Enterrados y aplastados

  Me he enterrado rápidamente, antes de que allanen la tierra con sus orugas apisonadoras. Dejando que el minúsculo tubo me traiga el aire del exterior, tomado a mínimos sorbos, controlando al mismo tiempo las arritmias de un corazón desbocado. En la oscuridad, siendo llenados mis agujeros corporales por la insalubre arena.

   Me pregunto cómo hacer para no hacer notar mi rastro, con los últimos arañazos en la última arena que cubrirá mis manos. En una tumba.

   Y de pronto, al no poder contar con el sentido de la vista, la vibración creciente me avisa del acercamiento paulatino. Las grandes planchas, que lo aplastan todo, serán mi salvación. Mi respiración sufrirá una conmoción por más de dos minutos. Pero no importa. Me he entrenado demasiado tiempo en el arte de la asfixia. Para este momento.

   Los tapones de cera maleable en mis orificios nasales filtran milisegundos de olor nauseabundo. Pero es el mejor sistema. Enterrado con los otros. Rodeado de cadáveres.  Y los enterradores-aplastadores me sobrepasarán. Y cuando me alcance la última plancha tendré cinco minutos para recomponerme del aplastamiento y seguirles para poder yo aplastarles.

   El comandante debe de estar haciendo su cronometraje. Para que el plan surta efecto.

   Seguro que a los noventa y tres desperdigados en el campo de exterminio nos está pasando la misma idea por la cabeza: Este pequeño sacrificio vale la pena. Todo vale la pena por la venganza. Los nuestros, vengados con justicia.

 

DCF 1.0

Yo Denuncio

Religiosamente bienhallado.

Religiosamente maniatado.

Religiosamente amordazado.

Religiosamente apaleado.

Religiosamente deshonrado. 

Religiosamente invadido por la carne extraña de uno de los siervos de Dios en laTierra.

El pecado de la provocación, por ser inocente y puro, debe ser castigado.

(Nota del autor: No es mi intención atacar las ideas religiosas de mis lectores. Sólo denuncio, de una forma literaria, un hecho constatado, y reprobado por la mayoría de los integrantes de la Iglesia Católica)

Luna

luna azul 

En la Caverna de las Abluciones, los hombres y mujeres se hacían merecedores del amor de la Tierra, a la que ellos llamaban Madre.

Y después, con los pies aún mojados, se dirigían todos en fila al exterior para dejarse abrazar por las ramas de los árboles y acariciar por los arbustos florecidos.

La bendición caía, entonces, sobre ellos. El Sol se despedía perdiéndose bajo el contorno del planeta. Y si el amanecer había sembrado la repurificación de sus almas, el apogeo emancipaba sus espíritus.

La dicha les extasiaba pues el ocaso premiaba sus vidas dándoles esperanzas de continuarlas en un estado de pureza absoluta.

Abrazando los recios troncos, aspirando los efluvios de la flora, admirando la mixtura de los colores, sabían que, con la oscuridad, se escaparía el hechizo y se borraría todo vestigio de belleza.

En las noches de Luna Llena se alargaba el efecto y las jornadas no se consumían hasta que retornara la total falta de claridad.

Fue en uno de aquellos plenilunios cuando apareció un tal Lam Am, proveniente de lejanas tierras. En seguida le aceptaron como miembro de su comunidad, tan cerrada para otros que lo habían intentado en el pasado.

Siempre había existido cierta anarquía grupal. Sin saber cómo canalizar sus intenciones vitales se sentían faltos de líder, y Lam Am, desde el principio, les orientó sobre sus ansias haciéndolas converger en un fin común.

-Os digo que he venido para que abráis los ojos. De donde he venido hay más hombres distintos en todo a nosotros, existen otras tierras que sustentan otras muchas formas de vida inteligente.

-Dinos, Lam Am, ¿cómo sabes tú eso?

Lam Am, con sus brazos levantados al cielo, sonreía con cada uno de sus interrogantes.

-Estuve entre ellos durante décadas, aunque nunca pude llegar a ser como ellos. Cuando decidí dejarles, me consideraron rebelde, pues siempre creyeron que me había dejado arrastrar por su Sistema- el fulgor azul de la Luna se reflejaba en su sudorosa faz-. Los que allí habitan tienen muchas comodidades que les hacen la vida más fácil. No trabajan, como nosotros, la tierra para obtener sus frutos. Ya no realizan esfuerzos físicos de ningún tipo para sentirse útiles. Lo son de otra manera, o eso creen ellos.

Rodeados de sus chozas, construidas con juncos ribereños del río, tan cargado de vida, del que extraían parte de sus nutrientes, la supremacía mental del orador era, para todos ellos, un signo claro de intervención divina. No se sentían, sin embrago, doblegados por ella.

-Atormentado por la miseria humana, allá donde esté presente, trato de encontrar una salida a las ilusiones que me he hecho sobre el modo de ayudar a los demás.

Un hombre de edad avanzada, falto de dientes, falto de cabello, falto de reflejos, abandonó la posición sedente en la que todos escuchaban a Lam Am y se dirigió hacia él, con resignación, con un brillo especial en su mirada que sólo los más cercanos al maestro podían ver.

-Dinos, Lam Am, ¿qué estás planteando? Hubo antes de ti otros que quisieron enseñarnos el camino. Siempre buscando la evolución que estaba escondida a los ojos de los más sabios. ¿Por qué debería ser distinto esta vez? ¿Qué diferencia habría?

Lam Am no era un advenedizo. Lam Am no era un improvisador. Sabía por qué estaba allí. Y no se iba a dejar amedrentar por el pasado de aquellos a los que hablaba.

-Decido pues que todo tiene un sentido y que alguien produjo ese sentido. Ya tengo un objetivo: buscarlos a ambos. Y en ello estoy. Pero no contento con ello, quiero que los demás hagan lo mismo. Es delicioso, inconmensurablemente magnífico irse encontrando poco a poco a uno mismo. Cuanto más me doy cuenta de quién soy, por qué soy y para qué soy, más ganas tengo de comprender a los demás, a los que recorren la misma senda que yo, y los que no, para que empiecen a recorrerla. A veces me pregunto: ¿Y después qué? Cuando me haya conocido totalmente, ¿qué debo hacer? La respuesta es siempre la misma: Nunca llegaré a conocerme de verdad, porque el mismo hecho de estar haciéndolo me hace ir subiendo escalones de mi evolución interna, escalones que separan niveles que son desconocidos para mí, y así siempre, y así siempre. Y después, de vuelta a encontrar al prójimo.

El hombre mayor, de cuyo nombre nadie se acordaba, levantó en el aire el cayado en el que se apoyaba y, ante la mirada horrorizada de Lam Am, lo hizo chocar varias veces contra su cráneo. Nadie dijo nada. Nadie hizo nada.

Lam Am, desfigurado el rostro, inservibles sus ojos, lanzó un grito desesperado, fruto más de las heridas de su alma que las de su cuerpo, ambas las que estaban acabando con su vida.

-¡¿Por qué?!

El hombre mayor, aún de pie frente al guiñapo sanguinolento, sonrió y miró con complicidad a sus vecinos, y casi ininteligiblemente, por la falta de dientes, por la falta de labios, dijo algo al agujero en la cabeza de Lam Am, donde minutos antes debió haber una oreja, que era más un mensaje destinado a sí mismo que para aquel al que se le escapaba el último hálito.

-Quizá esté loco. Quizá el loco lo hayas sido tú. En cualquier caso, he querido ayudarte a evolucionar. Intenta volver del lugar a dónde vas y cuéntanos qué has visto. Eso también nos ayudará en nuestra búsqueda. Hasta entonces, gracias.

Se incorporó, lamió el extremo del báculo con fruición y dando la espalda al cadáver se dirigió a la Caverna de las Abluciones.

Cuando la luz de la Luna dejó de proyectarse sobre su persona, el grupo tomó la parte de divinidad que le correspondía, y cada trozo de carne, cada víscera, cada hueso, fue tomado, en su justa medida, como parte del amor de la Tierra, a la que ellos llamaban Madre.

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Tu muñeca

Acomodé todo mi peso en mi glúteo derecho mientras me asomaba por la ventanilla para vomitar parte del almuerzo repugnante de la hamburguesería de carretera. El aire fresco de aquellos instantes era el único atisbo de libertad que me permitía mi acompañante mientras era vigilada férreamente por sus ojos de culo de botella, a la vez que los entornaba para mirar la carretera que tenía delante.

Me limpié la última salivilla con la manga y su mano derecha tiró del cinturón, donde me tenía agarrada, como apoyando solidariamente el trabajo que ya hacía la cadena con la que estrangulaba mi cintura.

No hablábamos, pues su chirriante voz ya me había amenazado suficientes veces, y especulaba, de vez en cuando, en voz alta, sobre los kilómetros que faltaban para llegar a nuestro destino.

Lo que me esperaba allí estaba reservado a su depravada imaginación, pues cuando, dos días y medio antes, me despertó en la cabina del convoy, para amenazarme con no volver a ver más a mi madre, de la que me había separado con argucias de charlatán embaucador antes de apagar su conocimiento y sentido, me relató que nos dirigíamos a un paraíso de quietud, donde él podría obrar a su antojo y yo gritar con incontinencia.

Desde su primera amenaza, yo no abrí la boca, por lo que me resultaba fascinante que, en su soliloquio, se refiriera a mi voz como propia de un ángel, cuando, creía yo, no había tenido tiempo de escucharla.

Su interés sexual por mí no se hizo patente hasta que cayó la noche del tercer día de carretera, pues, el muy bellaco, había aprovechado mi extremo cansancio para repostar combustible y para levantarme la falda en la oscuridad de la noche. Sus sucios dedos acariciando el cinturón de mi vestido y posándose en mi piel tersa y seca.

El hambre me despertaba de sus excursiones táctiles, pues el estómago se quejaba, y él, miope imberbe, me partía, contra la guantera, unas cuantas nueces, que yo tragaba presurosa ante su jolgorio insultante.

Me aguantaba las ganas de orinar todo lo que podía, pues no quería que sus imaginaciones calenturientas se hicieran realidad antes de tiempo, por lo que el remedio era peor que la enfermedad, ya que se me acumulaban todas las indisposiciones posibles y el olor, que a él no parecía importar, era ya nauseabundo.

Su remedio, ante todo aquello, fue previsible. Por la mañana del cuarto día llegamos a su refugio, y nada más desencadenarme y bajarme a trompicones, embebió en gasoil los asientos y prendió fuego al que nos había llevado hasta allí.

Mientras mirábamos como ardía la cabina, nos íbamos alejando hacia un pequeño estanque, donde, para mi sorpresa, me obligó a bañarme y, según sus palabras, así librarme de todo el bochorno que debía tener en mi conciencia.

No adiviné, tras aquellos vidrios verdes y sucios, la expresión de sus ojos al verme desnuda, pero que no se moviera un ápice mientras me contemplaba me dio pistas de su naturaleza.

Cuando terminé de ensuciar el agua de la orilla, le miré, sólo le miré, y a mi mirada inocente y quejumbrosa, respondió con un tirón salvaje de la cadena, tan inesperado que casi me quebró el espinazo. No le di el gusto de gritar, pero sí de llorar en silencio.

Desnuda, pasé al lado del calor del incendio, pues el camión no había explotado, imagino que para no atraer oídos lejanos impertinentes. Él andaba, dándome la espalda, unos siete pasos por delante de mí, llegando al porche de la cabaña y empujando suavemente la puerta hacia dentro.

Me esperó bajo el umbral de la entrada, recorriendo mi cuerpo con la mirada, y alcanzándome, con la mano libre, una toalla gigantesca con la que envolví mis temblores tiritantes.

Una vez en el recibidor quedé impactada por lo que me anunciaban sus amarillos dientes irregulares como su bienvenida al hogar, a su dulce, a nuestro dulce hogar.

Han pasado tres años y soy medio feliz junto a él. Me equivoqué en sus pretensiones, pues jamás ha tocado otra piel que no pertenezca a alguna zona inocente de mi cuerpo y jamás me ha forzado a hacer nada que yo no quiera y que no se pueda hacer dentro de los límites de este extraño enclaustramiento, y jamás me ha hecho llorar salvo de soledad, cuando me abandona para buscar alimento o sostén económico para mantener este paraíso privado.

Me permite escribir esto, y me hace dudar de si me robó a  mi madre, viuda en aquel tiempo, o fue ella la que me dejó ir.

Cada vez me repele menos pues, aunque no cuida su aspecto, se separa de mí cuando huele a cerveza o a sudor de huerto.

Tengo ya quince años y sigo siendo virginal y pura, excepto en mis pensamientos, cuando a veces me clama el espíritu de venganza. Pero, pienso, no tengo aún fuerza física para matarle y huir.

Dejaré que me alimente con sus mimos y sufriré, silenciosa, mi soledad, y saciaré su felicidad, la que fue a buscar aquella mañana de otoño, ya lejana, cuando se acercó al centro comercial para conseguir una muñeca, que ahora agradece, en sus rezos nocturnos, a Dios.

Yo también agradeceré a Dios el día en que pueda romper en mil pedazos el tarro en que guarda mi lengua en formol, porque, por lo menos, esa parte de mi cuerpo será libre, y aunque no pueda recuperar las palabras que nunca he podido decirle, gritaré mi alegría por el recuerdo que tengo de una vida lejos de estos prados, del estanque maravilloso, de esta casa de ensueño.

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                                                  (C) Fotografía y texto: Jesús Fdez. de Zayas «archimaldito»