, las tres minicascadas hacían hervir el líquido en su caída. Y el aire se llenaba de minúsculas gotas en flotación que le humedecían de continuo la tersa piel de su cara y de los dorsos de sus manos.

   La gente sentada en los bancos de madera, y la que paseaba, se quedó maravillada ante aquella escena.

   Pasaron los minutos y los curiosos aumentaron. El grupo que le rodeaba recrudecía paulatinamente las burlas, pero nadie osaba tocarle.

   “La estatua”, como algunos lo llamaban, ni pestañeaba, atravesando con su mirada las trabajadas piedras que ornamentaban el cilindro central.

   Casi se podían atisbar algodones negros de próximas borrascas, y Domenica y yo rompimos el fuerte cordón de curiosos que nos parapetaba y nos acercamos pegándonos a la espalda de nuestro recién localizado, sondeado, y próximo a arrestar, ekstrim.

   -Bastardetes. Miraos y decidme si no veis más que engendros merecedores de la peor de las muertes.

   Insultando cercenaba el coloquio de los inútiles. Sabía que aquellas palabras no me obligaban a nada, pero le hablé.

   -Sacrifícate.

   Se dio media vuelta y, evitando el enfrentamiento directo, nos transmitió humildad con su mirada. Aquello nos violentó, pues esperábamos un ataque directo a nuestros sistemas inmunológicos.

   -No me paséis ahora factura de mis acciones. Sé que fueron, casi todas, compulsivas.

   Ante la estupefacción general, Domenica agarró fuertemente el cráneo del objetivo y yo levanté, en un acto semirreflejo, mi mano derecha, apoyándola con el dedo índice en el entrecejo. Y obró la infamia.

   El filamento negro, que surgió bajo la uña, empujaba, esquivando los borbotones de consciencia pasajera.

   -Somos aún más pequeños de lo que creía. Y somos demasiados. Como virus infectamos…

   Las palabras vacuas, inconsistentes, no me sorprendían. Relajaban mi disciplina. Exaltaban mi perspicacia.

   -Lucharé para sobrevivir…

   El ekstrim inició las convulsiones de su tronco mientras que fluían hacia mí las avasalladoras cohortes de números, líneas, impulsos fotónicos, y, entre ellos, un sentimiento, la cuestión más importante, la que de verdad le llenaba de incertidumbre: Saber qué hacía allí, por qué estaba y para qué era.

   Estrujé el simbolismo de aquellos gráficos, la cábala oculta de aquellos trillones de ideogramas. Domenica, en tanto, trasladó su mano derecha a mi occipicio y me apoyó, absorbiendo todo lo que derramaban mis nódulos fagocitadores. El contenido de aquella mente era asimilado pero no anulado totalmente. Como prueba de que era así, el ekstrim seguía capacitado para aprovechar los últimos estertores de consciencia, arengando a la cada vez más exigua multitud, que se debatía entre ser testigo de la ejecución o continuar disfrutando de los superficiales placeres que les ofrecía su aristócrata anfitriona.

   -¡De nuevo, el sentido de la discordia con lo que me rodea! ¡De nuevo, preparado para fracasar! ¡De nuevo, preparado para morir! ¡Traidores!

   En un principio pensé que a todos les debió de parecer cruel el método, pues los jardines se quedaron, sin tenernos en cuenta, literalmente vacíos.

   Hasta que no invertí el proceso y cedí parte de mi registro funcional básico al ekstrim, para que su aparato locomotor respondiera voluntariamente a nuestros requerimientos, pues no estábamos dispuestos a cargar con un peso muerto de diez quintales, no me percaté de que estaba cayendo una lluvia fina, que estaba embarrando los anchos paseos que, a modo de radios, partían desde nuestro emplazamiento.

   No supe dónde se produjo ni pude adivinar cómo o quién lo produjo, pero un apocalíptico estruendo lo llenó todo. Creo que Domenica se desorientó, pues se bamboleó espasmódicamente y a punto estuvo de caer de bruces sino fuera porque nuestro prisionero interpuso un recio brazo entre su torso y el barro.

   Y al crujido celestial lo secundó la negrura más cerrada imaginable. No distinguía ni mis propias manos aproximadas a escasos centímetros de mis oculares.

   No podría testificar sobre el estado de Domenica. Toda suposición estaría fundada en la similitud de nuestras conformaciones cibernéticas, no en la realidad de las reacciones encefálicas.

   Y la oscuridad dio paso a la blancura lechosa de una radiación incoherente con las leyes lumínicas.

   -¡Un punto de contacto con el humano es un punto de contacto con la incertidumbre!

   Supe que aquel blanco escondía secretos: El que hubiera aseverado aquella sentencia me conocía, nos conocía a todos, uno a uno y al conjunto, a la comunidad mental.

   -¡Las leyes de la física humana se rigen por la incertidumbre! ¡Nosotros corrompemos esa inexactitud!

   Pensé que subiría a la cúspide del monte blanco y las distancias se harían menores entre las palabras y sus contextos. Provocando esa distancia no hacían más que tentar la desestabilización, que me convertiría en el embrión de la nulidad. De entre todas las palabras, alguna, seguro, debía de tener sentido. Si me enfrentaba a ellas, dejaría de divagar, y permanecería intacto tras el ataque.

   Porque me afiancé en mi posición mental de que aquello no era más que un ataque, un vil, pero nada improvisado, ataque.

   Hoy, Día 49, Focodeluz.

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