JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO 1

SEGUNDA PARTE

 

I

 

   -¿Me estás diciendo que el plan no ha funcionado? ¡Tantos esfuerzos malogrados!

   -Mit, a los beneficios me remito. No hemos adelantado nada. Tres saltos, y la situación se mantiene estática. El control, de alguien a quien no podemos conocer ni señalar, no se ve alterado en ninguna de nuestras escalas. No espero milagros. Quizá ahora sí que sería el momento de volver al punto de partida y hablar con Lamaret.

   -Cel, ¿y si rompiéramos la barrera?

   -¿Qué barrera?

   -Ya sabes: Contacto interdimensional total.

   -Es un riesgo innecesario.

   -Estey- por el intercomunicador-, ¿tú qué piensas?

   -Estamos gastando nuestro tiempo y energías supervisando una situación que ya era previsible en nuestro punto inicial. Quizá Cel tenga razón.

   El negro vacío de la noche cósmica engulle las ondas de pensamiento provenientes de los tres surcadores transtemporales.

   -Podríamos ponernos en órbita de algún planeta y mandar alguna misión sonda a la superficie. Quizá así pudiéramos valorar mejor los acontecimientos. Si seguimos con el plan de no-ingerencia, nuestra actitud nos deparará únicamente lentitud en la acción a desarrollar.

   -¿Qué pensáis los demás? ¿Ingar, Te, Shaodan…?- uno a uno va nombrando a los miembros de las tripulaciones, recibiendo un caluroso apoyo a la propuesta del intervencionismo.

   -Entonces, ¡rumbo a la Tierra! Entonces, ¡rumbo al 19 de Octubre del 3137!

   -¿Por qué justamente hacia esa fecha, Estey?

   -Algo me dice que nos deparará sorpresas, Mit.

 

   La situación que estaban a punto de encontrarse iba más allá de cualquier merecimiento de sorpresa.

   La especie humana seguía compartiendo las biosferas de cientos de planetas con otras estructuras celulares basadas en principios moleculares distintos del carbono. Aún así, las circunstancias requerían que cada individuo, cada grupo, cada raza, cada especie, no pensaran más que en la supervivencia.

   Habían transcurrido pocos años desde que se aceleraron los acontecimientos. El sentido del equilibrio y de la perspectiva evolutiva se había perdido. Un caos predecible, sólo eso.

   En tan pocos años.

 

   -¿En tan pocos años?- le gritó Mitshu a Hesir Cel.

   -¡Debemos bajar y saber! Me volveré loca si no lo hacemos.

   -Quizá debiéramos entrar en conversaciones con las autoridades actuales del planeta, querida Imagien, para discutir la situación y la relación de ésta con nuestra aparición en el presente. No me cabe en la cabeza la idea de que esto sea obra de Lamaret- proclamó a viva voz por los interfonos ambientales el buen Lutmos.

   Fueron descubiertos incluso antes de entrar en contacto con los cinturones de Van Allen, pero se habían tenido reservas para provocar a los extraños visitantes: Quizá se desorientaron y habían traspasado las fronteras de los cercanos sectores de la antigua Confederación, cuyas líneas imaginarias se seguían utilizando por funcionales. Si seguían avanzando hacia la atmósfera, habría que pensar en una ingerencia extraña provocada, por lo que la desautorización por medio de claves desestabilizadoras, ingresadas en los códigos de vuelo de las naves, tendría pleno sentido.

   Cuando intentaron corregir sus rumbos, era demasiado tarde. Las abejas metálicas, desprovistas de instinto, se dejaban arrastrar al panal.

    En pocos segundos surcaron los cielos terráqueos, y las zonas que abarcaban con su paso dejaban sentir la alarma al ver penetrados sus respectivos espacios aéreos. 

   -Dejémosles actuar- el sudoroso rostro de Estey Lutmos no se crispaba ante la situación.

   Cuatro unidades de escolta no dejaron siquiera que el recubrimiento exterior de los tres intrusos pasara su período de enfriamiento tras la fricción atmosférica. Se apostaron en los cuatro flancos del conjunto y, electromagnéticamente, dirigieron el rumbo hacia el espaciopuerto de alta seguridad ubicado en las afueras de un núcleo urbano desconocido a los ojos de los terrestres del pretérito.

   Posicionados en máxima alerta, treinta SINDRAS de choque circunscribían con exactitud geométrica la figura triangular formada por las tres tempomáquinas. Un tercer ojo, situado a la altura del entrecejo, monitorizaba cualquier movimiento que escapara a la visión radial de los cerebros positrónicos.

   Cuando las tres compuertas se inclinaron ante los inesperados anfitriones, estos adoptaron una sintomática posición de combate. Nada que temer. El contenido fue desparramándose formando una circunferencia concéntrica con la anterior.

   Las leyes asimóvicas regidoras de VESTIC anularon sus funciones básicas en cuanto se enfrentó con el incongruente panorama ofrecido a sus diafragmas opticoculares. Sus veintiún acompañantes esperaban atónitos el siguiente movimiento de este particular juego. No tardó mucho en producirse; la circunferencia de humanoides se dejó atravesar por el paso enfilado de los cuerpos de diez humanos portadores de armas de registro escáner, que hicieron su trabajo diligentemente. Cuando terminaron, entró en escena alguien que los científicos no esperaban.

   -Amigo Estey, ¡cuánto tiempo!

   -Señor, ¿qué… qué es esto?

   -Medidas de precaución.

   -Presidente Lamaret. ¡Exigimos una explicación!

Apagado o fuera de cobertura en este momento

   Vio que con la razón no llegaba a ningún sitio, porque éste ya estaba ocupado por la desesperanza, y así, mientras cavilaba sobre cuáles deberían ser sus próximos pasos, los recuerdos nostálgicos sembraban su memoria, martirizándole con la impotencia de volver a ellos, porque sabía que no era posible hacerlo.

   Aun así, silbaba en las tardes de lluvia y renegaba de las de calor, porque el agua le animaba y el sopor le agriaba. Y aunque, en un acto reflejo, mientras paseaba solitario, alargaba la mano derecha esperando que ella se la cogiera, el aire agarrado le hacía saltar las lágrimas por no encontrarla a su lado.

   Lo peor de todo era saber que ella estaría entrelazando sus dedos con otro y que él, habiendo perdido su oportunidad, no volvería a estrecharla entre sus brazos.

   Reía, paseándose por la casa, imaginándola en las situaciones cotidianas, y cuando lanzaba una pregunta al aire y ésta no era contestada, lloraba de nuevo porque se esfumaba la imagen imaginada para dar paso a las sillas vacías, a la mesa incompleta, a la ducha sin rocío y sin los cantos de la amada. Y aunque había quemado todo sus vestidos y había dejado que el olor a chamusquina invadiera el hogar, siempre existía un retazo de su perfume que se le clavaba en la pituitaria.

   Continuamente pensaba en la manera más fácil de acabar con el tormento de esa soledad, pero la idea descabellada del suicidio se le iba tan pronto como le sobrevenía, pues pensaba que sus padres, aún vivos, no tenían culpa de su cíclica inmadurez.

   Y cada mañana, después de alargar el brazo y tocar solo almohada, resoplaba y forzaba, con la micción, la desaparición de su excitación provocada  por un sueño que se repetía cada noche, desde la separación, y tras el afeitado y el desayuno acelerado, conducía hasta el único sitio donde encontraba, por unas horas, la paz: Su trabajo.

   Frente a sus clientes, siempre optimista ante las ventas, se olvidaba de su vida y cumplía los sueños de los demás. El traje gris y monótono le confería neutralidad ante las confianzas no deseadas y su sonrisa, tan blanca como artificial, le granjeaba la fama, no merecida, de poseedor de un alto grado de positivismo.

   Pero la pesadilla y el desasosiego volvían en cuanto las tres vueltas de la llave de seguridad desanclaban la pesada puerta de su casa para dejar paso a la pesada losa de la soledad.

   Y la rutina de la leche fría en un tazón con fondo de cacao le hacía viajar en el tiempo, cuando el tazón estuvo caliente y rezumante de risas compartidas por los mismos labios que tocaban su borde azucarado.

   Y volvía, cómo no, a llorar. E intentaría, de nuevo, llamarla, sabiendo que el resultado iba a ser el mismo que la centena de noches anteriores, y siempre se decía que se conformaría con escuchar su voz durante un milisegundo.

   Y,  casi a desganas, marcaba las teclas de su teléfono de última generación. Como cada noche. Antes de apagar, momentáneamente, su vida. Antes de configurar el despertador al nuevo día. Y, casi a desganas, acercaba el oído al altavoz para escuchar el mensaje, ya memorizado, y repetido en playback frente al espejo del baño, de la falta de cobertura de su improbable interlocutora.

 

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JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. PRIMERA PARTE. CAPÍTULO 16

PRIMERA PARTE

 

XVI

 

   Un largo pasillo con suelo especular. Dos piernas femeninas apoyadas en plataformas de sujeción de realce posterior. Movimientos sinuosos y mirada concentrada. Cabello ébano, piel de nácar.

   Su concentración se funde con tu ansiedad. ¿Qué ves? A ti mismo sentado en una tensosilla con las manos dobladas hacia el espaldar. Entre tú y ella, cabello ébano, piel de nácar, está tu obsesión martirizante. Es sólo un hombre y está muerto. Te fijas en su pálida tez. En sus marcadas e intensas ojeras. Sí, está muerto. Cabello ébano, piel de nácar te sonríe desde el otro lado del kilométrico corredor estrecho. Cada vez más largo, cada vez más largo. Su silueta se hace difusa con la distancia, pero su cara está presente. Te sonríe. Sin altivez. Con amor. Tú odias esa autosuficiencia. Y tu enemigo, muerto en el suelo. Un guiñapo.

   Te vuelves hacia atrás. Alguien está seccionando tus muñecas. Lo hace limpiamente. No sientes dolor. Sólo el calor del láser. Qué primitivo. Quieres mirar tus pies y no puedes. Están allí abajo, en la distancia. A gran profundidad. Miras de nuevo sus hechizantes ojos. Te seducen, debes admitirlo. Te sonríes de ver a tu rival en el suelo desangrándose. Te sonríes de no sentir dolor mientras te bisturizan las manos. Te da igual ese detalle. Todo te da igual mientras no te hurguen en el cerebro. Tu especie lo tiene pequeño, tu cráneo tiene poca capacidad. Eres tan inteligente que te has adueñado de la situación.

   Deja de sonreír. Ahora se ríe a carcajadas. Al hombre del suelo lo ves de pie ante ti y corre para alcanzarte. Se va acercando pero no llega. Estás bien situado en tu tensosilla. Tus manos se separan del antebrazo. Ríes. Él no te alcanza. Seguirá sin hacerlo hasta que tú no distingas sus rasgos. Sólo sabes que es tu enemigo.

   Cabello ébano, piel de nácar se va cubriendo con una tela de araña. Sigue riendo. A carcajadas. Dedicadas a ti.

   Tom Seedus obstaculiza la carrera de tu enemigo. Le golpea la frente y su mano se hunde en ella. Boquiabierto, te mira y llora. Llora porque no sabe, llora porque no entiende. Te pide una explicación. No la tienes.

   Cabello ébano, piel de nácar está encerrada en su crisálida. El hombre sigue en tu busca. Te ve, te va a alcanzar. Gritas para que se detenga. Él se arrodilla, junta las manos en señal de plegaria y mira al techo. Desde él desciende una luz que lo baña con su radiante color oro.

   Ahora eres tú quien llora. La emoción te embarga soliviantando tus lacrimales. Entornas los ojos y cuando los abres de nuevo, notas pegada a tu cara otra cara. La cara de tu enemigo. Vuestras narices se rozan y notas la fragancia de su respiración. Aún no has reconocido al hombre. Tom Seedus te da la espalda y se aleja por el largo pasillo eterno. Antes de que se funda con el horizonte, explota en mil pedazos, en incontables moléculas de agua. La cara se te enfrenta, sonríe y te besa en los labios. Esa tersura, esa humedad, ese sabor… es Shainapr. Pero sus ojos… son… No, es imposible. Él dejó de existir. Pero sin duda se trata de él. Lamaret ha vuelto, Lamaret está entre nosotros. Lamaret viene a vencerte.

   Lo siento, Kras, de veras.

 

FIN DE LA PRIMERA PARTE