JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO 8

SEGUNDA PARTE

 

VIII

 

   -¡Con la intención no demuestras nada, maldito fascista!

   -Ese término que me asignas está fuera de lugar.

   Una cohorte de soldados SINDRA escolta las palabras del impostor. Ante esa fuerza bruta, la rebeldía de Estey Lutmos se aplaca sin dilación. El humano tiene ante sí a un hombre demasiado poderoso como para intentar hacer presión.

   -Amigo Estey, en este gran pabellón estamos solos tú y yo- la expresión irónica de las cejas de Lutmos le hace corregirse-. No mires a los robots. Es como si no estuvieran.

   -¿Qué quieres? ¿Que mi grupo, y yo mismo, capitulemos? ¿Qué ganaremos a cambio? ¿La verdad? ¿Dónde está Lamaret?

   -Estey. Sé lo que sabes sobre mí. Sólo quiero pedirte que me aceptes, que me aceptéis como lo que represento, y os convirtáis en servidores, como yo, del nuevo orden. 

   -Seas quien seas, debo aclararte que te comportas como una maldita y estúpida marioneta.

   -¡No te permito…!

   La formación alineada de SINDRAS se deja romper por el paso cansado del enlaceriano más magistralmente omnipotente del Universo. Cuando Lamaret lo ve acercarse a través de la satinada nave de ceremonias, se le figura una visión endiosada. Ante la sorpresa e indignación de Estey Lutmos, el pretendido Presidente de la Tierra cae exhausto a los pies del inesperado visitante.

   -¡Oh! ¡Gran Zingutt! Honras este lugar con tu presencia.

   -Olvídate de las zalamerías- con un gesto compasivo toca la cabeza del alabancero, y al mismo tiempo fija su vista en los extenuados ojos del científico-. Nuestra actitud con estos hombres y mujeres se ha dilucidado equivocada. Son ingenuos dentro de sus sabidurías y no incorporan ningún peligro a nuestra estabilidad social.

   -¿Cómo dices, Gran Señor?

   -Lo que has oído, Lamaret. Los dejaremos libres.

   En un vaivén de incredulidad, los ojos del doble de Lamaret se vuelven esperpénticos ante el duro choque que ha sufrido su dignidad. No puede creer lo que está oyendo. Piensa que quizá sea una prueba imaginada por Kras para estudiar su reacción ante la obediencia y ante su propia dosificación de autoridad.

   -Veamos, señores: Usted, Lamaret, sabe que yo sé que usted no es el auténtico Lamaret. ¿No es cierto?

   Lamaret sacude la testa flemáticamente sin dejar de escudriñar al almirante Kras.

   -Y usted, “gran Zingutt”, es quien controla el reciente orden. ¿Es así?

   -¡Maldito bastardo! ¿Quieres que te contestemos para recalcar tus convicciones? ¿Para qué buscarte complicaciones con alguien que puede aplastarte con sólo pensarlo?

   -¡Déjelo en paz, Merdik!

   -¡Pero, Señor…!

   -¡Que lo deje explayarse, le ordeno!

   -¿Por qué me deja libre?

   -A usted y a cada uno de los tripulantes de las naves de exploración espaciotemporal que aprehendimos. Tengo mis razones de peso.

   -¿Y no teme que podamos escapar de esta época, volviendo a la que pertenecemos en origen natural?

   -Dígame cómo, sin tener acceso a las máquinas que le permitieron llegar hasta el ahora.

   -Podríamos construir otras, si consiguiéramos buenos materiales y alguien que nos ayudara económicamente.

   -¿Sabe qué le digo, Lutmos…?

   El Lamaret de postín consigue tragar saliva no sin esfuerzo. Teme las próximas palabras del almirante. Se da cuenta que algo extraño ocurre con él, y que el estado de los acontecimientos cambiaría si la presencia y pensamientos de Kras fueran controlados subliminalmente por el mayor Tom Seedus.

   -… En todo caso, no me preocuparía lo que usted hiciera corriendo a llorar a las faldas de su mamá Lamaret. Me refiero al Lamaret poderoso de antaño. No al de la actualidad, líder de una errática pandilla de pordioseros.

   Las entrañas del clon se revuelven imperceptiblemente para los individuos que se enfrentan en dialéctica. El alimento ingerido hace escasas horas, y que no ha sido aún procesado digestivamente, recorre, luchando contra la gravedad, el trayecto de vuelta al exterior. No habiendo podido evitar las convulsivas arcadas, la escena se transforma en una pequeña tragedia. Estey Lutmos no puede por menos que adivinar la causa de la reacción fisiológica del suplantador de Lamaret. No se le ha pasado por alto que ha sido el aludir a la presencia, en un mismo espacio físico, del genuino Presidente Azul.

   -¿Qué le pasa, inepto? ¿Acaso no sabía que estamos tras la pista de su celular primario?

   Ha sido estafado desde que nació, desde que tiene uso de razón. Continuamente se le ha dicho que su papel consistía en rellenar el hueco de autoridad generado por la muerte de su padre genético. Pero debe ser considerado como un sujeto pleno e independiente en facultades. Sin embargo, ahora los sentimientos de impotencia y fracaso están presentes en el ánimo de este ser de segunda fila.

   -Señor, ¿Lamaret vive?

   La pérdida de compostura es total cuando se siente burlado.

   -Señor, Lamaret, ¿vive? Entonces, el psicomimético tenía razón, ¿verdad?

   -Sepa, Merdik, que no estaba en sus manos tener que saber toda la verdad sobre el asunto. Además, al ex-presidente de la Tierra se le busca, y en cuanto se le capture, perderá su cabeza. Esta vez no habrá fallos.

   -¡Lo sabía desde el primer momento en que te vi!- la familiaridad con la que Lutmos trata al clon, acentúa el grado de inferioridad al que se ha rebajado el escalafón de su autoestima-. No podía ser cierto que un hombre tan convencido de sus ideas cambiara de bando de la noche a la mañana y, sobre todo, no era posible que una personalidad de su calibre se traicionara rebajándose a la servidumbre que tú demuestras.

   A un gesto mandibular de Kras, uno de los SINDRAS dirige su digitopulsador a la cabeza del Lamaret, y su dedo metálico deja escapar una onda de choque que revienta su masa cerebral. Lutmos, estupefacto, se siente totalmente impotente ante el giro que ha dado la escena, y, en milisegundos, se prepara para acompañar al vegetal humano que tiene ante sí.

   -No sufra, Estey. Si le he prometido la libertad, le doy la libertad. No era un tipo de metáfora. No le compadezca. Ya no era necesario sabiendo lo que acababa de descubrir. Tenemos en reserva más sustitutos presidenciales. Son como SINDRAS orgánicos: se les puede programar a gusto.

   -No ha contestado a mi pregunta. ¿Qué ocurriría si lográramos escapar al pasado y pudiéramos advertir a Lamaret del peligro que corre tanto el sistema como su propia persona?

   Kras imagina la vaciedad del infinito. Se visiona a sí mismo en esa inexistencia. Y con los ojos entrecerrados, se vuelve víctima de una obsesión que le aterroriza.

   -Amigo Lutmos, la respuesta a su pregunta… ¡Vete en paz!

   -Almirante Kras, no entiendo mucho lo que está ocurriendo. Intentaré ver a Merdik Lamaret y que él me explique.  

   A un gesto facial, todos los SINDRAS se retiran de sus puestos, no sin antes tener recogido el cadáver que prontamente será incinerado. Después se transforman en los guarda flancos del enlaceriano más desvalido del Universo.

   Y Estey Lutmos, ya solo, debe recorrer medio kilómetro hasta la salida del macro recinto abovedado. El singular drama del que ha sido protagonista es una llamada de atención hacia sus puntos neurálgicos.

      -¡Merdik Lamaret! Por mi vida que volverás a vernos.

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