En mi época de acudir a los conciertos de grandes estrellas internacionales, no había smartphones ni cámaras pequeñas con las que hacer fotos. Además, estaba prohibido, a no ser que pertenecieras a un medio de comunicación autorizado.
Yo me las ingeniaba para pasar la cámara, carretes y flashes, de maneras rebuscadas para lograr burlar los controles de seguridad antes de entrar al recinto.
Y luego estaba la complicidad de los desconocidos que te rodeaban para cubrirte y que los de seguridad no fueran a buscarte para requisarte el instrumento del delito.
A Prince lo tuve muy cerca en las dos ocasiones que fui a verlo. Tan cerca que temblaba de emoción (por eso algunas fotos me salieron movidas, salvo excepciones).
Nunca olvidaré las experiencias. Nunca.
