En el bosque azul la princesa dorada tenía en su regazo la cabeza del unicornio y, con suma ternura, acariciaba, sonrojada, su cuerno.
El objetivo estaba próximo. Los años de espera acabarían.
Iban a contactar con seres de otro planeta. Y estaban allí, al pasar la Luna.
No creía en milagros,
pero tuvo dudas cuando la vio resucitar tras un beso suyo en los labios,
cuando se arrepintió de haberla matado.