En el aire siempre se respira paz.
Son los hombres quienes la contaminan con olores nauseabundos.

En el aire siempre se respira paz.
Son los hombres quienes la contaminan con olores nauseabundos.

Él, el Amo, envidiaba las posesiones del que menos tenía.
Y a mí, otro más de sus siervos, me explotaba con saña.
Y la gran arcada me sobrevino. Y me acució a actuar. Pero, antes, pregunté, para intentar perdonar:
-¿A cuántos kilos de humanidad está dispuesto a fagocitar?
Y él, el amo, volvió a burlarse:
-¡Edmundo! ¡Es el mundo tremebundo sin igual!