Crónica del Perú propio

 

   Siempre quise viajar a Egipto. Siempre quise admirar con mis propios ojos a las hermosas geishas del Japón. Siempre quise tener bajo mis pies los enormes bloques de piedra que forman majestuosamente la Gran Muralla de la China Milenaria.

   Cierta mañana del mes de Febrero del año 93 desperté con una idea fija en mi cabeza: marchar a un lugar que, hasta ese momento, nunca me sedujo, y que se encuentra al otro lado del Atlántico. Si las personas con  quien debería contar para que esto se llevara a cabo, me facilitaban el camino a mi objetivo, en Abril estaría en Perú.

   Mis vacaciones comenzaban el día 5, y a las nueve y media de la mañana del día 6 abrileño me hallaba en la fila de personas que iba a chequear su equipaje y billetes en las dependencias de la compañía aérea VIASA. Vicente París se unió a mí en la comprobación de pasaportes y en el reparto de tarjetas de embarque. Íbamos a ser compañeros de fatigas durante nueve días.

   De Madrid a Caracas, y de allí a Lima. En el aeropuerto de la capital peruana nos esperaban Lisandro y Magdalena, personas encantadoras, buenas y hospitalarias, que nos ofrecieron una habitación de su hogar para nuestro asueto.

   Al día siguiente partiríamos hacia la ciudad de Ica.

   Tras un nutritivo desayuno, que compartimos con los hijos de Lisandro, nos dedicamos a esperar la llegada inminente de Roy Pisculich y el coche con conductor que habíamos alquilado. No apareció hasta las diez de la mañana, pero cuando me encontré frente a él, sentí  que había encontrado un nuevo amigo. 

 

Primera jornada: ICA

 

   Después de que nuestro chofer nos acercara hasta el centro de Lima para cambiar dólares por soles, cogimos la carretera que nos llevaría hasta las afueras de la capital, donde la pobreza y miserias se hacen más patentes, y de allí la Panamericana nos permitiría, tras cuatro horas de trayecto, encontrarnos en Ica.

   Pasamos controles policiales y varios peajes, y convivimos con el desierto y el mar, Chilca y el Pacífico, cuyas aguas en su movimiento no parecían corresponderse con tan sonoro nombre.

   Vicente y Roy intercambiaban impresiones mientras yo escuchaba y observaba todo lo que acontecía  a mi alrededor. Camiones cargados hasta el límite con jornaleros que me imagino trabajarían hasta el anochecer por una ridícula paga, niños de temprana edad realizando trabajos de adultos, mujeres con sus hijos a cuestas intentando sobrevivir. Un mundo que pareciera olvidado por la mano del Creador. Llegué a mi primera convicción clara de este viaje: Quizás había tenido que ir a Perú para presenciar por mí mismo las condiciones infrahumanas, sin intermediarios que las pudieran exagerar o atenuar.

   A las dos de la tarde, aproximadamente, llegamos al Hotel de Turistas de Ica, Enturperú, donde me presentarían a Joaquín Mititieri, estudioso catalán de las piedras grabadas de la localidad desde hacía siete años. Realizamos proyectos de trabajo para lo que, en un principio, iban a ser dos días plenos de experiencias, pero que finalmente se transformaron en cuatro por acuerdo de todas las partes implicadas en la investigación.

   Sin perder tiempo, fuimos directamente a conocer en persona al Doctor Javier Cabrera Darquea, descubridor para la Humanidad de las piedras sobre las que dejara un mensaje una supuesta raza de hombres antediluvianos. El momento del encuentro con el profesor y los gliptolitos fue la consecución real de un sueño forjado años antes, cuando cayó en mis manos el libro de Juanjo Benítez “Existió otra Humanidad”. Si al principio la sensación de irrealidad me embargaba, al poco rato de hablar con Cabrera y tocar con mis propios dedos las piedras, el convencimiento de la grandeza del descubrimiento y todo lo que ello conlleva, asimilado por mis análisis y lecturas preliminares, fue lo que llenó por completo mi mente. Aquello era fantástico. Hablamos y hablamos, reflexionamos, fotografiamos, preguntamos y preguntamos, pues cuanto más sabíamos más queríamos saber. Estuvimos en su despacho y en su museo desde las cinco y media de la tarde hasta las nueve y media de la noche. Habíamos dado el primer paso, contactar con el hombre clave del enigma. Y ya en ese primer paso las dudas fueron en gran parte aclaradas. Y digo en gran parte y no totalmente porque aparecieron nuevas preguntas que apoyaban una lucha interna relacionada con lo que vimos en un increíble “cuarto secreto”. Se cerraba una puerta y se abrían diez.

   Tras despedirnos del profesor y citarnos para un próximo día, fuimos a alojarnos en un motel que resultó tener problemas de aireación y de suministro de agua. El día se completaría con una cena de celebración de nuestro encuentro y del cumpleaños de Vicente.

 

Segunda jornada: OCUCAJE

 

   Aquella mañana del día 8 desperté muy temprano. Tan temprano que me sorprendí a mí mismo poniéndome a escribir junto a la traslúcida puerta de la habitación aprovechando la naciente luz de las cinco de la madrugada. No había podido dormir muy bien aquella noche pues pensamientos, cuestiones reflexivas sobre lo que había vivido el día anterior, me asaltaban sin cesar.

   Dos horas después estábamos los tres amigos dentro de un autobús urbano, allí llamado “colectivo”, que nos dejaría junto al Enturperú donde desayunaríamos con Joaquín una caro y escaso tentempié. Hotel de lujo, ya se sabe.

   Camino al desierto hablamos sobre nuestras intenciones para aquella mañana, y por extensión para aquel día, y no tuvimos que esperar mucho para que nuestro primer objetivo no se cumpliera. Basilio Uchuya, uno de los campesinos o cholos de Ocucaje que en el pasado se atribuyó la producción de gliptolitos, no nos podría servir de guía.

   La ventaja de contar con Joaquín como parte del equipo era la amistad que tenía con algunas personas del lugar, lo que nos llevó a contactar con otro cholo que nos ayudaría en nuestras pesquisas, Jorge Donaire. Me sorprendió agradablemente que se sumaran a nuestra excursión por el tortuoso arenal los cuatro hijos de nuestro improvisado guía y el calor se veía atenuado por la belleza y alegría que nos transmitían las féminas del grupo.

   En nuestra ruta visitamos el yacimiento arqueológico “Max Hule” siendo indicado el lugar donde supuestamente existe un punto de encuentro con los gliptolitos iqueños. Varios kilómetros de distancia, un río profundo y una amplia zona boscosa nos separaban de una posible consecución de nuestros objetivos de exploración.

   Pero teníamos que volver a la aldea de los cholos. El almuerzo preparado por la hermana del Señor Donaire nos pareció un auténtico banquete de tanta hambre y sed que sufríamos. Y nos reportó energías para enfrentar el próximo paso.

   La visita a Basilio Uchuya fue provechosa, ciertamente llena de contradicciones y enigmas insondables. En toda aquella cuestión de las piedras había algo o alguien que no encajaba. El tiempo nos aclararía muchas incógnitas. Si veinte años antes confesó que él fabricaba con sus manos y un pedazo de hierro los gliptolitos, ahora no se retractaba de decir que nunca las hizo sino que más bien las extraía de unos surcos de la tierra. Pero él también forma parte de esa red de comercio y exportación de los supuestos mensajes extraterrestres contenidos en esa especie de cantos rodados.

 

Tercera jornada: ICA- HUAYURI- CASABLANCA

 

   Éste fue el único día que considero malgasté de mi viaje al Perú. ¿Por qué tendríamos que soportar ocho interminables horas de viaje por carreteras realmente impracticables, comiendo polvo a mansalva y cociéndonos bajo el sol para ver algo que aún no era visible?

   Me refiero a que nos dejamos convencer por Joaquín para visitar la famosa Ciudad perdida de los incas y la impresión que me dio al llegar a la misma era que aún seguía perdida, pues estaba en su mayor parte enterrada por las arenas del desierto. ¿Aquello era lo que no debíamos perdernos sin remedio?

    Volviendo a nuestro accidentado trasiego por las carreteras peruanas, debo decir que pudimos completar felizmente el día visitando los petroglifos de la zona de Casablanca situados todos ellos en un cerro alto donde han sido totalmente catalogados por los arqueólogos oficiales. Después de hacer unas cuantas fotos, y de vuelta a Ica, nos presentamos ante una hacendada de aquellos parajes amiga de Joaquín que nos mostró una roca grabada que no era conocida más que por unos pocos.

   Llegamos ya anocheciendo a Ica. En las calles de la ciudad se respiraba el ambiente típico de Semana Santa aumentada esa sensación por la gran cantidad de gente que pululaba por todas partes. No se me escapó el detalle de la gran cantidad de mujeres bellas que mostraban su palmito alrededor nuestra cuando Roy y un servidor fuimos a dar una vuelta por la plaza.

   Aunque el día estaba a punto de terminar, no fue así para nosotros que, ávidos de conocimiento sobre el tema de los túneles de Sudamérica, hicimos una visita a una persona que nos había presentado en plena calle nuestro amigo Joaquín.

   Impresionante fue su testimonio e impresionado al rememorar sus experiencias. Este hombre, que con tanta hospitalidad nos había recibido en su hogar, mostrose a nuestros ojos como sincero y precavido en un principio, pero la confianza que después de algunos minutos de conversación le aportamos, hizo que su memoria diera paso al relato conmovedor de una vivencia que se relacionaba con las otras realidades existentes. Bien es cierto que su superstición y sincretismo religioso le influían en gran manera y esto hizo que no se mostrara dispuesto a ayudarnos a dar un paso en la búsqueda del túnel perdido. Si lo hacía, según sus palabras, peligraba nuestra vida por la relación de entes malignos en toda la cuestión. ¡Vaya gracia! ¿Era necesario enfrentarse a fuerzas oscuras para llegar a la verdad o sería ésta una forma de no dejar que los extraños molestasen a los antepasados de aquellas tierras?

   Lo que había comenzado como algo absurdo concluyó en un final de etapa verdaderamente especial. Pero Ica nos deparaba más sorpresas.

 

Cuarta jornada: ICA- OCUCAJE

  

 El desayuno de aquel día fue algo a recordar pues era el último en Ica.

   Lo primero que hicimos fue acercarnos hasta donde se alojaba Joaquín para fotografiar unas presuntas piedras grabadas encontradas in situ por él mismo. Era algo de digno a tener en cuenta en aquel momento de la evolución de nuestra investigación. Hechos y dichos posteriores nos harían tomar con reservas lo que hubiera sido un gran acontecimiento.

   Y nuestra anunciada visita al Doctor Cabrera llegó al fin. Nos presentamos en su despacho a las once de la mañana. Tenía compañía. Un grupo de turistas estaba atendiendo a sus explicaciones detalladas sobre las revolucionarias ideografías plasmadas en las 11.000 piedras que tenía bajo su tutela. ¿Cuántas de esas personas de las muchas que le visitan diariamente son conscientes de lo que ven y lo que oyen? ¿Cuántos toman al doctor Cabrera como un chiflado egocéntrico irremediable? En las caras de los que conocí no se vislumbraba emoción alguna relacionada con un hallazgo de tal magnitud para el pasado, presente y futuro de la especie humana. Quizás sólo unos pocos estamos lo bastante abiertos a asumir la existencia de lo incuestionable. Quizás esos pocos tengamos que arrepentirnos algún día de haber confiado plenamente en la intuición. Tal vez seamos demasiado ingenuos o tal vez seamos la vanguardia de la verdadera conciencia humana. El tiempo lo dirá.

   Todos los pensamientos que me habían asaltado sobre la profundidad de mi relación con los supuestamente auténticos restos de una biblioteca lítica como aquella se esfumaron en cuanto pudimos entablar conversación con nuestro anfitrión. Pero siempre quedaba algo pendiente de encajar en el gran rompecabezas.

   Irma Gutiérrez de Aparcana embrollaría más el asunto. La supuesta autora de muchos de los gliptolitos que, en el pasado, no se atribuían a Basilio Uchuya, se mostró cortés y complaciente con nuestros deseos de llegar al fondo de la verdad. Nos contó cosas terribles sobre una supuesta personalidad enferma inherente a Javier Cabrera, chanchullos que respaldarían un egocentrismo y búsqueda de protagonismo extremos. Ciertas cosas encajaban con lo que habíamos notado en la forma de comportamiento del ilustre profesor, pero por otra parte sería demasiado complicado aceptar que todo había sido montado por alguien para beneficio propio cuando ese beneficio no resaltaba en gran manera en la vida de ese hombre, al contrario, todo estaría en su contra a la vista del modo de convivencia con la comunidad en que se hallaba a veces integrado. Quizás existan demasiados malentendidos por una y otra parte, puede que cada uno invente sus propias realidades…

   Los hechos de aquella tarde- noche fueron que Irma nos grabó con un fierro un canto rodado que vimos extraía del suelo de la zona donde afirmaba siempre fue su punto de recolección de ejemplares a tratar según su método. Un método que podría llegar a engañar a los especialistas en paleogeología más resignados. ¿Puedo dar crédito a esas hipótesis? Aún no estaba todo dicho.

   Nuestro último día en Ica se completó con la última visita a Basilio Uchuya y a Javier Cabrera Darquea. El primero se mostró recelosos en cuanto a las inquisiciones de Vicente. El segundo nos dejó entender que quedaban abiertas las posibilidades de futura cooperación y la emocionante despedida no significó un adiós sino un hasta luego.    

 

Quinta jornada: LIMA

 

  Fue éste un día de transición, pues con él llegó el fin momentáneo de mi contacto con Roy Pisculich y Joaquín Mititieri, y el encuentro con otra persona que se suponía estaba vinculada conmigo por  un fino hilo de compromiso para con la Humanidad, alguien que se me aseguró me aclararía ciertos aspectos de la evolución espiritual de un grupo de personas a las que desde hacía unos cuantos meses me hallaba unido: la Misión RAMA.

   Me prometí seguir en contacto con Roy y a él le aseguré que, de algún modo, nuestra relación no sería tan fácilmente olvidada. Con Joaquín el asunto es diferente, pues la colaboración continua en cuanto al estudio de los gliptolitos iqueños nos mantendría en cierta manera dependizados.

   Y si lo que yo esperaba obtener de mi nueva amiga, Isadora, era información sobre el modo de funcionamiento de los trabajos realizados en Perú por el conjunto de personas entroncadas en la organización RAMA, la desilusión del encuentro con esta bella mujer no se hizo esperar, aunque debo añadir que, por otra parte, éste fue en otro aspecto fructífero, ya que me señalo con gran detalle la situación social de ese país del que me estaba poco a poco enamorando.

   El día 11 de Abril será recordado por mí como el que contuvo aquella fabulosa tarde e que, paseando por la zona del Callao con mis amigos, toqué por primera vez en mi vida el agua del Océano Pacífico. El momento del encuentro con esa parte del mar es un símbolo de la grandeza de este planeta y mi unión con su Naturaleza.

 

Sexta jornada: CUZCO

 

  Nunca podré olvidar lo que los tres días que estaban a punto de comenzar han significado para mi evolución interna. Cómo poder transmitir con fidelidad absoluta lo que asaltaba continuamente a mis pensamientos y sentimientos al caminar por las calles de esa ciudad, el respirar el aire de aquellas alturas increíbles, el escuchar las vidas diferentemente corrompidas de aquellos humanos, el ver la belleza del azul del cielo mezclarse con la perfección del gris de sus piedras y la armonía del verde de sus montes. Uno lograba verse transportado en el tiempo rodeado por la cultura que engrandeció aquellas tierras hasta límites insospechados.

   Sí, la gente seguía siendo gente pero algo, un no sé qué, ¡los hacía tan distintos a lo que conocía hasta el momento! Quizás era la sencillez de sus almas, la sinceridad de sus ojos, el hacerte notar continuamente su amistad sin esperar nada a cambio.

   Lo que nos llevó allí seguía siendo la interminable búsqueda del conocimiento, que aunque sabido es que es sólo parcial su beneficio, nos mantenía expectantes ante toda posibilidad de absorción de fragmentos del mismo.

   En esta ocasión nuestra amiga Elizabeth Moorek nos acompañaba a Vicente y a mí en lo que iba a ser un peregrinaje hacia nosotros mismos. 

  Lo primero que me viene a la mente es la imagen de una cara sonriente perteneciente a una de las mujeres más bellas que he visto en aquellos lares, azafata de vuelo que me ofrecía amablemente una taza de mate de coca  poco antes de aterrizar en el aeropuerto de Cuzco. Lo siguiente que recuerdo es el sabor extrañamente inencontrable de aquella caliente infusión de hojas de coca. No sabía a nada pero a la vez era en cierta manera desagradable, por lo menos hasta que uno llega a acostumbrarse. Puedo asegurar que el mal de altura no me asaltó en todo mi periplo.

   El primer objetivo del viaje, conocer a grandes rasgos la ciudad, se cumplió con toda efectividad, por lo menos en mi caso, ya que a las pocas horas me sentía como en mi casa.

   El segundo, primordial, se llevó a cabo antes del almuerzo. Entramos en el Convento de Santo Domingo, edificado sobre el mítico KORIKANCHA o Templo del Sol de los Incas. Allí contactamos con una persona que iba a jugar un gran papel en nuestras investigaciones. Pronto se verá por qué. La señorita Eva Ríos es guía oficial de aquel patrimonio cultural. Gracias a ella se fueron desentrañando informaciones que harían despertar en nosotros una mezcla de cariño, respeto, complicidad y pasión por el legado de los antepasados del pueblo solar. Todo se iba encaminando a relacionar el tiempo que fue con el que es y con el que será: Quizás nos estuviéramos dando cuenta que todas las culturas del mundo que existieron en un pasado tienen un punto común que las une de forma perceptible. Sí, aquélla fue la capital del Imperio Inca, pero seguramente los incas eran sólo herederos de un conocimiento eterno que, gracias a ciertos hombres, sigue vigente en nuestros días.

   En todos los rincones de Qosqo, como originalmente fue designado aquel bastión de la grandeza inca, se respiraba el enigma insondable. Aquello que tuvo una razón pero que se nos escapa a la nuestra. Otros que parecen resueltos están como analizados sin precisión inquebrantable. Se supone que, es casi seguro que, quizás sea debido a, son respuestas que tienen efecto en el momento, pero que dejan cierto mal sabor de boca a aquél que busca la verdad sin trabas.

   El Korikancha fue el oro hecho perfección. El hombre se ofrecía en cuerpo y alma a sus dioses y este metal precioso pareciera servir de catalizador del contacto con la divinidad de por sí ya presente en cualquier actitud del hombre y de la Naturaleza.

   Los incas intentaron agradar al dios saturando su vista del color dorado indicador de pureza y majestad. Todo el Korikancha estaba revestido de este metal noble. Pero los españoles llegaron y lo que era símbolo del espíritu fue transformado, tergiversado en un mensaje de complicidad con el mundo real de la materia. Como la diferencia de culturas era tal que lo que para unos significaba equilibrio para los otros significaba poder y posesión, amabas chocaron y hubo que salvaguardar el verdadero sentido de las riquezas de la Tierra.

   Y ahí entra el asunto por el cual estábamos superinteresados en las viejas leyendas sobre posibles túneles que recorrieran el subsuelo sudamericano, pues una de ellas habla de la ubicación de alguno de los tramos bajo el Korikancha, y por coincidir con él, bajo el convento de los dominicos de Cuzco.

   Así pues, tras recorrer la casi totalidad del Templo del Sol y los subtemplos que lo conformaban, acompañados por Eva, entramos en contacto con el Padre Prior del Convento para que nos hablara sobre esas historias que circulan sobre las galería subterráneas y nos dejara ver la entrada a una de ellas situada junto al altar de la iglesia adyacente. Sorprendido en principio por la información que le estábamos reportando y extrañado que alguien tan joven como nosotros se interesase por el tema sin ningún ánimo más que el de conocer, accedió en última instancia a acompañarnos al día siguiente en una hora temprana, antes de que comenzaran los oficios litúrgicos: a las siete de la mañana.

   Jubilosos por nuestro éxito en la primera etapa de nuestro proyecto, fuimos a una cafetería cercana a celebrarlo con Eva y con dos tazas de mate de coca muy caliente. Si no nombro en ningún momento a Elizabeth es porque a media tarde se encontró muy indispuesta por el mal de altura y marchó al hotel donde nos hospedábamos, por lo que no pudo participar en este primer contacto con los misterios de Qosqo.

   ¡Qué bonito es Cuzco por la noche! Paseamos largo rato visitando los puestos callejeros de artesanía, observando con detenimiento la arquitectura, los monumentos, el urbanismo, las gentes, y sufriendo los “dame algo” continuos de los niños.

 

Séptima jornada: SACSAYWAMAN

 

Nos marchamos del hotel sin ni siquiera desayunar. Lo que nos esperaba era muy importante. Si a las seis y media de la mañana nos habíamos puesto en pie, poco antes de las siete estábamos sentados en uno de los bancos más cercanos al altar de la Iglesia de Santo Domingo.

   Habíamos llegado justo cuando el Padre Prior concluía su oficio matinal, y antes de continuar con el siguiente se había retirado a sus dependencias. Hablamos con el sacristán y nos dijo que no volvería hasta una o dos horas después. Pero nosotros nos habíamos citado con nuestra guía para marchar a Sacsaywaman. “Ahora o nunca”, fue nuestro pensamiento. Salimos en busca del Padre Prior, tuvimos que llamar a la puerta del claustro repetidas veces, pero nadie nos atendió. Perdidas ya las esperanzas puestas en lo iba a ser una esplendorosa mañana, volvimos al hotel y desayunamos con la rezagada Elizabeth. Una vez terminados nuestros jugos de papaya, cafés con leche y tostadas con mantequilla y mermelada de higo, debíamos reunirnos con Eva.

   Vicente y Elizabeth se adelantaron mientras yo me proveía de agua en una de las bodegas cercanas al Korikancha. Cuando estaba acercándome a nuestro punto de reunión, me percaté de que mis amigos me hacía señas para que apresurar mi paso pues… ¡Íbamos a entrar en la Chincana Chica!, lo que ya creía que no iba a poder ver hasta otro próximo viaje. ¡Qué suerte! Los hados nos eran propicios. Mientras yo había estado preocupado por calamar nuestra futura sed, habíamos recibido el pase libre hacia nuestro ansiado objetivo. Una vez en la puerta de ingreso al Convento de Santo Domingo, Me presentaron a Nicolás Román Yépez, que colaboraría en las funciones de guía con Eva a través de nuestro recorrido por Sacsaywaman, y que lo hacía a petición de ella por el miedo que ésta tenía a meterse en los túneles que en aquella zona existen y que teníamos programado visitar.

   Y llegó el momento. Una vez avisados de que teníamos prohibido terminantemente fotografiar, el sacristán nos abrió una de las hojas de la puerta que daba acceso a las escaleras que bajaban al pretendido comienzo del túnel que se extendería hasta Sacsaywaman. Llegamos a un recinto donde se amontonaban objetos varios pertenecientes a los religiosos habitantes del lugar y que en una de sus paredes presentaba un arco de medio punto a ras del suelo. Franqueando éste pasamos a un habitáculo casi cúbico que, según los cálculos, estaría prácticamente bajo el altar de la construcción colonial que teníamos sobre nuestras cabezas. Y allí estaba… allí se encuentra el principio de algo inquietante, el extremo de la chincana completamente cegado, sin posibilidad de continuar su recorrido bajo el Korikancha y más allá, bajo el asentamiento de la ciudad hasta llegar al monte colindante donde se erigen las ciclópeas murallas de la fortaleza incaica.

   Pero haber llegado hasta allí, aunque al otro lado de las piedras que emparedaban el enigma hubiera ciertamente algo más, había sido un triunfo que atestiguan todas las imágenes que captamos clandestinamente. Ver personalmente lo que sólo se cree una leyenda. El tiempo permitido se nos agotó y debíamos desandar nuestras emociones.

   Pero otras nuevas estaban apunto de ser añadidas. Y subir hacia Sacsaywaman era un buen comienzo. El taxi que nos llevó a las afueras de Cuzco permitía ver esta bella ciudad bajo otra perspectiva. Quedaba en poco tiempo a nuestros pies, en el fondo del Valle Sagrado. Y los grandes bloques pétreos iban apareciéndose a nuestros ojos como una fantástica y agradable realidad.

   Despedido ya el medio de transporte, Nicolás, Nico, se nos mostró como el mejor instructor sobre la antigüedad del lugar. Una persona digna de admiración por el respeto que mostraba hacia las personas, las ideas, la naturaleza de las cosas y el entorno en el que nos hallábamos inmersos. Desde lo más llamativo y popular, la zona de la fortaleza con sus murallas ciclópeas, nos fuimos desplazando hacia la zona religiosa, un gran templo al aire libre, donde se nos mostraron las chincanas, lo altares, los enterramientos sacerdotales, los centros de Magia Blanca, los símbolos de comunión con la Madre Tierra. Pero tanto en la mente de Vicente como en la mía no desaparecía la idea casi obsesiva de explorar hasta donde pudiéramos la entrada de otra posible comunicación con el mundo de lo intraterreno, ese otro extremo de una galería que en su día se vio tenía relación con lo que horas antes habíamos pisado bajo el Korikancha: la Chincana Grande.

   Sí, Jiménez del Oso lo había dicho. La entrada estaba totalmente cegada por una treintena de piedras que obstruyen totalmente el paso. En su momento, este acreditado investigador de lo enigmático nos mostró las imágenes de la decepción. Nosotros también la sufrimos, pero quisimos ver nuestro esfuerzo recompensado en parte por la recogida de alusiones más claras que las de aquél sobre lo por ahora infranqueable. Quién sabe si en el futuro podremos tomarle la revancha a lo incompleto de nuestro destino.

   Después de andar un par de kilómetros cuesta arriba, descansamos en Kenqo, punto arqueológico donde las autoridades incas administraban justicia, donde, por otra parte, se realizaban holocaustos humanos y de animales, y donde los asesinatos rituales daban paso a las iniciaciones de los elegidos para impartir la sabiduría divina a los llamados a engrandecer el Imperio Solar.

   ¡Qué emocionante fue vivir una aventura en toda regla! Espeleología suicida la llamaría yo. Sin equipo técnico pero con mucho valor, nos internamos Nico y yo en una de las innumerables grietas que caracterizan las formaciones rocosas que rodean a Kenqo, en la llamada Lanlakuyuc. La oscuridad absoluta, el silencio más genuino, los reptiles en los que nos transformamos para poder ir desvirgando aquel espacio inmaculado. La sensación de enfrentarse a lo desconocido. Todo esto y mucho más, que no se puede transmitir con palabras, es lo que experimenté a medida que avanzaba con la sola pretensión de conocer por conocer. Cuando, por razones de ahorro energético, la luz de apoyo, dada por un foco-lámpara de cuarzo, tenía que ser apagada, el cuestionarse qué habría más allá de nuestra posición alimentaba nuestras expectativas de ver algo extraordinario. El coronamiento de la odisea subterránea consistió en la vuelta al enigma. El túnel daba la impresión de tener continuación más allá de un montón de rocas que taponaban una ventana del cubículo al que finalmente llegó mi excitado corazón. No creo poder comentar nada más al respecto. ¿Me jugó una mala pasada mi ansiosa mente? ¿Tomé por artificial lo que sin dudar se daría por una formación natural? ¿La búsqueda del contacto me sugestionó con respecto a la cruda realidad? Aún no sé las respuestas.

   La jornada en compañía de nuestros amigos Eva y Nico fue celebrada con choclo y queso fresco en una típica cantina cuzqueña donde los penetrantes olores y el hipnotizante ambiente me hacían sentir en perfecta armonía con la gente que nos rodeaba y me hacían desvelar el espíritu de integración en un todo holístico. Con otras palabras, me sentía plenamente humano para y por la Humanidad. Pensamientos inquietantes.

   Al día siguiente, ese sentimiento de integración se vería proyectado hacia la Naturaleza que nos rodearía en un espacio planetario único: Machu Picchu.

 

Octava jornada: MACHU PICCHU

   

A las siete de la mañana del día 14 de Abril subíamos en zigzag por el monte que nos unía con el Valle de Cuzco y que daba paso a la gran llanura que principiaba el recorrido del ferrocarril hacia la ciudadela fortificada más popular de los Andes.

   Cuatro horas después otra trayectoria en zigzag era seguida por el autobús que nos dejaría junto a la arcaica magnificencia hecha piedra sobre piedra. Dos Picus, Machu y Huayna, eran Naturaleza hecha Arte, Arte hecho Naturaleza.

   Lo ves en fotos, en imágenes televisivas o videográficas. Hay que estar allí para sentirlo. Lo que siempre has leído y oído se te olvida, pues dejas paso a la absorción de información e intuición sobre aquel lugar.

   Nuestro divertimento y trabajo fue fotografiar, realizar comprobaciones técnicas de algunos elementos integrados en la ciudad, y meditar. Recuerdo el contacto duro y frío de la Roca Sagrada donde desconecté por algunos minutos para encontrarme interiormente. No obtuve resultados positivos, por lo que considero que quizás ya me había estado intraexplorando lo suficiente como consecuencia de la exteriorización de parte de mi yo profundo al contacto con el espíritu d aquel fantástico emplazamiento. Los seres humanos con los que había estado y estaba relacionándome, la Naturaleza en su estado casi puro, el pasado del que siempre podemos aprender para no caer en errores futuros; todo ello me había hecho mostrarme a mí mismo en un acercamiento al estado ideal de la perfección.

   Machu Picchu fue otro eslabón en la cadena.

 

Novena y última jornada: Día 15, LIMA

   

 Estuve paseando la noche de Cuzco hasta la una de la madrugada. Nadie ni nada por las calles. Mis últimas horas en la capital cultural de Perú fueron disfrutadas en silencio. Pero toda la actividad efervescente se muestra en la mañana muy temprano. El gentío, los automóviles, los humos, los sonidos agitan el ambiente. Aquella mañana, a las siete, no fue diferente en este aspecto a las anteriores. Sólo algo cambiaba: Yo me iba.

   Me despedía hasta pronto de mis amigos, ya que ellos continuarían en el país unos cuantos días más. Me despedía, como otras tantas despedidas en este viaje, con un hasta luego, de estas alturas tan puras en oxígeno. Me llevaba conmigo algo de la esencia de esta parte de Perú.

   Tuve que esperar más tiempo del debido en el aeropuerto, ya que por problemas de seguridad relacionados con las acciones terroristas del grupo Sendero Luminoso, el de Lima se había cerrado a la recepción de vuelos. Como sabía que me estarían esperando, intenté por todos los medios ponerme en contacto con Magdalena y Lisandro para referirles el motivo de mi tardanza. Fue imposible. Roy fue la salvación. Él se encargaría de avisar en mi nombre.

   El calor había aumentado en Lima desde el último día en que estuve allí. Sin embargo, el humano seguía manifestándose en igual grado. Nunca olvidaré mis conversaciones con la hermana de Elizabeth y con Lisandro. Sembraron su amistad en mí y el fruto no se ha hecho esperar: los echo de menos.

   El final se iba acercando. Me quedaban sólo unas horas para disfrutar la última etapa del viaje. Tras una exquisita comida, un reparador sueño y un relajante paseo por la Avenida Miraflores, me dirigí a la casa de un matrimonio que me dijo Elizabeth debía conocer y querían conocerme. Pedro Santos y su mujer Juani me hicieron sentir especial desde el primer momento de nuestro encuentro. Me transmitieron la sensación de conocernos desde siempre, aún siendo la primera vez que nuestras miradas se encontraban. Juani me dijo que ya me conocía antes de verme en persona, pues me había visualizado en un sueño junto a Vicente. A Vicente ya lo conocían anteriormente, pero a mí… ni en foto. Pedro ratificaba esa vivencia de su compañera. A partir de esta confesión, se rompió el hielo y me sentía como en mi casa. Hablamos largo y tendido. Me relataron a grandes rasgos sus vivencias, pensamientos y sentimientos dentro del grupo RAMA al que pertenecen, lo que estaba ocurriendo últimamente en Perú con la Misión y qué les parecía la evolución de la misma y de sus integrantes (sin dejar de aludir directamente al coordinador de la experiencia de trabajo, Sixto Paz). Por mi parte les conté, también de una manera resumida, cuál había sido mi trayectoria personal y la relación de ésta con RAMA. El resultado de este diálogo fue conocer a dos bellas personas, obtener dos nuevos amigos y ratificar mi compromiso con la Misión.

   En esta forma se vio completado mi último día entero en Perú. Un salto de miles de kilómetros me separarían en unas cuantas horas de aquel mundo, pero sólo físicamente, porque una parte de mí se quedó en él. No quiere decir esto que volviera incompleto a la civilización en la que me desenvuelvo normalmente, sino que quizás aprendí ciertas cosas que aportaron nuevos grados en mi evolución personal, por lo que dejé allí parte de mis pensamientos y de mi espíritu con los que me encuentro continuamente conectado.

   Con amor quiero dar las gracias, por ser, a Vicente, a Roy, a Lisandro y Magdalena, al matrimonio Santos y a Nicolás; y a Elizabeth, por despertarme involuntariamente de un sueño.

 

CONCLUSIÓN

  

 No sé exactamente cuándo volveré a Perú. No sé si seguiré teniendo un motivo para hacerlo. Sólo sé una cosa: Volveré.

   Volveré porque allí tuve sensaciones, pensamientos y sentimientos inefables. Aquel lugar parecía conocerme y yo conocerlo a él, como si ya estuviese amoldado a su ambiente, vida y gentes desde el primer momento en que lo pisé.

   Ahora siento un poco de añoranza. Me asaltan a menudo imágenes y sonidos de aquel país. Y esto me hace ratificarme en un pensamiento que he tenido antes de comenzar a escribir este último capítulo de la crónica: Esto no es una conclusión porque nada ha acabado.

   Las puertas del Perú propio se han abierto de par en par.

                                                                             

                                                       Móstoles, 23 de Julio de 1.993

                                                   JESÚS FERNÁNDEZ DE ZAYAS               

 

ORO

  

  Remando y remando, volteando la vista para comprobar si le seguían. La carga era pesada y no sabía cuánto más podría resistir. Los rápidos del río le permitían descansar en las brazadas, pero no en las preocupaciones de verse estrellado contra las rocas del fondo o verse capturado por las lanzas de la tribu. Temía zozobrar y que el ídolo dorado se hundiese con la embarcación. Pensar en cuánto conseguiría por él en el mercado negro le daba nuevos ánimos. Conocía el río y sabía que éste no le traicionaría. También se hizo conocer y querer por la tribu y los traicionó. ¡Estúpidos!
   La barca se zarandeó un poco más de lo normal en el penúltimo recodo antes de llegar a la playa donde fondearía.
   ¡Cómo logró engañarles! ¡Cómo logró embaucarles!
   “¿Lograste engañarles? ¿Lograste embaucarles?”
   -¿Quién habla?
   El ruido insoportable de las aguas en ese último trayecto hacía que escuchara su propia voz interna. Debía de ser eso. Qué otra cosa podía ser. No había animales visibles por los alrededores.
   “¿Por qué crees que soy tan valioso?”
   Otra vez. Tantas horas sin comer le estaban jugando una mala pasada. Pero bueno, ya estaba bebiendo bastante. Demasiada agua había tragado un poco más arriba. Y con esa agua, seguro que unos cuantos animales minúsculos.
   “Has cometido un grave error.”
   Reconocía la zona. Aquellos tres árboles derribados sobre la orilla a su derecha. Con sus ramas adquiriendo aquellas formas tan particulares, entrelazándose sus troncos, de la misma manera en que lo hacían las piernas de Susana “la refajos”. ¡Qué hermosa mujer! ¡Y qué bruta haciendo el amor!
   “En cuanto pusiste tus sucias manos en torno al pedestal, algo te dijo que no saldrías de ésta.”
   De pronto, un árbol se quebró y su recio tronco chapoteó el agua a pocos metros por delante. Y se cruzó allí, en medio de la nada, para sentenciar que aquel era el final del viaje fluvial.
   -¡Maldita sea mi suerte! – dijo antes de perder el equilibrio y hacer que la barca mostrara su quilla al aire.
   En el remolino formado por su propio cuerpo, tanteó a ciegas en el fango buscando la figura sagrada.
   “¿Sigues sin creer que no saldrás de ésta?”
   Bajo las aguas quejumbrosas era imposible oír aquella lastimosa voz. No tenía tiempo más que para abrazar al ídolo y al tronco que había causado aquel estropicio en su destino.
  Pero la corriente era demasiado poderosa y, en la desesperación, se cortó el brazo derecho con una rama punzante.
   Tal era la velocidad del agua y del tiempo que ni el agua se enrojecía.
   Serenarse, tocar fondo y andar hacia la orilla paso a paso, cogiendo aire por encima del borbotón. Y no soltar al dios dorado. Sobre todo no soltar los diez kilos de oro macizo en forma de enano cabezón y gordinflón cuya sonrisa adivinaba en la negrura de las aguas turbias.
   La barca se alejaba hacia la catarata. Quizás no se hiciera astillas.
   -¡Adiós, muchacha, gracias por tu ayuda!
   Allí arriba aquellos pájaros de mal agüero rondando. Los veía cuando sacaba la cara para morder aire. Y la orilla, tan cerca, qué lejos quedaba.
   Serenidad. Ese era el truco. Serenidad. Pronto lo lograría.
   “Estás equivocado. Tu dios no lo permitirá. No permitirá el sacrilegio con otro dios, aunque no sea él.”
   Gritar mentalmente ¡Basta, basta, basta! ¡Ya! ¡Basta!
   El frío del agua le recordaba el dolor recién abierto del brazo.
   Diez pasos, no más.
   Pero el agua empujando con todas sus fuerzas, de lado, intentando soltar sus pies del fondo fangoso.
   ¡Menos mal que aquí no hay pirañas! Se rió por su suerte.
   “¡No llegarás a poner un pie en tierra seca!”
   Ya no hacía caso a aquella voz en su cabeza. Cuando pisara tierra firme y estuviera seco y caliente, se habría ido.
   Ocho pasos.
   Cada uno que adelantaba era un martirio para los dedos de los pies.
   Ya el agua estaba por debajo de la cintura y el brazo abierto enrojecía su mano y el agua. Ya el ídolo estaba tomando aire. Ya percibía el movimiento de las alimañas entre la vegetación que tenía a la vista.
   Y sonrió.
   Seis pasos.
   Se dio cuenta de que casi estaba en calzones pues tenía las perneras hechas jirones. 
   Por última vez miró a su derecha, por si aún lograba vislumbrar alguna embarcación acechadora.
   “¿Crees que les engañaste?”
   -Un buen ron es lo que necesito para volver a la cordura.
   Tres pasos.
   El agua por las rodillas.
   -¡Habla lo que quieras! ¡No te soltaré!
   ¿Por qué había hablado a la figura? ¿No estaba la voz en su cabeza?
   -Todo esto terminará en un instante.
   La playa bajo sus pies, y unos pasos más allá la hierba y las plantas que le llamaban para que echara sobre ella su cuerpo, para que colgara en ellas sus ropas.
   “¿No te das cuenta que les hiciste un favor?”
   Un paso.
   El pie en el aire para posar el talón y los dedos sobre la frescura verde.
   Ahora pesaba el oro. Lo dejaría a un lado para desentumecer el brazo que lo aprisionaba.
   Pensó, en milisegundos, que todo había sido demasiado fácil. Cuando entró en la choza del chamán, aprovechando su ausencia. Sin ningún hombre que custodiara el dios que estaba en el centro de aquella pirámide de ramas y adobe. Sin vigilancia por ningún lado. Creyendo que se había ganado su confianza después de haber extraído una muela con caries de la boca del jefe del poblado. Después de haber sufrido el regalo que le habían hecho como pago del milagro: Tres meses retozando con la hija amorfa del jefe, a la que había desvirgado en prueba de buena fe. Todo demasiado fácil.
   Hasta que aquel apreciado día en que un bocazas de la tribu le habló del ídolo de oro puro, cuyo origen se había perdido en la historia de los clanes.
  Justo el ídolo del que había escuchado leyendas de algún borracho en la tasca del marido de Susana “la refajos”.
   Y allí estuvo, al alcance de la mano, para convertirlo en el hombre más rico del mundo civilizado que él conocía.
   El instante de la última pisada. Su columna vertebral recta. Sus pies apostados firmemente. Soltaría al gordo cabezón y podría hacerse un torniquete para cortar el flujo de sangre que estaba enrojeciendo el espacio más allá de su mano derecha.
   Doblando el espinazo para liberarse del peso, ahora demasiado evidente sin la ayuda de la ingravidez dentro del agua.
    Y en el momento en que el ídolo tocó el suelo…
  …Con el remo en las manos, volteando la vista para comprobar que no le seguían. La carga era demasiado pesada y no sabía cuánto más podría resistir. Temía zozobrar y que el ídolo dorado se hundiera con la embarcación.
   ¿Cómo logró engañarles? ¿Cómo logró embaucarles?

 

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LO EXTRA DE LO INTRA

1.

Sin control. Anarquía.

Anarquía total sobre las acciones de todos los individuos que formaban la multitud de razas que poblaban la biosfera subterránea de Jesan. Aquello no significaba caos, sólo incremento radical de la responsabilidad en el funcionamiento interno de una civilización que no distinguía entre pobres y ricos, sabios y sometidos, amos y títeres, porque tal distinción no tenía lugar en la gran comuna.

Y así fue desde el principio, desde que las condiciones de habitabilidad del planeta sugirieron a los Creadores que aquélla debía centrarse en la modificación de las estructuras internas del esferoide, haciendo que las casi infinitas grutas y cavernas que surcaban su corteza se transformaran en vastas extensiones comunicadas entre sí por conductos naturales que las conexionaran. Y el oxígeno puro que formaba la atmósfera externa, demasiado nociva por ello, se mezclara, a través de simas asifonadas, con el nitrógeno, gas subyacente mayoritario, en la composición exacta para ser asimilable por los sujetos biológicos que pretendían incorporar en su creación.

Y las criaturas jamás se rebelarían contra el desorden establecido. Era un axioma existencial generalizado.

Mas la libertad provocaba mutaciones en los valores individuales, desavenencias extrañas, por raras, y por siempre aislables. Era lo extraordinario de lo intráneo.

2.

El pie izquierdo dejó su huella por enésima vez, tal como era tradición. Pero el pie izquierdo de James Showinsky debutaba haciéndole sentir tan eufórico como Armstrong en el 69 del siglo XX, aunque ya iba sobre aviso de que su peso no sufriría el mismo cambio de aquél al salir de la nave.

Jesan era uno de los tantos planetas externos al Sistema Solar que había estado en el punto de mira de la filosofía terraformadora de los últimos cuatrocientos años. Y una vez convencidos los mecenas pertinentes y traspasados los filtros impuestos por el Gobierno Central, el proyecto pasó de documentos repletos de teorías a la construcción de la innovadora nave exploratoria y a la elección y subsecuente preparación fisicomental de los nuevos ícaros espaciales.

Cuando posó el derecho y el traje compensó sus puntos de equilibrio, la flotación automática en vertical gestionó todos sus movimientos.

Inmediata fue la corrupción de su silenciosa soledad, pues bajando la rampa le seguían los demás comandantes especialistas. Los retroimanes dirigibles les hacían parecer piezas de un ajedrez en el que participaran dedos invisibles. Cada uno sabía que tenía que completar su cometido con la máxima lucidez posible y, por ello, no se arriesgaron a quitarse el casco de protección porque el exceso de pureza del oxígeno de la atmósfera, característica clave que los había impulsado a aquel primer lance exploratorio, les llevaría a la hiperoxia acompañada de un daño irreparable en sus pulmones refrendado por una presión atmosférica superior al límite terráqueo.

Las ciento treinta y dos órbitas precedentes les habían probado que los telescopios espaciales colocados en órbitas de diferentes planetas del Sistema Solar y las sondas enviadas una década antes, habían mostrado una imagen del planetoide bastante fidedigna; y habían dado lugar al estudio profundo de las anomalías magnéticas y gravimétricas, para que no les cogieran por sorpresa los efectos sobre los movimientos individuales de las unidades autónomas de rastreo, y al peinado de todos los accidentes superficiales que podrían influir en los aterrizajes previstos para el voluminoso laboratorio sideral.

3.

Kerdomine fracasó en sus expectativas de no dejarse ver. Los gemelos la perseguían y ella, intentando no emitir sonido alguno, espantaba las fuertes emociones que quebrantaban su corazón, evocando recuerdos mágicos de la infancia.

Despertó de su ensoñación cuando frente a ella, de pie, Soske y Fulka fisgoneaban en su mente intentando vislumbrar ideas que los acercaran a su objetivo.

-¡Muy tierno! Pero ahora deberías colaborar volviendo a la realidad antes de que decida estrujarte con alguna de mis manos. O dejando que mi hermano haga ídem.

Se ocultó bajo sus propios brazos, espantando con las piernas el no sé qué que la oprimía.

Fulka, exento de paciencia, apartó los trastos del armario y se aprestó a apresar a la espantada. Mientras, Soske, continuaba martilleando el aire con sus rechinantes carcajadas.

Kerdomine miró a su enemigo a los ojos y supo al instante sus siguientes movimientos. Se escabulló entre sus cuatro brazos y salió al pasillo despejado de la terminal del puerto de atraque, uno de los infinitos que surcaban la tridimensión planetaria. Pensó que correría y correría hasta llegar a uno de los nudos y, desde allí, arriesgarse a dejarse succionar hacia la superficie.

Canturreaba mientras jadeaba y hacía potencia en sus pulmones. Los pensamientos iracundos la entretenían y la transtornaban: cómo poder apantallar su cerebro para aislarlo del resto, para que nadie supiera cuáles iban a ser sus siguientes esperanzas.

Existía una posibilidad entre un millón de que en su carrera contrarreloj alguna interferencia provocada por el sistema de comunicaciones eclipsara los destellos que cualquier jesantano pudiera recibir en su córtex. Y así, pasar totalmente desapercibida. Y así, lograr contactar con los terráqueos que se habían posado justo encima de aquella zona. Pero los vástagos de la oscuridad acechaban para derrocar su plan meticulosamente urdido.

El lugar, el nudo, era un hervidero de sensaciones, que iban desde la incredulidad hasta el desprecio más absoluto hacia la traidora. El enigma que suponía la existencia de unas causas justificables para aquel comportamiento tan indigno era el principal acicate para que hubieran decidido no exterminarla aún. La negrura la frenó, la de los ánimos ajenos: una marea de individuos imbuidos por el sentimiento de la colectividad planetaria la observaba. Se ceñía en torno a ella sin atreverse a tocarla. Temerosos de que si sondeaban demasiado en su psiquis pudiera contagiarse el mal profanador.

Debía hacerles comprender que no estaba allí por gusto y pensaba que hasta debían agradecer que corriera tal riesgo.

Dierkisoisme se adelantó hasta ella y gritó a la tridimensión lo que la tridimensión quería escuchar.

-¡¡¡Basta de malentendidos!!! Tú sabes lo que queremos. Tú sabes las opciones. Si sales afuera sin protección morirás, no inmediatamente, eso es cierto, y así te daría tiempo a cometer el sacrilegio, pero lo letal del Vasto Océano te quemaría por dentro antes de que pudieras transmitirles algún ideograma. Si lograras salvarte, porque tu rapidez y concentración fueran ultraprecisas, algo que dudo conociendo las características de los de tu especie, sabrás que te espera el borrado, para que te reinsertes en la fecundidad de nuestra civilización, e igual les ocurriría a los invasores.

-Dierkesoisme, ¿por qué no ahora? -la vorágine de la masa sedienta de una disparatada injusticia clamaba para que el peso de su sentencia aplastara sin demora la relatividad del error cometido por aquella inconsciente.

-Porque la libertad existe, aún, en Jesan. Y ella tiene la opción. Jesan prefiere que triunfe la razón, la metódica razón de la lógica.

Kerdomine se notaba reflejada en el conjunto. Su sensual aspecto aerodinámico, con su aterciopelada piel dorada, los brillos que hipnotizaban en sus ojos, sólo dos, uno a cada lado de su cara simétrica y huesuda, bípeda, con sus pies palmípedos y aventosados que se ahusaban para hacerle veloz, y sus manos adornadas con tres finísimos dedos prensiles, y uno que se les oponía sin falanges, la mostraban, a comparación con los que la oprimían, extremadamente frágil, y más aún cuando un rayo de tristeza surcó su rostro. Pues comprendió que, entre la mezcolanza de mentes que la exploraba, un nada despreciable conjunto de iguales a ella la estaba segregando sin dar la oportunidad que pedía a gritos. En ese preciso momento decidió que estaba sobradamente dispuesta a caer en la lujuria de la rebeldía.

-¡Tú! ¡Dierkisoisme! El de la estirpe de los mentecatos: ¡Púdrete con toda esta chusma! Pues has añadido a tu ignorancia un castigo aún peor, el no pensar por ti mismo y, como todos los demás, has caído en la ignominia del pecador. Y como yo quiero librarme de tal honor, te dejo que obres, ¡que obréis en consecuencia! Como yo haré ahora mismo defendiendo la libertad que, como tú has proclamado, me pertenece.

No hicieron nada por detenerla. Ella se desprendió de su postración y corrió y corrió como nunca lo había hecho, como nunca nadie la había visto antes. Y la barbarie la dejaba paso, una senda libre hacia el siguiente nudo de succión, que la lanzaría al enfrentamiento con los que ella consideraba víctimas de una confabulación y, por ello, merecedores de todo su apoyo.

4.

Casi no tuvo tiempo de prepararse para reaccionar, pero lo cierto es que la aspiración por el gran cilindro fue salvajemente poderosa. Cuando salió despedida hacia la oxidada superficie y se vio gesticulando en una suerte de levitación, tuvo tiempo, antes de posarse en el enrojecido manto, para lamer sus heridas, las erosiones causadas por la fricción con el ánima de su particular cañón, el que la había lanzado a una velocidad que hubiera destrozado a otro jesantano más voluminoso que ella.

Aún en el aire, tuvo su primer contacto visual con los “extraños”. Los vio desperdigados por la zona, haciéndose cargo de sus artificios infernales, grandes aparatos de cuyo funcionamiento y función ella lo ignoraba todo. Aún no sentía la opresión diafragmática. Había calculado que tendría tiempo. Se había imaginado a sí misma intentando comunicarse y sintiendo la impotencia del ser incomprensible. Los dardos telepáticos serían lanzados tras el sondaje e hilvanados los ideogramas para que se engarfiaran en las neuronas de aquellos receptores.

Poco menos de tres cabezas de landuj para estar pisando tierra firme. Se inestabilizó un poco y estuvo a punto de salir nuevamente despedida. La unión al Vasto Océano era casi nula, y recordó con horror las últimas advertencias de Dierkisoisme, porque empezaba a darse cuenta que comenzaban a ser certezas.

Afinó sus podos e imprimió velocidad a sus extremidades para acercarse al primero de los “extraños” y alertarle.

Le diría que pertenecía a la raza de los Saucsshh y que había miles como ella bajo sus pies. Que venía en misión de paz pero que todos los demás de su mundo habían decidido expandirse por el Desconocido Vacío. Que necesitaban ampliar sus espacio vital y que, tras profundos estudios de reconocimiento de todos los exploradores que habían llegado a Jesan, se había sentenciado que los últimos, ellos, provenían de un mundo edénico, de absoluta semejanza ambiental  y que éste sería, pues, colonizado próximamente, en el transcurrir de las tres futuras generaciones.

Le pediría que huyeran, inmediatamente, que se olvidaran de todo lo que les había traído allí, que mejor era salvar la corta vida que aún les quedaba por disfrutar, y que proclamaran en la Tierra, de la cual sabían todo gracias a la investigación en sus propios registros mnemogenéticos, la existencia de vida fuera del Sistema Solar, y que se prepararan para la próxima invasión, que aún tenían tiempo para repeler a millones de telépatas, y que no conocía otra forma de ayudarles, pues ignoraba la fórmula para conseguir el remedio para combatir la omnipotencia y la omnisciencia.

Se azoró pensando en la contestación a la irremediable cuestión del porqué. Les diría, pues se imaginaba a sí misma comunicándose con más de un “extraño”, que no debían considerarla una renegada. Que era suficiente con sufrir el castigo que esperaba de sus coplanetarios cuando regresara. Que tenía sus razones. Quizás era demasiado sensible y consciente de lo que debía de ser la Justicia, del significado del etéreo Amor Universal que tanto le habían predicado cuando era un cachorro. Que lo hacía por todo y nada. Quizás porque así tenía que ser.

Delante tenía a un ser que se movía perezosamente y que lanzaba rayos de felicidad provocados por el inminente acontecimiento de la descarga de un abultado armatoste cuyo incrementado peso le quebraba los brazos. Lo sondeó imperceptiblemente y dispuso que aquella piel que lo cubría no le pertenecía, que era una especie de funda en la que se había metido para protegerse de las brasas que pugnaban por fundirlo interiormente. Y tampoco el gran ojo, donde se veía reflejada y deforme, estaba imbricado con la naturaleza de aquel ser. Lo desnudó mentalmente de aquelos añadidos, y se extrañó de que no existieran señales del conocimiento de su presencia por parte de lo que había catalogado como una hembra, una hembra de una horrible especie.

Kerdomine gesticulaba, saltaba, gritaba y hasta intentaba lanzar dardos telepáticos, pero todo era en vano. La repugnante terráquea que tenía delante la estaba mirando directamente a los ojos, pero atravesaba con ellos sus exoformas como si estuviera enfocando el objeto de su atención más allá de ella, en el horizonte.

De pronto, levantó una de sus extremidades y la movió en abanico, a forma de saludo. La jesantana miró a su espalda y allí había otra forma que avanzaba hacia ellas lenta, cansinamente, y que imitaba el saludo como respuesta cordial al primero.

Kerdomine se distrajo en tal observación esperando que cualquiera de los dos seres emitiera algún tipo de sonido que confirmara lo que ella ya leía en sus mentes.

5.

Sandra bajó su brazo y esperó que Sri Dusyanta levantara el suyo como signo de entendimiento. Habían notado que esta forma de comunicación era más sencilla para sortear las dificultades de las últimas interferencias en el sistema de radiocomunicación.

Ambos habían depositado sobre la superficie los valiosos aparatos de seguimiento sismográfico y, siguiendo las órdenes del jefe de grupo, volverían a la nave para activar las cargas de profundidad que los demás habían diseminado en unos cuantos kilómetros a la redonda. Éstas llevaban cerca de dos horas atravesando en barrena la corteza en busca del supuesto límite nuclear. Cada una con su pequeña carga atómica que explotaría a intervalos diferentes para poder discernir la existencia de las distintas ondas sísmicas y estudiar la naturaleza de las capas surcadas por las mismas. Se tenían que dar prisa pues la primera estaba a punto de sacudir el terreno, y lo penoso de su escasa agilidad hacía temer que les sorprendiera fuera del abrigo de los potentes aceleradores antigravimétricos del crucero estelar.

Se cerraron las esclusas cuando el último tripulante entró en la sección presurizadora y dio al registro ambiental su nombre y clave de seguridad. El gigante sufrió entonces una ínfima agitación que pregonaba el inmediato despegue y subsiguiente situación de levitación estabilizada a poco más de dos metros del piso planetario. Allí se fijaba el puesto de observación a la espera de que todos los temblores terminaran y de que los receptores de a bordo hubieran confirmado la transmisión de datos de los sensores superficiales.

Al unísono, Kerdomine yacía con una desilusión más que añadir a su vapuleado ánimo. Los ardores punzaban en todos y cada uno de los invisibles poros y no sabía si achacarlo a los mil veces sermoneados efectos del aire que respiraba o a la violación que había experimentado minutos antes, cuando el torpe cuerpo del “extraño” la había sorprendido en su trayectoria de huida hacia el ingenio metálico que estaba engullendo uno tras otro a los de la doble piel.

Experimentó un dolor intenso, un espasmo en cada una de sus células, cuando se veían ocupando el mismo espacio de las del otro, cuando sus dos corazones rozaron las arterias del más simple del otro, y cuando ambos cerebros se solaparon un instante, un ínfimo lapsus en que las materias se eclipsaron mutuamente.

Y, sin embargo, para Kerdomine, el espeso despertar de los sentidos se vio disociado de la indiferencia aparente evidenciada en los movimientos y plenitud sensorial del “extraño”, que se había paseado a su antojo por su afilado cuerpo, que la había agredido en su intimidad.

Sri Dusyanta no era tan insensible como ella creía. Bastó un femtosegundo para que sus capacidades extrapsíquicas se dispararan y dieran la voz de alarma sobre algo que era, para los demás comandantes, más que discutible.

6.

Los jesantanos debían de estar locos si pretendían que su intramundo no fuera descubierto. Y esa locura generalizada existía en tan alto grado que se transformaba en una genialidad innata que viraba los esquemas de las leyes del Universo.

Sabían, por ejemplo, que si los invasores descubrían una severa discontinuidad en las propagaciones de las ondas longitudinales y transversales desde los hipocentros creados por ellos artificialmente, podrían sospechar y calcular las magnitudes reales de los vaciados concéntricos subterráneos. Y de esto al afán exploratorio había un solo paso. Y continuarían con el salto al riesgo de lo desconocido que todo pionero ejecutaba cuando el balance entre el surtido de adrenalina y la ebullición de los fluidos vitales descompensaba el equilibrio de la lógica y de la ética de sus actos.

La similitud con sus propias ambiciones era tan manifiesta que había algunos jesantanos que tendían a sentir ciertas simpatías por los “extraños”, no de forma tan radical como Kerdomine, y sí de manera más egoísta, pues buscaban aprender los postulados de la infamia que había impregnado la mayor parte de su reciente historia civilizadora.

Las falaces simulaciones del continuum espaciotemporal las concretaron en materialización de energía. Las ondas sísmicas atravesaban materia, pura y dura roca, pero sólo lo hacían de cara a los medidores sismográficos, porque cualquier observador, en la ignorancia de las evocaciones relativistas, hubiera jurado que sólo la luz pura se dejaba contaminar por dichas vibraciones.

-Me lo temía -dijo Showinsky, alternando su atención entre la pantalla holográfica que tenía delante y los nueve pares de ojos que le atendían-. Estaba convencido que Dusyanta estaba equivocado en sus apreciaciones.

-Pero se merecía el beneficio de la duda -aportó Sandra Gentoild, la única de las cinco mujeres que sentía atracción física por el hindú.

Sri Dusyanta callaba pensativo. Nadie le podía negar que ahí fuera, embutido en su escafandra, había sentido algo muy especial y que, aunque indemostrable, le daba una certeza interna, a nivel espiritual, de lo que, si insistía, se podía calificar como herejía científica.

-Sandra, no hace falta que me defiendas. Espero que jamás nos arrepintamos de lo que, tras las últimas pruebas, vamos a hacer.

-¡Comandante! Todos, aquí, en este momento, le respetamos. Pero no siga explotando su vena de profeta porque del respeto se puede pasar a la burla, primero, y a la segregación, después. No creo que nos arrepintamos, en general, me refiero; la realidad está ahí, en los datos: no hay nada en este planetoide que nos ate a continuar en él. ¡Está muerto!

Los demás asintieron con las frentes fruncidas por la sonrisa. La comandante Gentoild estuvo a punto de volver al contraataque dialéctico, pero Showinsky retuvo su mirada sobre ella remarcando el gesto negativo de su testa. Sandra desistió y con una última ojeada a Sri Dusyanta, giró sobre sí misma y abandonó el grupo para dirigirse a sus aposentos.

Otra hembra, a cincuenta metros en línea recta, lloraba por Dusyanta. Plegada sobre sí misma, revolcada en el rojo polvo superficial, y con los pulmones desgarrados de oxígeno puro, asimiló su fracaso y su próxima disgregación. Allí, casi cercenada, pero con sus capacidades ultrapsíquicas aún intactas, fue testigo de la impotencia del otro ser que, como ella, había idealizado una existencia de ruptura, de compromiso, de solidaridad. Allí, sabiéndose ignorada, y a punto de entrar en el repudio eterno por sus prójimos, le fue legado el dudoso privilegio de sentir dilapidados sus sueños por las últimas palabras de la desesperanza.

Showinsky, de común acuerdo y adelantándose a lo inevitable, no tuvo más remedio que pronunciar, con la voz transformada en rabia, tres únicas frases que llegarían al fondo de los corazones de los presentes:

“Base Jesan llamando a Cabo Kennedy. Fracaso total. Otro planeta estéril.”