Las artimañas perennes


Las artimañas perennes de ella le sublevaban. Tenía la convicción de que ardería en el infierno si claudicaba ante ellas.
Era fogosa, voluptuosa y sensual, pero él se resistía.
Por muchas carantoñas, por muchos chupetones en el cuello que le diera, él hacía caso omiso.
Le ganaba su osadía de creerse exclusivo, único, incorruptible, y, por muchas danzas del vientre con sexo jugoso que se pusieran ante él, siempre cerraba los ojos y huía.
No era que le gustaran los hombres en vez de las hembras, no era que se autosatisfaciera en la intimidad.
Las mujeres le volvían loco, y soñaba con ellas casi de continuo, alternando sus fantasías eróticas con pesasillas laborales o de intrigas familiares.
No era asexual, estaba convencido, pero prefería contener su virilidad ante tanta preponderancia de curvas de carne y perfumes envolventes.
Aún así, ella insistía, y no perdía la oportunidad del guiño, ni de la relamida de labios, ni del contoneo exagerado de caderas.
Sabía que, tarde o temprano, caería entre sus brazos y se hundiría entre sus piernas.
Ningún hombre se le había resistido y este curita, se decía a sí misma, no sería la excepción.

Foto Archimaldito

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