Mario Alonso Puig



Tengo muchas anécdotas profesionales inolvidables. Muchas deberían ser borradas de mi registro mental, por desagradables o poco constructivas, pero otras, como la que voy a contar ahora, me llenan de positivismo y son un refuerzo profesional y personal.
Recuerdo que tranacurría un día de un año de la Era Pre-Covid. Recuerdo estar trabajando en el almacén, revisando equipos utilizados en eventos anteriores a ese día y preparando los que serían utilizados en los siguientes. Recuerdo que mi vestimenta y aspecto no eran los adecuados para mostrarme en público, con unos pantalones para poder moverme con soltura y un polo oscuro para poder realizar trabajo físico y sudar tranquilo.
Recuerdo recibir la llamada de un compañero que estaba realizando la asistencia técnica en la Fundación Rafael del Pino, para decirme que debía acercarle más receptores para la interpretación simultánea en el Auditorio.
Le dije que saldría ipso facto y que cuando llegara a la puerta del edificio, le avisaría para que saliera a recogerlos.
Al llegar, me dijo, por WhatsApp, que no podía salir y que tendría que acercárselos a la sala.
El personal me conocía de sobra y me dio paso libre hasta la puerta de la sala, pero aún no podía entrar ya que estaba por finalizar la intervención del ponente.
El conferenciante era Mario Alonso Puig, una de las personas más constructivas y positivas que he conocido en mi vida, cuando había sido técnico asistente en algunas charlas y ponencias suyas años atrás.
Tras los merecidos aplausos del público, que yo escuchaba tras las puertas de cristal, había una pausa en el congreso que yo aprovecharía para acercar los receptores extras al punto de entrega. Pero lo haría sin llamar la atención y yéndome a toda prisa porque, como dije anteriormente, no estaba «vestido para la ocasión».
Recuerdo ver como salía Mario Alonso de la sala acompañado por los organizadores y por los directivos de la institución. Recuerdo echarme a un lado para que no se me viera mucho cuando salieran aquellos hombres trajeados y recuerdo pensar que no debería hacer ningún gesto que delatara mi presencia.
Mario Alonso Puig estaba radiante. Una persona que transmite ondas de felicidad y positivismo vaya por donde vaya. Esa persona que atrae las miradas no solo por su físico y su majestuosa voz, sino por el aura de luz que lo envuelve.
Pues bien, esa persona me reconoció en la distancia y yo, con un «trágame tierra», aparté mis ojos de él esperando que pasara de largo junto con la tropa de getifaltes que le rodeaba. Pero no lo hizo. Se detuvo, ante la sorpresa de los demás   para dirigirse a mí, con un apretón de manos y unas palabras de reconocimiento hacia mi persona y nuestros pasados encuentros.
Todo esto viene a que a veces te encuentras con personas, como Mario Alonso Puig, que te reconocen y valoran por lo que eres, no por lo que parece que eres o por lo que se supone que debes ser.
Ese día, Mario Alonso me hizo pensar en que todos tenemos que valorarnos a nosotros mismos porque todos somos especiales, y llegar a esa conclusión me hizo feliz.

Salud auditiva

Casi tres años con eventos virtuales en los que son necesarios unos equipamientos mínimos, por parte de los participantes, para que la salud auditiva de los intérpretes y de los técnicos no sufran consecuencias irreversibles, cuando el oído es un instrumento imprescindible sin el cual no existirían ambas profesiones.
Casi tres años explicando una y otra vez, de viva voz y de forma infográfica, los requisitos necesarios.
En algunos casos, casi tres años viendo las mismas caras en una pantalla sin que esas personas tomen conciencia de que están jugando con nuestra salud.
Veinte años siendo técnico de interpretación simultánea sin problemas de audición en los primeros diecinueve, pero la irresponsabilidad de los clientes, de los organizadores, de los ponentes, en los eventos que se realizan, completa o parcialmente, de forma remota, me está empezando a dar problemas en este último año.
Me cuido los oídos todo lo que puedo porque, además de técnico, soy cantante, y me protejo de los choques sónicos, de los ambientes con presión sonora excesiva, con tapones filtrantes de frecuencias, escuchando televisión, radio y ordenadores a volumen bajo, descansando después de sesiones laborales intensas y, cuando tengo que estar con auriculares hasta ocho horas al día, con el miedo de que aparezcan los acúfenos, sometiéndome a terapias de silencio leyendo o escribiendo o con el sueño reparador del final del día.
Al día siguiente, si tengo que instalar o realizar la asistencia técnica en un evento presencial me queda el consuelo de que soy yo el que controla el sonido para que sea casi perfecto para los asistentes en la sala, para los intérpretes, para mis compañeros y para mí.
Pero cuando el evento es al cincuenta por ciento o al cien por cien virtual, tiemblo, me preocupo, porque no sé cómo van a acabar el día las personas que trabajan mano a mano conmigo, y obviamente, lo que es peor, cómo voy a acabar yo cuando sé que la sordera puede estar «a la vuelta de la esquina». Y me desespera ver que personas pudientes son incapaces de comprarse unos auriculares con micrófono decentes, o un simple micrófono de mesa de calidad, o tener una conexión estable, o de no aislarse de ruidos del ambiente en el que están o que provocan ellos mismos como si pensaran que al otro lado de esas voces que escuchan no hay personas como ellos que están realizando su trabajo lo más profesionalmente posible, queriendo, como ellos, llegar a la excelencia.
No basta con dar las gracias al final del evento. Tiene que bastar con evitar desgracias antes y durante el mismo.
Si yo me quedo sordo, seguro que mi empresa encontrará a otra persona que me sustituya. Y lo mismo pasará con los intérpretes. Pero, aunque soy un superviviente, tienen que saber que destrozarán y acabarán con una parte de mi vida.
Y por eso protesto aquí, para que esto no nos ocurra.